¿Te pasó de ver 5 capítulos de tu serie favorita de una sentada? En este episodio te explico por qué. Como en cada edición de “No debí hacer eso”, te invito a hablar de la cocina de nuestras decisiones y cómo podemos hacer para mejorarlas.
El Zeigarnik effect o efecto Zeigarnik es la tendencia que tiene nuestro cerebro a recordar mejor las tareas incompletas que las que ya terminamos. Nuestro cerebro es un obsesivo de los cierres; necesita que las cosas se terminen. A su vez, que algo quede inconcluso genera una molestia. No importa si la tarea que no terminamos es algo muy chico, como olvidarse de sacar la basura, o algo muy grande, como no terminar un examen. La incomodidad existe en cualquier caso.
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Por eso, cuando aparecieron las plataformas de streaming como Netflix que subían toda la temporada completa de tu serie favorita, apareció este otro concepto que ya es muy conocido: binge watching, que básicamente es maratonear series.
Más allá de que las series que nos gustan estén bien hechas o tengan un gancho al final de cada capítulo para que queramos saber qué pasa en el siguiente, hay un componente orgánico en nosotros que colabora con ese deseo de saber cómo termina, y es el efecto Zeigarnik. Terminar las cosas y no dejarlas a medias nos da tranquilidad.
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Este mismo efecto tiene traducciones cotidianas muy simples. Por ejemplo, la satisfacción que nos da hacer lista con las tareas del día e ir tachándolas es un caso muy simple. A mí me encanta hacer listas. Me anoto todo, hasta cuando no me quiero olvidar de escribirle un mensaje a alguien, me lo anoto en la lista, y cuando lo mando, lo tacho.
Ese tachar me da satisfacción; es como que me empuja a seguir con otra cosa. Otro ejemplo muy común de esto es cuando estudiás para un examen y hasta el momento de rendirlo tenés toda la información, todo lo que estudiaste, dando vuelta en tu cabeza, muy fresco. Pero una vez que rendís el examen, la información parece disiparse rápidamente.
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Por supuesto, algo queda; para eso estudiaste, pero ya no tan vivo como antes del examen. La razón detrás de esto es que las tareas inconclusas ocupan literalmente más espacio en nuestra cabeza que las tareas terminadas. Naturalmente, lo que más espacio ocupa es más fácil de recordar.
¿Y qué significa esto? Las tareas que dejamos inconclusas generan incomodidad porque acaparan espacio en nuestra mente que no podemos usar para otra cosa. Hay un ejemplo muy bueno y visible de esto en la serie Modern Family. Phil, uno de los personajes más cómicos, se comprometió a arreglar uno de los escalones de la escalera y nunca lo hace.
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Temporada tras temporada vemos a los personajes crecer, a los niños pasar a ser jóvenes, a nuestros personajes pasar de los treinta a los cuarenta, y en casi todos los capítulos al menos uno se tropieza al pasar por el escalón roto. Ese escalón roto es un recordatorio permanente de lo que nos falta completar y, lo tengamos presente o no, genera incomodidad.
¿Por qué pasa? ¿Por qué nos quedamos enganchados con una tarea inconclusa? Por varios motivos:
En primer lugar, porque nuestro cerebro busca cerrar pendientes. Cuando empezamos algo, nuestro cerebro activa un mecanismo que podríamos llamar “necesidad de cierre”. Esto pasa porque las tareas incompletas generan una especie de tensión interna que enciende una alarma que nos dice “esto no está terminado, no lo dejes así”. Si completamos la tarea, la tensión desaparece y el cerebro lo “archiva” como algo resuelto.
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Pensalo así: cuando mandás un mensaje a alguien y no te responde, esa “falta de cierre” activa una especie de bucle mental donde seguís pensando en el mensaje sin parar. Pero cuando obtenés una respuesta, la tensión desaparece y el tema deja de ocupar tu atención.

Nuestra memoria prioriza lo inconcluso. La memoria no es un cajón donde guardamos lo que ya no usamos, está diseñada para darnos herramientas que nos ayuden a funcionar mejor. En este caso, el cerebro, al considerar las tareas inconclusas como prioritarias, activa algo que se conoce como “la memoria de trabajo”. Es como un bloc de notas mental que usamos para manejar la información que necesitamos de forma inmediata, y que nos permite usar datos en el momento, ya sea para resolver problemas o tomar decisiones.
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Las emociones intensifican el recuerdo. Dejar algo sin terminar genera emociones intensas como curiosidad, intriga o incluso ansiedad. Estas refuerzan la importancia de la tarea en nuestra mente. Por ejemplo, si el final del capítulo de una serie es interesante, nos quedamos pensando “qué va a pasar después”. Esa expectativa hace que lo recordemos con más fuerza.
Este sesgo adquiere su nombre a principios del siglo XX gracias a una investigadora soviética llamada Bluma Zeigarnik, que se inspiró en otro psicólogo famoso, Kurt Lewin.
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A Lewin le llamaba la atención algo muy curioso: los mozos parecían recordar mejor los pedidos de las mesas que aún no habían sido servidas que los de aquellas que ya habían atendido. Es decir, la memoria de los mozos parecía dar mayor prioridad a los pedidos inconclusos, independientemente de si se habían hecho antes o después que aquellos que ya habían sido entregados y pagados.

Fue así que Zeigarnik quiso verificar científicamente si los recuerdos acerca de procesos inconclusos se almacenan mejor en la memoria. De este modo, en 1927 nace el experimento más famoso sobre este efecto.
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En este estudio, los voluntarios tenían que hacer una serie de ejercicios, como problemas de matemáticas y otras tareas manuales. Estas actividades estaban diseñadas para que fueran fáciles y requerían un bajo nivel de concentración. A Zeigarnik no le interesaba el rendimiento de los participantes ni el éxito que tuvieran a la hora de hacer estas pruebas. Quería observar el efecto que tenía la interrupción de estas tareas en el cerebro de los participantes.
Por eso, a los participantes se les asignaron varias tareas, pero con una diferencia clave: algunas las terminaban por completo, otras se interrumpían abruptamente antes de que pudieran terminarlas. Después de esto, Zeigarnik les pedía que recordaran todas las tareas que habían realizado.
¿Qué quería ver exactamente? Qué cantidad de tareas interrumpidas recordaban frente a las completadas y qué tan detallada y precisa era la memoria de cada tarea, particularmente las interrumpidas.

El resultado: los participantes recordaban mucho mejor las tareas incompletas que las completas. Los participantes no solo recordaban las tareas interrumpidas con mayor frecuencia, sino que también podían describirlas con más claridad, como si esas experiencias estuvieran “más frescas” en su memoria.
Al efecto Zeigarnik no siempre es necesario evitarlo, ya que muchas veces es útil para mantenernos motivados. Pero, si los pendientes te generan estrés, ansiedad o problemas para concentrarte, te dejo 3 tips como siempre:
- Priorizá tareas. Identificá lo más importante y enfócate en eso para evitar que las cosas chiquitas te ocupen espacio mental innecesario.
- Dividí los proyectos grandes. Separar las tareas grandes en pasos más simples ayuda a ir completando partes específicas y a reducir la tensión.
- Usá alguna técnica de cierre. Por ejemplo, si no podés terminar algo ahora, anotarlo en una lista detallada puede darle a tu cabeza la sensación de “control” y liberar espacio mental y tensión.
*Emmanuel Ferrario es docente universitario de economía del comportamiento, autor del libro “Coordenadas para antisistemas” y legislador de la Ciudad de Buenos Aires.
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