Hay personajes que pertenecen a una época y otros que, de alguna manera inexplicable, consiguen escapar del paso del tiempo. El Zorro es uno de ellos. Aunque hayan pasado décadas desde aquellas primeras emisiones, aunque las generaciones se hayan sucedido y la televisión haya cambiado hasta volverse irreconocible, basta con escuchar los primeros acordes de su música para que algo se encienda en la memoria: la máscara negra, la capa, la espada dibujando una Z en el aire, Tornado esperando a su jinete y aquel hombre elegante que parecía haber nacido para convertirse en leyenda.
Pero detrás del personaje existió un hombre, Guy Williams, y detrás de ese hombre quedó una historia de amor, amistad, admiración y pertenencia con la Argentina que todavía hoy conmueve. Esa historia podrá recorrerse este viernes 28 de agosto en el Palacio Libertad, donde se presentará El Zorro entre nosotros, una muestra itinerante y charla abierta que recupera objetos que pertenecieron al actor estadounidense y que permiten acercarse de una manera casi íntima a una figura que para millones de argentinos dejó de ser simplemente un personaje de televisión.
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Allí estarán los estribos del caballo Tornado, espadas, máscaras y la faja que Williams utilizó en diferentes momentos de su carrera. La propuesta tendrá además otras dos presentaciones cuyas fechas todavía deben confirmarse y contará con la participación especial de Fernando Lúpiz, actor, esgrimista y discípulo de Williams, y del escritor e historiador Alejandro Amaro, autor de una investigación monumental sobre la vida secreta del intérprete en la Argentina.
Para Lúpiz, sin embargo, no se trata solamente de una muestra ni de un homenaje. Cada objeto tiene una historia, cada espada guarda un recuerdo y cada fotografía parece devolverle una voz. Y detrás de todo aparece Guy Williams, aquel hombre imponente que un día llegó a la Argentina convertido en una estrella y terminó quedándose enamorado de un país que, según contaba, le había robado el corazón.
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“¿Cómo me estoy preparando para lo del viernes?”, dice Lúpiz entre risas en charla con Teleshow, “con los nervios suficientes, porque es un lugar nuevo”. Y enseguida aparece el agradecimiento: fue Leonardo Cifelli, secretario de Cultura de la Nación. quien lo invitó a realizar estas tres jornadas dedicadas a Williams.
“Consideró también que Guy Williams fue un actor que vino acá y lo quiso todo el mundo”, explica. Porque eso fue, precisamente, lo que sucedió. Llegó desde los Estados Unidos, conoció la Argentina, se enamoró de sus paisajes, de sus cielos, de los escenarios del norte y, especialmente, de la gente del interior. “Él siempre decía lo mismo”, recuerda Lúpiz.
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El amor por el país fue creciendo con el tiempo. Williams iba y venía entre la Argentina y Estados Unidos hasta que finalmente decidió quedarse. También apareció el amor por Araceli Lizaso, propietaria de un campo en Los Toldos. Y aquella historia terminó convirtiéndose en una decisión definitiva: Guy Williams eligió vivir en la Argentina. Aquí murió en 1989.
Pero mucho antes de ese final, cuando Lúpiz todavía era apenas un joven modelo y esgrimista, comenzó una de esas historias que parecen escritas por un guionista. Todo empezó con una llamada telefónica en la sala de armas de Gimnasia y Esgrima. Lúpiz recuerda perfectamente la escena: el armero lo llamó desde lejos y le avisó que lo habían buscado de Canal Trece. No sabía para qué. Poco después llegó la explicación: Guy Williams estaba en la Argentina y necesitaban a alguien que se animara a enfrentarlo en un duelo de esgrima. “¿Te animarías a pelear con él sin protección en las puntas y sin máscara?”, le preguntaron. “Sí, lo que me digan hago”, respondió.
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Cabe destacar que para ese momento, Lupiz ya era campeón argentino y sudamericano de esgrima, adeás de obtener la medalla de bronce en los Panamericanos de 1975. También obendría esa medalla en los Panamericanos de 1979 y competiría en los Olímpicos de Munich 1972 y Montreal 1976. Para 1977, se alzaría con el Olimpia de Plata.
