
Cuando nos referimos a la bomba atómica o a una explosión atómica, en nuestra mente afloran los nombres de Hiroshima o Nagasaki, arrojadas en Japón un 6 y también un 9 de agosto de 1945, durante la Segunda Guerra Mundial.
Pero hubo otra poderosa explosión atómica ocurrida un 26 de abril de 1986, conocida como tragedia de Chernobyl.
Sucedió en Ucrania cuando ésta formaba parte de la Unión Soviética. Fue un detonación en la central nuclear Vladímir Ilich Lenin, a 3 kilómetros de Pripyat, cerca de la ciudad de Chernobyl.
Claro que en este caso particular, no fue producto de la voluntad de nadie, sino solamente la consecuencia de un accidente.
Pero no por ello, hubo pocas víctimas fatales ni menos heridos o menor destrucción. No. Fue terrible también.
El accidente se produjo cerca de la triple frontera entre la Rusia actual, Belarus, -otro país que se independizó recientemente- y Ucrania.
Hoy, a más 34 años de la catástrofe, resulta todavía casi imposible establecer fehacientemente las consecuencias concretas para la salud de las personas e incluso la cantidad total de damnificados que resultaron.

La tragedia, producto de la conjunción de errores técnicos, humanos y de construcción, se desencadenó a la 1:24 horas de la madrugada, de ese 26 de abril de 1986, cuando una cadena de explosiones desató un enorme incendio en uno de los reactores de una central nuclear cerca de la ciudad de Chernobyl.
Millones de personas, por supuesto, no sólo en Ucrania, quedaron expuestas a los efectos de la nube radioactiva, que con el correr de los días –aunque ya algo atenuada- se dispersó por buena parte de Europa.
Se detectaron también altos niveles de radiación, en Polonia, Alemania y en Austria. Y en menor proporción en Suiza, Italia y Francia.
Actualmente, sobre el reactor que produjo el accidente hay una construcción de concreto y acero, para impedir que la radiación siga envenenando una parte no pequeña del planeta.
Además de las víctimas fatales o muy dañadas, debieron abandonar sus hogares los cincuenta mil habitantes de Pripyat, la ciudad más cercana al reactor y los trescientos mil de la ciudad de Chernobyl, un poco más alejada. No quedó una sola persona.
Poco tiempo después, se estableció una zona con prohibición de habitarla, de unos 200 Km hacia los cuatro puntos cardinales, aunque algunos cientos de personas, ancianos la mayoría, desoyeron la orden y siguieron viviendo en Chernobyl.

A 240 Km –es decir, fuera ya de la zona de exclusión- está la ciudad de Ivankov, también en Ucrania.
En ella, un organismo internacional solicitó permiso, para hacer diferentes análisis médicos a mil estudiantes de una escuela secundaria de la localidad.
Y un dato escalofriante. A 745 alumnos ¡el 75 % del total!, de una escuela de una ciudad distante del lugar, se les detectaron problemas de distinto grado, relacionados con el accidente nuclear. ¡A 240 kilómetros de distancia!
Se encontró en ellos, cáncer de tiroides, leucemia, patologías cardíacas y problemas pulmonares. ¡Y eran chicos de entre 12 y 17 años!.
Hoy Ucrania, que –repito- es un país independiente, posee 15 reactores funcionando, que le proveen el 50 % de la electricidad que consume el país.
Algún dato adicional, diría positivo, o mejor aún, reconfortante, aunque penoso.
Con la explosión la temperatura alcanzó los 2.500 grados (recordemos que el agua hierve a 100 grados).

28 bomberos –hoy héroes nacionales de Ucranianos- arriesgaron sus vidas para evitar la extensión de la catástrofe y con ello la muerte de miles de personas. Sin duda atenuaron el desastre. Pero seis de ellos, murieron de inmediato y los otros 22, a los pocos días.
Siendo modestos trabajadores, se elevaron hasta quedar en la historia como verdaderos héroes, porque murieron para evitar muchas otras muertes. Considero que ya es tiempo para que el hombre razone y el avance del progreso, no traiga simultáneamente, la destrucción.
Porque la ciencia nunca es asesina, pero los científicos a veces involuntariamente, pueden llegar a serlo.
Y cierro con un aforismo final:
“Con la mejor intención, puede hacerse el mayor de los daños”.
(*) El autor, José Narosky es un escribano y escritor argentino, reconocido por sus célebres aforismos. Escribió más de 17 mil, de los cuales solo publicó 3 mil.
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