
Hace ya casi 100 años, el físico Werner Heisenberg formulaba el principio de incertidumbre. La idea era que la teoría cuántica clásica debía ser sustituida por otra. No se podía predecir. La incertidumbre, decía, en el sistema es intrínseca y no puede desaparecer nunca.
Este tema de la física se traslada a la psicología, a la sociología, a la estadística, a la economía.
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En estas épocas de pandemia circula un video, en el cual una persona escucha las noticias en una hipotética radio que, con vos sintética, le repite las consignas que estamos recibiendo desde hace tres meses. Las mismas son todas contradictorias, y la persona termina con una muestra cómica de perplejidad, detenido.

En estos días todos parecemos detenidos en el tiempo, solo tratando de adivinar cuáles son las consignas reales que nos son informadas como certezas, al mismo tiempo que se nos señala una ausencia de la misma: “Es nuevo, aprendemos y cambiamos todos los días”.
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El tema se llama post pandemia, pero ya la misma palabra, casi neologismo en nuestro lenguaje, sugiere una certeza que no tenemos, que existirá una época en la cual el “estado de pandemia” sea interrumpido por otro, diferente y, de existir, cuándo nacerá esa época. Esa etapa o época no puede ser aprendida, es decir tomada, asida, ya que no sabemos de su origen.

El primer planteo, inclusive, es si habrá un post-pandemia o entraremos a una zona gris de incertidumbre.
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Nos queda entonces la existencia de falta de certeza, de la incertidumbre, que sería esa la palabra de la época, el zeitgeist, el marcador o mejor, el espíritu de un tiempo.
Saber hacia dónde uno se dirige supone un estado de armonía de equilibrio consecuente, y la expresión que no hay buenos vientos para quien no conoce su destino, implica derroteros destinados a perderse. En general y, en consecuencia, incertidumbre va asociada a parálisis, que nos protege de ese derrotero errático, pero al precio muchas veces del abatimiento o del pesimismo inclusive.
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Entre las incógnitas está la de si a esta epidemia no la seguirá otra y luego otra.
El escenario no parece alentador. Sin embargo, lo que articula esa parálisis, desaliento, esa espera, que lleva a la desesperanza, es que asumimos como principio necesario la certeza. Allí es donde podemos iniciar un cambio.
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Consideramos como necesario al desarrollo de lo que fuere, que es lo externo a nosotros mismos, lo que nos provee de un marco de certeza. Cuando buscamos un buen mapa, hoy un GPS, solo pedimos eso. Pero parece que puede llegar a descomponerse el sistema de navegación satelital. ¿Qué hace uno en general en eso casos? Intenta recordar el camino, vuelve a utilizar ,como diría Kipling, “las herramientas gastadas”, casi olvidadas, que son las propias capacidades.

Hay que dejar de esperar la certeza, aceptar la incertidumbre y recordar que queda el locus, el lugar de control del eje interno. Decidir de alguna manera crecer, aceptar que uno mismo debe encontrar su punto de anclaje. Como decía José en la película Solos en la madrugada:
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“Se acabó la temporada//estamos//a lo mejor un poquito contrahechos, pero adultos.
Ya no tenemos papá//Somos huérfanos gracias a Dios y estamos maravillosamente desamparados ante el mundo.”
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¿Como llamaremos a este estado del cual no estamos seguros de nada, post-pandemia, o pandemia eterna, o lo que fuera? No estamos seguros, pero sí sabemos algo: y es que implicará madurar. Será la posibilidad de una mejor era.
Enrique De Rosa es médico psiquiatra, sexólogo y neurólogo
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