La idea de conocer a El Zorro le resultaba casi increíble. Lúpiz todavía no imaginaba que aquel encuentro iba a cambiar su vida. Llegó al lugar y todavía puede reconstruir aquel instante con una precisión casi cinematográfica: la figura enorme de Williams apareció entre la gente, con sus 1,92 metros de altura, lo miró directamente a los ojos, extendió la mano y pronunció dos palabras que quedaron grabadas para siempre en la memoria del argentino: “Hi, Fernando”.
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Lúpiz todavía imita su voz cuando lo cuenta, porque aquel saludo quedó registrado en su memoria como si hubiese ocurrido ayer. Después vino el hotel Alvear, una conversación y una propuesta. Williams quería hacer esgrima, pero había un problema: no tenía dónde practicar. El entonces deportista le respondió que fuera a Gimnasia y Esgrima, donde podían preparar todo.
Allí se produjo otro de esos cruces que parecen demasiado perfectos para ser reales: el padre de Fernando -el reconocido esgrimista Enrique Lúpiz- y Guy Williams habían tenido el mismo maestro italiano, un campeón mundial de esgrima. Uno había aprendido en Nueva York y el otro en Buenos Aires. La coincidencia terminó de construir un puente entre ambos. Williams y Lúpiz tenían más cosas en común de las que cualquiera hubiera imaginado. El estadounidense había sido modelo, actor, esgrimista y jinete. Fernando era modelo, esgrimista y, aunque todavía no lo sabía, estaba a punto de convertirse también en actor.
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La actuación apareció casi por accidente. Primero fueron los espectáculos junto al Zorro. Después llegaron otros trabajos y Williams comenzó a enseñarle aquello que sabía, no solamente movimientos o recursos escénicos sino también pequeñas reglas de la profesión, detalles que Lúpiz todavía conserva como consejos de vida.
La relación se profundizó durante los viajes. Hicieron espectáculos por toda la Argentina, en teatros, anfiteatros, canchas de fútbol y escenarios improvisados; fueron también al exterior y llegaron a realizar 750 shows.
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Fue durante esas interminables horas de viajes cuando se hicieron verdaderamente amigos. Hablaban en inglés y Lúpiz admite que su dominio del idioma no era perfecto, pero Williams tenía paciencia. Guy tenía un hijo de una edad similar a la de Fernando y por eso comenzó a sentirlo como un segundo padre. Cuando murió su propio padre, Williams se conmovió profundamente. La relación entre ambos había dejado de ser la de un actor famoso y un joven esgrimista: era un vínculo familiar. “Yo lo sentía como que era un segundo padre”, reconoce. Y esa cercanía explica por qué hoy, tantos años después de la muerte de Williams, Lúpiz continúa dedicándole homenajes.

También explica cómo determinados objetos terminaron en sus manos. En uno de sus cumpleaños, Guy apareció con una sorpresa: le regaló la ropa que utilizaba en los espectáculos del Zorro.
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Con el tiempo, Fernando heredó diferentes objetos que hoy permiten reconstruir parte de la vida de Williams. Entre ellos están los estribos de Tornado. La explicación de cómo llegaron hasta la Argentina también tiene su propia historia de película.
Williams estaba enamorado de Araceli Lizaso, quien tenía un campo en Los Toldos. Allí ambos solían andar a caballo. En uno de sus viajes de ida y vuelta a Estados Unidos, Guy llevó consigo las botas del Zorro y los estribos de Tornado. El éxito de la serie había sido tan grande que Williams conservaba buena parte de su vestuario y de los elementos utilizados durante aquella etapa.
Por eso, cuando el público se encuentre frente a ellos en el Palacio Libertad, no estará simplemente viendo piezas de utilería: estará observando fragmentos de una vida, pequeños pedazos de la historia de un hombre que terminó convirtiéndose en parte de la memoria argentina.
