
Que no se malinterprete. El Marginal es un producto excelente. No hay discusión en torno a una ficción de culto, de lo más lograda, de impecable factura técnica, visual y actoral. Se trata aquí de una disquisición más fina, acaso caprichosa, entrando en el detalle de lo que se ha visto hasta ahora -tan solo tres capítulos; quizás la ansiedad del espectador no tiene límites- de esta tercera temporada de la saga carcelaria que encontró su nicho de audiencia masiva a través de la plataforma de streaming Netflix.
Pero dicho está que El Marginal se transformó en una historia de personajes y ámbito, más que de argumento. La anécdota se repite en tanto y en cuanto se trata de mostrar las relaciones entre ese núcleo de presos pesados, peligrosos y adorables a la vez, que componen grandes actores que les dan la carnadura perfecta.
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Al dejar de importar lo que pasa sobre cómo pasa y a quiénes les pasa, el deleite de los seguidores se mantiene por ver las fechorías de los hermanos Borges -Nico Furtado y Claudio Rissi-, las complicidades y el poder corrupto de Antín -Gerardo Romano, el jefe del penal-, las vicisitudes de la doctora Ema -Martina Gusmán– para convivir con tanta podredumbre, y lo que aportan los nuevos personajes, los clásicos del "patio" y el resto de la fauna que el público adora.

El Marginal se transformó, además del producto de excelencia que es, en un negocio de marketing que pone allí a sus criaturas listas para hacer de las suyas, y en este tercera temporada, pareciera que alcanzara con eso. Así como la primera temporada -que en rigor cronológico debió ser la tercera, porque las nuevas son anteriores en el tiempo- tuvo un desarrollo narrativo y argumental perfecto, con la cárcel como escenario para contar una trama policial por sobre su ámbito, la segunda también se sostuvo dramáticamente en gran forma porque allí se trató de explicar cómo sus habitantes más destacados habían llegado al lugar que mostraba la primera, en una lucha de poder muy atractiva.
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Pero en la tercera y actual esa lucha está dirimida y terminada, aunque con situaciones que la profundizan, y al mismo tiempo repiten una y otra vez lo mismo. ¿Cuán peligroso -que ya no sepamos- puede ser Mario Borges en contacto con un cartel colombiano de narcotráfico, utilizando la cárcel como cocina de droga y cabecera de distribución de la misma? Sí, es atractivo, pero Breaking Bad lo hizo antes preparando metanfetamina en una cocina casera, aunque no en una prisión, pero lo vimos.
El gran problema de esta tercera temporada -y quizás de las próximas- es la necesidad de sorprender permanentemente y sacudir al espectador. Genuina en sí, esa necesidad termina cayendo en la crudeza innecesaria para lograr el impacto que ya no consigue con las artimañas argumentales más lícitas de antaño.
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Entonces en el primer capítulo se arma una pelea carcelaria salvaje, y el tal Pantera -más animal que nunca, puro instinto sediento de sangre, que compone Nacho Sureda– le arranca una oreja al otro preso con el que lucha mientras los otros detenidos se transforman en una tribuna que quiere muerte y locura. El personaje arranca la oreja y la tira al piso. Más sangre y morbo potencian la escena.
En el segundo los autores de la serie necesitan más impacto, más efecto. Entonces le cortan la falange de un dedo a un preso traidor, a manos del inefable Diosito -Furtado- y su pandilla, y ante la mirada de horror del recién llegado Cristian "Moco" -Toto Ferro– que no puede soportar lo que está viendo. ¿Y el público, contento? Si la oreja que arrancó Pantera parecía mucho, aquí la sangre brota en mayor cantidad.
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Sirvan estos dos ejemplos a modo de botón de muestra para ejemplificar por qué, hasta ahora, esta tercera temporada termina siendo la más floja de las tres. Comparando nuevamente con la excelente primera temporada, no hizo falta allí mostrar más que la crudeza de la vida carcelaria, sus heces y su promiscuidad, su sordidez, su lenguaje y sus códigos, para entender de qué se trataba, sosteniendo todo aquello con una trama brillante que no necesitó que los presos comieran empanadas de carne humana -se vio en la segunda- ni que le arrancaran una oreja ni le cortaran dedos a nadie.
En la siguiente temporada, bastó contar cómo habían llegado sus criaturas a ese lugar. Ahora los creadores tensan la cuerda, los autores se quedan sin grandes ideas y recurren a emular al femicida Barreda para llamar la atención, cortar una oreja, un par de dedos y veremos qué más en los próximos cinco episodios. Ni el personaje de Toto Ferro ni el de Alejandro Awada consiguen la fuerza de los protagonistas de otrora, Esteban Lamothe, y muchísimo menos del de Minujín.
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Sin dudas el mayor desafío creativo de El Marginal será cuando sus realizadores se animen, finalmente, a la secuela. El día que entiendan que "esa teta no da más leche", y entonces empiecen a contar qué pasó después del incendio en el patio de la cárcel que permitió la fuga del personaje de Juan Minujín. Ya supimos en la segunda temporada que Diosito no murió -lo salvó luego el médico que interpretó Esteban Lamothe en la segunda de la saga- y el final de la tercera dejaría argumentalmente las puertas abiertas para contar el después. Lo que pasó antes ya lo vimos en la temporada dos. Por cierto, la tres, aunque magnética y eficaz, es más de lo mismo, pero con diez litros más de sangre.
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