En cada rincón del mundo, el chisme representa mucho más que un simple pasatiempo. Puede arruinar una reputación, fortalecer alianzas y hasta salvar del aislamiento a quienes buscan conexiones. Su papel en la sociedad, lejos de limitarse al susurro malicioso, responde a necesidades profundas de cohesión y aprendizaje. Expertos afirman que el chisme está presente en la cultura y tienen una función.

Nicole Hagen Hess, antropóloga de la Universidad Washington State, afirmó que “el chisme está presente en todos nosotros y en cada cultura cuando se dan las circunstancias adecuadas”, lo que explica su universalidad y persistencia en la vida cotidiana. El “cotilleo”, entendido como el intercambio de información relevante para la reputación de las personas, abarca tanto la charla informal entre amigos sobre una camisa nueva como los rumores sobre compañeros de trabajo o celebridades.
Hess explica que ni siquiera se requiere la ausencia de la persona de la que se habla: basta con referirse a alguien, presente o no, para que exista chisme. No se limita a hablar a espaldas de alguien con mala intención. La especialista sostiene que este comportamiento ayuda a las personas a compartir datos útiles para navegar las reglas y las jerarquías sociales, y ofrece una vía para avisar sobre relaciones de confianza, riesgos o alianzas.
Robin Dunbar, antropólogo británico reconocido en el campo de la evolución humana, sostiene que el chisme desempeña una función social que, en otros primates, cumple el acicalado físico. Comparado con la limpieza mutua entre monos, el chisme en humanos permite crear y mantener vínculos, afirmar la posición de cada uno en la jerarquía del grupo e intercambiar información esencial para la supervivencia, como en quién confiar y a quién evitar.
Los datos respaldan esa función integradora. Un estudio de la Universidad de Dartmouth, citado por BBC, comprobó que quienes intercambian chismes no solo se influyen entre sí, sino que generan sentido de comunidad. Los investigadores observaron que el grupo mostraba mayor disposición a colaborar en dinámicas sociales tras compartir cotilleos. La investigación apuntó que el chisme “ayuda a promover la cooperación dentro de un grupo”, y concluyó que su definición es compleja y va mucho más allá de hablar mal de alguien.

Frank McAndrew, profesor de Psicología en Knox College, Illinois, explicó a CNN que la capacidad para captar información sobre los demás representa una herramienta evolutiva. “Somos descendientes de personas que eran buenas en esto”, aseguró. Saber “quién se acuesta con quién” o “quién tiene poder” ofrecía una ventaja clave entre los primeros humanos.
Según McAndrew, quienes se interesaban por la vida social sobrevivieron mejor y prosperaron. Esta habilidad, lejos de extinguirse, se canaliza hoy en la vida cotidiana y en el mundo digital: las redes sociales y los medios nos invitan a prestar atención incluso a desconocidos célebres, porque nuestro cerebro considera la información social como valiosa.
En cifras, la Universidad de California en Riverside determinó que la persona promedio dedica cerca de 52 minutos diarios al chisme. Megan Robbins, psicóloga a cargo del estudio, explicó que gran parte de esas conversaciones permanece en un plano neutral. Solo el 15% de los cotilleos incluye juicios negativos; el resto concentra simples hechos sobre la vida ajena. Este intercambio sirve para aprender normas no escritas, descubrir aliados y evitar conductas inconvenientes, como advierte Robbins: “Puedes establecer una relación hablando de otras personas y descubriendo algo sobre los demás en el grupo”.
El estereotipo de que el chisme es exclusivo de las mujeres o de grupos poco instruidos no se sostiene ante la evidencia. Robbins subraya que todos, sin distinción, forman parte del circuito. “Como especie social, tenemos que hablar de las personas”, afirmó. No vivimos aislados y, por eso, el cotilleo resulta un mecanismo de adaptación y supervivencia. La socióloga Stacy Torres encontró en adultos mayores de Nueva York que el cotilleo permite mantener lazos, evitar la soledad y monitorear el bienestar comunitario, aun si la charla adopta tonos burlones o incluso críticos.
El chisme puede servir, además, como escudo. Nicole Hagen Hess sostiene que, para algunas mujeres, el compartir advertencias sobre experiencias negativas en citas u otras situaciones de riesgo es vital. “Las mujeres están en desventaja física si deben pelear con un hombre. Eso es información importante que deseas compartir con tus amigas o aliadas”, explicó.
Pero los efectos del chisme también pueden ser graves. Hess advierte que una mala reputación, extendida a través del chisme, destruye puestos sociales, oportunidades y hasta acceso a recursos. El chisme funciona como un mecanismo de control comunitario para regular o mejorar posiciones en la jerarquía local y, en ocasiones, neutralizar rivales.

Aunque puede ser dañino en casos extremos, como ocurre con acusaciones o rumores falsos, Frank McAndrew advierte que el cotilleo también actúa como freno moral: “Los chismes pueden disuadir a los tramposos o flojos porque nos preocupa la reputación”. La práctica fomenta la vigilancia sobre el comportamiento, impulsa la cooperación y fortalece la pertenencia grupal.
Incluso en la era digital y de la sobreexposición, el conocimiento de la vida de figuras públicas funciona como un nexo social. McAndrew sugiere que el interés por celebridades responde a los mismos patrones cerebrales: sus historias dan tema de conversación durante encuentros incómodos o con desconocidos. “Te hace saber sobre cosas que a otras personas les importan”, sintetiza.
La podcaster Kelsey McKinney describe el chisme como la narrativa cotidiana compartida constantemente. “Mucho de nuestras vidas y de cómo percibimos el mundo es a través de la narrativa que nos contamos, y el chisme es la narrativa”, reflexionó. Para ella, el buen chisme conecta, divierte y, en su dosis justa, protege de la monotonía.
Analizado por antropólogos, psicólogos y aficionados, el chisme atraviesa culturas y tiempos por razones que van desde la supervivencia hasta el entretenimiento. Como concluye la doctora Hess, “el chisme tiene consecuencias reales”. No se trata de un simple pasatiempo. En cada palabra y cada historia compartida, se define quiénes somos y cómo nos conectamos.
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