Y quizá allí radique una de las razones por las que El Zorro continúa siendo una figura tan vigente. Hay algo tranquilizador en volver a El Zorro. Aunque alguien haya visto un capítulo miles de veces, puede volver a verlo y sentirse cómodo. La música, los personajes, la estética y esa sensación de aventura sin crueldad excesiva generan una especie de refugio.
Entonces, Alejandro Amaro agrega otra explicación: la calidad. Nada en la serie estaba dejado librado al azar. El vestuario, hasta el más pequeño cordón, estaba cuidado. La música incidental era creada especialmente para cada episodio. La producción tenía una calidad cinematográfica que todavía puede descubrirse cuando se vuelve a mirar con otros ojos. “Vos la historia ya te la conocés, pero empezás a mirar otro tipo de detalle y siempre te quedás enganchado con algo más allá de la historia”, explica.

Amaro comenzó entrevistando a Lúpiz durante nueve horas. Después fueron noventa y, según cuenta entre risas, hasta novecientas. El resultado fue un libro de 730 páginas sobre la vida secreta de Guy Williams en la Argentina. En ese recorrido encontró algo que lo sorprendió: la ausencia absoluta de rechazo hacia el actor. Amaro lo compara con figuras como Diego Maradona o Lionel Messi, cuyos seguidores pueden discutir, enfrentarse y tomar partido. Con Guy, asegura, no ocurre lo mismo. Nadie que lo haya conocido habla mal de él. Lúpiz lo confirma: Williams saludaba a todos, firmaba autógrafos y, si alguien despertaba su interés con una pregunta, podía terminar invitándolo a tomar un café.
Pero detrás de aquella apariencia de estrella había un hombre que había decidido alejarse de la meca del cine para vivir en la Argentina. Un actor que había alcanzado la fama absoluta y que, sin embargo, encontró en este país algo que Estados Unidos ya no podía darle. Tal vez por eso los argentinos terminaron sintiéndolo propio y quizá por eso, tantos años después de su muerte, todavía resulta posible hablar de él en presente.
En lo que respecta al presente de Lúpiz, hace sólo unos meses llegó el final de Cyrano, junto al Puma Goity, tras tres años de éxitos con más de 200 mil personas que vieron la obra.

Hay un último detalle que parece salido de una novela y que quizá sea uno de los más emocionantes de todos. Guy Williams llegó a decirle a Fernando Lúpiz que algún día sería su sucesor. Existe incluso una revista que conserva aquella frase: “Tal vez en el año 2000 vos seas mi sucesor”. Guy murió en 1989. Once años después, en el 2000, la predicción se cumplió. Fue cuando Alejandro Romay decidió levantar el sayo y darle la posibilidad de convertirse en El Zorro.

Una década después de la muerte de Guy, aquel joven al que había mirado a los ojos por primera vez en un estudio repleto de gente terminó poniéndose su máscara. No fue simplemente un papel: fue la confirmación de una profecía y, quizá también, la manera más hermosa que tuvo la vida de cerrar un círculo que había comenzado con un simple “Hi, Fernando”.
La máscara puede guardarse. La espada puede volver a una vitrina. Los años pueden pasar. Pero algunas historias, como la de Guy Williams y Fernando Lúpiz, tienen algo que se resiste a desaparecer. Guy murió en la Argentina, pero El Zorro nunca se fue. Sigue apareciendo en la televisión, sigue provocando sonrisas, sigue reuniendo a padres, hijos y abuelos frente a una pantalla y sigue despertando la necesidad de volver a mirar aquello que ya conocemos de memoria.
Ahora también puede encontrarse detrás de una vitrina, en una máscara, una espada, una faja o unos estribos que alguna vez acompañaron a Tornado. Quizá por eso “El Zorro entre nosotros” sea algo más que una muestra: es una manera de acercarse a un personaje que se volvió parte de la infancia de varias generaciones, pero también a un hombre que encontró en la Argentina un lugar al que decidió llamar hogar.
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