
Hilda Isabel Gorrindo Sarli, entrerriana de Concordia, nació el Día de la Patria: 9 de Julio de 1935. Cierta mañana –Isabel niña todavía– don Gorrindo dijo: "Me voy al Uruguay, a ver si consigo un trabajo mejor". Jamás volvió. "Nos quedamos solas, María Elena, mi madre, y yo".
Comenzó a ganarse la vida como secretaria, pero sus medidas eran más contundentes que todas las máquinas de escribir y todos los gerentes del mundo: 115-64-92. Más que para escribir un memorándum, para escribir un destino. En 1946 el cine criollo se permitió el primer desnudo. Pero como bien dijo Raúl González Tuñón en un poema, "si desnuda, nunca muy desnuda". Le tocó el trance a Olga Zubarry en El ángel desnudo (justamente), pero puso una condición: filmarla solo de espaldas, y con una malla color carne que, en blanco y negro, simulaba desnudez. Pasaron 12 años hasta el segundo, El trueno entre las hojas. Pero antes sucedieron muchas cosas…

La génesis de un mito. Testimonio de Isabel. "Mi madre era napolitana, muy chapada a la antigua, y así me crió. Terminé el secundario y estudié dactilografía, taquigrafía, inglés: la perfecta secretaria. Me tomaron en una agencia de publicidad. Un día, tuve la oportunidad de posar en una sesión de fotos, y ya no paré. Fui la imagen de una empresa naviera, varias aerolíneas, alimentos, productos de belleza… En 1955 gané el concurso de Miss Argentina y viajé a Long Beach, California, para competir por el título de Miss Universo. Fui con mi madre. No gané, pero…".
El "pero" se llamaba Armando Bó. Alto (1,90 m), atlético, buen basquetbolista, picado por el bicho del cine y casado con una dama marplatense de fortuna y alcurnia: Teresa Machinandiarena, con la que tuvo tres hijos, María Inés, María Jesús y Víctor. Descubrió a Isabel en las fotos publicitarias. La llamó y le propuso filmar El trueno entre las hojas, versión libérrima de la novela homónima de Augusto Roa Bastos. Condición: filmar desnuda, bañándose en un río de la selva paraguaya.

La trampa decisiva. "¿Desnuda? ¡Ni se le ocurra!", le disparó Coca, su sobrenombre, inspirado –por sus curvas– en la botella de Coca Cola. Pero Armando había visto en ella fama y fortuna para ambos. Más de una vez lo confesó: "Descubrir a esa mujer fue como encontrar una mina de oro". Insistió: "Podemos filmarte con una malla color carne, y desde muy lejos. Apenas te van a ver". Ese argumento la convenció y desistió de la malla. "Pero le metí un teleobjetivo largo como un cañón y salió en primer plano", destacaba Armando.
Cuando Isabel vio la película, "furiosa, le rompí el vidrio del escritorio con un cenicero, y mi madre me cortó la cara con una bota". Pero vidrios rotos y cicatriz aparte, acababa de nacer un género (el kitsch –o el camp– nacionales) y un negocio millonario: filmes eróticos que reventarían las taquillas de toda América latina y de los cines Categoría X de Nueva York y California.

El hombre que amé. Antes de sus 20 años, Isabel se casó con Ralph Heinlein, de familia alemana. El matrimonio fue un fracaso. Ella jamás quiso hablar de esa etapa. Entre otras cosas, porque "mi único hombre, el único que amé, amo y amaré hasta el fin de mis días, fue Armando. Porque él fue el padre que apenas tuve, el hermanito que perdí a sus cinco años, el amante, todo". Nada más cierto.
Armando Jorge Bó murió de cáncer el 8 de octubre de 1981, a los 67 años, y Coca no sólo se recluyó en su quinta de Martínez durante 15 años: no volvió a filmar hasta el 96 (La dama regresa, dirigida por Jorge Polaco), no tuvo otro hombre –sólo dos hijos adoptivos (Isabelita y Martín)–, y en un zoológico, con incontables gatos, perros, loros, tortugas, volcó todo su afecto. Armando le fue igualmente fiel, aunque nunca se divorció de su legítima mujer. Con Víctor, hijo del director y actor de casi todas sus películas, formaron un trío inseparable: 29 títulos –desde El trueno… hasta Una viuda descocada–, 26 años de amor con Isabel y otros tantos de viajes, éxitos, dinero a paladas.

El látigo de la censura. Poco importa hoy discutir si el cine de Bó-Sarli fue, como aporte al séptimo arte, extraño, malísimo, o una curiosidad entre ambos términos. Pero es indiscutible que nació y vivió castigado torpemente por la censura. Tres patéticos émulos de Catón (Alfonso Ridruejo, Ramiro de la Fuente y Miguel Paulino Tato), con órdenes emanadas de dictaduras militares, fueron los Amos de la Tijera (la censura), y no sólo prohibieron sistemáticamente las películas del dúo: los acusaron de pornógrafos, enemigos de la moral, las buenas costumbres y "el ser nacional", esa indefinible categoría.
Luego de cada filmación se vieron obligados a deambular, con las latas bajo el brazo, por toda América. Isabel, como inútil protesta ("porque muchas películas extranjeras muestran cosas peores", argumentaba), se jugó una carta tan brava como inútil: huelga de hambre en la Plaza de Mayo. Algunos de sus filmes se dieron en secreto. Otros fueron tan mutilados que Armando se atrevió a una ironía: "Tiene un solo corte… al medio: desde la primera escena hasta la palabra FIN".
Néstor Romano, periodista de espectáculos, bautizó a Isabel "la higiénica", por sus constantes baños, desnuda, en ríos, lagos y lagunas. Entretanto, las películas del dúo agotaban las entradas en otras latitudes. La revancha, de algún modo, llegó años después, cuando los periodistas Rómulo Berruti y Carlos Morelli crearon, cada sábado por Canal 7, en su recordado programa Función privada, un ciclo dedicado a esas perseguidas películas. Resultado: uno de los mayores ratings de sus 15 años en el aire.

Isabel, a contrapié. Ella fue una mujer tímida. Muchas veces se negó a las escenas eróticas, pero Armando la convencía con argumentos de hierro: "Sino te desnudás, es como si Palito Ortega o Sandro anunciaran un recital… ¡y no se presentaran!". Por supuesto, cedía. Pero con una tenaz defensa: "Yo no hago pornografía: lo mío es sensualidad, simplemente". Eso, más allá de algunas escenas que oscilaron entre la brutalidad y la risa. Por caso, con aquel célebre "¿Qué pretende usted de mí?".
Este 25 de junio, a días de cumplir 84 años, la Coca Sarli se convirtió en leyenda. Todo por aquellas películas que llegaron hasta Rusia de contrabando, y que hasta inspiraron un poema de un escritor chino. Y aun cuando su Armando Bó, destruido por el noventa por ciento de los críticos, fue objeto –believe it or not– de juicios más benévolos por parte de psicólogos y sociólogos, que llegaron a definir sus películas como "brutalmente sexuales, pero atemperadas por cierta inocencia infantil".
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