Junio de 2026 y todo vuelve a comenzar. “Ayer grité un montón con el partido y me levanté con la voz destruida”, comenta una de las cientos de aspirantes de Popstars, bajita, de mechas rosas sobre la melena rubia y pestañas arqueadísimas, sobre la victoria que un día antes obtuvo Argentina frente a Inglaterra en el Mundial. El viento en La Boca es como un cachetazo, muy cerca del río, pero nada aplaca los minishorts, las musculosas y las faldas, en una jornada de la grabación a la que accedió Teleshow. Abunda el glitter, las botas, los brillos como fuegos artificiales en vestidos, en párpados y en hebillas.
Fue en el 2001 cuando un formato neozelandés aterrizaba en Argentina en pleno boom de los reality shows de convivencia. Telefe había apostado y ganado con Gran Hermano y El Bar era el caballito de batalla de América TV. El extinto Azul Televisión, hoy El Nueve, fue por otro camino y puso Popstars en su prime time, un docureality que mostraba el detrás de escena de la conformación de un grupo musical de chicas.
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No bastaba con una personalidad explosiva o una historia personal con desgracias varias para contar a la hora de la cena. No bastaba con estar vivo. Se introducía algo que desde el nacimiento del audiovisual emergió: el baile y luego, el canto. Así un formato novedoso metía mano en lo de toda la vida y permitía el surgimiento de Bandana, paridas en plena crisis económica, del estrepitoso fracaso del modelo menemista, al ritmo de “dance, dance, hoy tu sueño es real”.

Récords de discos de oro y de platino, de multitudes en el Gran Rex, Bandana fue la histeria adolescente en un país que solo conocía como girl bands a Las Primas (“Saca la mano, Antonio” y “Tocame el piripipí”) en los 80 y a Seducidas y abandonadas, las “Spice Girls vernáculas”, en los 90. Bandana era la historia de Cenicienta, un cuento en clave de documental, donde no había príncipe al final del camino sino un contrato discográfico y shows en toda Argentina y el exterior.
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Carrie, que no se llama Carrie, aprovechó su entrada al espacio en el que las participantes esperan junto a sus familiares para ubicarse en un rincón frente a un gran espejo. Canta “Pero me acuerdo de tí”, una y otra vez, una y otra vez, coronada por una tiara plateada. Viajó desde su pueblo en otra provincia, sola por primera vez, y no tiene dónde dormir en Buenos Aires. Era 1978 cuando Madonna llegó con 35 dólares en el bolsillo desde Michigan a Nueva York, parte de la mitología de la reina reinante del pop. Chicas buscando su camino.
“Los reality shows pueden ser profundamente serios o delirantemente tontos. Trabajan con lo ‘ordinario’ y lo ‘extraordinario’”, analiza la autora británica Ruth A. Deller en su libro Reality Television: The TV Phenomenon That Changed the World. “Han cubierto todo, desde el colonialismo hasta el riego por zanjas, y han mostrado desde estrellas porno hasta sacerdotes. ¿Te interesa la agricultura, el arte del tatuaje, la alfarería, la vestimenta islámica, la coctelería o dirigir una orquesta? Los reality shows se han ocupado de eso. ¿Querés una mirada sobre el nacimiento, la muerte, el matrimonio, el divorcio, la amistad, el trabajo y la comunidad? También”, sostiene. El reality show es el género televisivo definitivo del siglo XXI: “La telerrealidad reúne técnicas del documental, del programa de juegos, de la telenovela, del melodrama y de la sitcom, pero no se deja clasificar fácilmente como ninguna de esas cosas”.
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De un lado, en una mesa larga, los jurados Ángela Torres, Nicki Nicole y el productor mexicano Charlie García. Del otro lado, cinco muchachas sobre plataformas circulares, tipo pastillas. Dos hermanas con vestidos similares, uno en fucsia y el otro en turquesa, no ven como una opción que una quede en la banda sin que esté la otra. Otra chica de look gótico arroja una peluca rubia al suelo para entrar en personaje. Una cuenta que es empleada administrativa y que, entre trámites y papeleo, canta baladas. La otra, de melena de rulos y look como creado con porras metalizadas de cotillón, transmite vibras de Tina Turner teen.
