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Las grandes historias siempre tienen un origen extraño pero, por sobre todas las cosas, una posibilidad demasiado ínfima como para predecir la gloria. De chico, Clark Gable no tenía demasiada gracia, era rechoncho, muy tímido y con pocas chances de cumplir su sueño: ser el mejor actor de Hollywood. Tenía talento, eso sí: memorizaba como nadie sonetos de Shakespeare y tocaba la trompeta en la banda de su pueblo. Pero en su familia no opinaban lo mismo.

Cuando decidió dejar la escuela para dedicarse a la actuación, su padre -técnico de extracción petrolera- se lo llevó a los campos de Oklahoma a trabajar en torres de perforación. Tres años duró allí, lo suficiente como para entender que si uno quiere algo, tiene que buscarlo.

Y así fue, empezó de a poco: a los 21 años, con algunos papeles encima y 26 centavos de patrimonio, se subió a un tren sin rumbo y probó de todo: cuidó caballos, vendió corbatas, reparó teléfonos, entre ellos, el de la compañía teatral donde trabajada la directora Josephine Dillon. Ella le enseñó todo sobre la actuación, y también algunas cosas del amor… se casaron en diciembre de 1924, él tenía 23 años, ella 40. Al tiempo se hartó, se separó y viajó a Nueva York donde se casó con Rhea Franklin, su segunda esposa, quien le dio un buen guardarropas para mejorar su presencia.

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Le costó mucho conseguir un protagónico, más de 10 películas con papeles secundarios e incluso insignificantes, hasta que obtuvo el papel principal en la obra teatral The Last Mile. Era cuestión de mostrar sus destrezas; los cazatalentos lo verían enseguida. Y así fue… empezaron a llegar las propuestas, sólo que había un problema: sus orejas. "¡Son inmensas, parece un mono!", dijo el productor Darryl Zanuck y el magnate Howard Hughes comentó que parecía "un taxi con las puertas abiertas".

Pero tenía algo, algo especial, algo encantador, entonces la MGM lo contrató con una condición… que actuara con sus orejas pegadas con cinta adhesiva. ¿Era necesario? Parece que sí, porque la gloria llegó. La misma compañía le pagó un tratamiento dental y una cirugía cosmética para corregir la forma de sus orejas. Filmó doce películas en un año y pasó, de forma intempestiva, del anonimato al estrellato, sin escalas.

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Con el tiempo y la experiencia a su favor armó un arquetipo, el del galán rudo y viril con toques de cinismo, algo muy novedoso para la época. Para Columbia Pictures hizo Lo que sucedió aquella noche (1934) consiguiendo el Oscar a Mejor actor, aunque poco le importaban estas nimiedades, tal es así que usaba la estatuilla para mantener la puerta de su patio abierta. De hecho, una historia lo pinta de cuerpo entero: un niño de 12 años, hijo del director Walter Lang, le preguntó qué se sentía haber conseguido un Oscar. "Ya lo sabrás", le dijo y al sía siguiente apareció con el premio en la mano y se lo regaló. "Ahora sabés lo que se siente".

Sí, a esa altura ya era el gran hombre de Hollywood. Nada parecía detenerlo. Tal es así que Friz Freleng, el creador de Bugs Bunny, dijo que se inspiró en Gable para crear a su personaje ya que lo vio comiendo zanahoria y le causó mucha gracia. Historias.

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Pero nunca tuvo aires de grandeza, nunca se creyó el cuento, nunca se lo comió el personaje. "No existe un brillo especial adentro mío que me convierte en una gran estrella. Eso de 'El Rey de Hollywood' es una estupidez. Soy un tipo común de Ohio que tuvo la suerte de estar en el lugar correcto, en el momento apropiado. Es todo", dijo una vez. Ya había filmado Lo que el viento se llevó, ya todo el mundo sabía que el cine, a partir de esa película y principalmente de sus actuaciones, había cambiado para siempre.

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Tuvo muchos amores, muchísimos, pero la prensa solía adjudicarle aún más. De hecho, solía decir que "si hubiese estado con todas las damas que se me adjudican, no habrí­a tenido tiempo para irme de pesca". Se casó cinco veces; además de Dillon y Franklin, contrajo matrimonio con Sylvia Ashley, Kay Williams y Carole Lombard, su gran amor y tercera esposa, que falleció en un accidente de aviación en 1942. Profundamente afectado y con una gran depresión, Gable decidió ingresar en las fuerzas aéreas y luchar en la Segunda Guerra Mundial. Cuando volvió, lo hizo sin mucho éxito. "Llegó el momento de asumir papeles congruentes con mi edad. Mis días de representar al amante irresistible terminaron", dijo en una entrevista aunque hay que dejarlo en claro: nunca estuvo olvidado.

Fue un galán monumental, con presencia y carisma, con una mirada profunda de ojos azules y un cinismo que lo colocaban más cerca del villlano que del sujeto bondadoso. Trabajó con las mujeres más hermosas de su época: Greta Garbo, Ava Gardner, Vivien Leigh, Sophia Loren, Doris Day, Grace Kelly, incluso Marilyn Monroe con quien grabó Vidas rebeldes (1961). Dos días después de terminar con el rodaje Gable sufrió una trombosis coronaria. Diez días después un ataque cardíaco terminó con su vida. Fue en 1960, tenía apenas 59 años y un futuro todavía más glorioso.

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Parece que así terminan las grandes historias, de un día para el otro, sin demasiadas explicaciones, para que el último recuerdo sea en pleno brillo, en plena acción, en plena vida.