Nico Vázquez, el conductor de esta temporada, se preocupa por contener. Abraza a una concursante a la que los nervios le entumecieron la voz. Le dedica unas palabras de aliento a una participante que no quedó y a la mamá de ella, casi tan desmoralizada como su hija. Las jurados ofician de tías, como ellas mismas se definen. Cuando su “no” deja a alguna desbordada por las lágrimas, intervienen. “Fue muy lindo cómo cantaste, no dejés de intentarlo”, le murmura Ángela a una de las muchachas, que es mamá y viajó desde el interior de la provincia de Buenos Aires, sin cámaras cerca y en una pequeña intimidad de artistas.
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La nostalgia durante las audiciones es palpable con Mariah Carey, Whitney Houston y Christina Aguilera a la cabeza, pero aparecen hits de Mon Laferte, Rihanna y Ariana Grande y, en una proporción inferior a Tini Stoessel y María Becerra, nuestras embajadoras albicelestes en el globo. “Las chicas optan por lo retro, las canciones dosmileras. Las pusimos como opción porque sabíamos que las iban a elegir. Las chicas de hoy están nutridas del Popstars del 2001. Eso es maravilloso. Las canciones de antes, en los 80, 90 y 2000, eran más aspiracionales, de mucho virtuosismo vocal”, analiza Vir Módica, directora vocal del reality y conocedora del engranaje del programa desde adentro cuando en 2001 fue una de las 15 finalistas de la primera temporada.
La coach vocal, que trabajó con Lali Espósito y ahora es la maestra de las aspirantes, tenía 21 años cuando su mamá llegó con un aviso en el diario que anunciaba la convocatoria. “Nosotras estábamos menos preparadas, teníamos menos recursos para la conversación, la cámara y las devoluciones. Ahora las veo más fuertes, más resilientes, más entrenadas en danza y en canto, con más recursos en general”, compara, sobre el proyecto al que siente como un deja vú.
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Durante la grabación las chicas reciben como sorpresa a Miranda!, otros de los grandes referentes de la música pop en Argentina, permitiendo que Ale Sergi y Juliana Gattas sean jurados invitados. Primer intento de una concursante, fallido. Le conceden un segundo intento que no desaprovecha y luego de una seguidilla de power ballads, irrumpe con uno de los éxitos efervescentes de la dupla. Comienzan los aplausos del equipo técnico, se suman los jurados, y al final, su capacidad para dar show le da el pasaporte para la próxima etapa. Cuando termina, la esperan Juli Poggio y Sofi Gonet, encargadas de las redes, YouTube y de Mucho Más Popstar en Disney+. Martin Cirio, otro influencer de peso, es parte de la temporada como coach espiritual, un rol humorístico para amenizar tanta tensión entre esperas y deliberaciones.
Entre audiciones, aparecen los deseos que exceden lo personal. “Yo quiero ser la primera popstar salteña”, dice una, de pelo corto y voz cristalina. Otra, una suerte de Patricia Sosa en voz, actitud y look, cuenta que su padre es albañil, que vive en un pueblo donde no es fácil dedicarse al arte, y solloza al conocer que sigue en el certamen. Detrás de las cámaras, la maquinaria de Popstars es ambiciosa. 120 personas conforman el equipo entre la producción, el personal técnico y aquellos dedicados a la postproducción.
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El germen brotó en Japón. Un programa de TV buscaba a la vocalista de una banda de rock en 1997, pero se volvió tan popular que se desprendió un ciclo aparte que registró la conformación de un grupo de chicas, sus sesiones de baile y sus largas horas de entrenamiento vocal. Morning Musume se transformó en un fenómeno del J-Pop que, con diferentes integrantes sigue vigente hasta la actualidad, inspiración futura para el K-Pop y la base para el formato de Popstars que tomó la misma idea: cómo fabricar un grupo musical. Con adaptaciones en 50 países y el nacimiento de más de 40 agrupaciones y solistas, el formato es uno de los más fructíferos del subgénero. Girls Aloud (Reino Unido), No Angels (Alemania) y nuestras Bandana se consolidaron como las más exitosas de la franquicia, con shows, discos y fanáticos en vigencia contradiciendo a quienes creían que eran el fast food de la industria musical.
Las melenas de mechones rosados y lilas vuelven a agitarse con el viento. Se termina la jornada y el cielo parece un acolchado de plomo. Hay madres pidiendo autos por aplicación, chicas abrazadas entre camperones y algún sueño roto. David Bowie, o su álter ego Ziggy Stardust, entre maquillaje teatral, pelucas y colores estallados, ya lo había intuido: “Soy una estrella instantánea. Solo hay que añadir agua y revolver”.
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Fotos: Adrián Díaz Bernini/ Prensa Telefe
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