El mundo de la lucha libre argentina perdió a uno de sus hombres fundamentales. Juan Manuel Figueroa murió este 25 de agosto, a los 76 años, dejando detrás una historia que durante más de cinco décadas estuvo inevitablemente ligada a uno de los personajes más reconocibles, misteriosos y queridos de la cultura popular argentina: La Momia Blanca de Titanes en el Ring. Pero detrás de aquellas vendas, de aquel cuerpo inmóvil que parecía llegado desde un tiempo perdido, de los silencios inquietantes y de la presencia espectral que durante generaciones provocó fascinación en grandes y chicos, había un hombre que había llegado casi por casualidad a aquel universo y que terminaría convirtiéndose en uno de sus protagonistas esenciales.
Nacido el 26 de enero de 1950, su vínculo con el deporte comenzó mucho antes de que su nombre quedara asociado para siempre con La Momia. Era luchador olímpico y grecorromano y entrenaba en el Club Atlético Vélez Sársfield, donde compartía esa pasión con otros deportistas. Uno de ellos era Agustín Torrubia, quien en 1973 recibió una convocatoria inesperada para interpretar al Príncipe de Nápoli durante la temporada de verano de Titanes en el Ring en Mar del Plata. Figueroa decidió acompañarlo junto con otros compañeros, entre ellos José María Fernández y Alfredo Giuffré, sin imaginar que aquel viaje, que parecía apenas una visita entre amigos, terminaría cambiando para siempre su vida.
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La historia tiene algo de esas casualidades que, con el paso del tiempo, parecen haber estado escritas de antemano. Los jóvenes fueron a saludar a Torrubia al lugar donde se desarrollaba el espectáculo y, en algún momento, terminaron arriba del ring, jugando a la lucha. Era apenas una travesura, una demostración entre compañeros, un instante de diversión. Pero alguien los estaba mirando. Martín Karadagián, creador y alma de Titanes en el Ring, los descubrió en plena acción. Ellos pensaron que la reacción sería otra: creyeron que el hombre fuerte de aquel fenómeno popular podía enojarse por haberlos encontrado sobre el cuadrilátero sin autorización. Sin embargo, ocurrió exactamente lo contrario.
Karadagián quedó sorprendido por lo que había visto. Les dijo que le gustaba aquello y los invitó a verlo en su oficina de Buenos Aires. Aquella invitación terminó convirtiéndose en una puerta de entrada a un mundo que Figueroa ya nunca abandonaría. Los tres fueron incorporados a Titanes en el Ring, aunque el comienzo de Figueroa estuvo muy lejos de la imagen majestuosa que años después tendría frente a las cámaras. Una de sus primeras tareas fue empujar la carroza del Príncipe de Nápoli durante su ingreso. Así comenzó una carrera que lo llevaría desde los márgenes del espectáculo hasta el centro mismo de una de las mayores leyendas de la televisión argentina.
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El gran giro llegó en 1974. Para entonces, Juan Enrique Do Santos, conocido como El Gitano Ivanoff, ya no formaba parte de Titanes. Él había sido quien le había dado brillo, misterio y una enorme preponderancia a uno de los personajes más emblemáticos de la compañía: La Momia. El personaje necesitaba continuar, porque había un compromiso teatral que exigía su presencia. Había que encontrar a alguien capaz de ponerse las vendas y sostener aquella identidad que ya pertenecía al imaginario popular.
Fue entonces cuando el relator Rodolfo Di Sarli tuvo una idea. Le sugirió a Karadagián que probara con Figueroa. Y algo ocurrió cuando aquel joven luchador se transformó en la criatura espectral. El titán Martín quedó deslumbrado con su desempeño. La elección, que en principio podía parecer circunstancial, terminó siendo definitiva. Figueroa se convirtió en La Momia, y con el paso de los años aquel personaje terminó quedando indisolublemente asociado a su figura.
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Había algo particular en aquella interpretación. La Momia no necesitaba hablar para imponer respeto. Las vendas, la postura, los movimientos, el misterio y la enorme capacidad de Figueroa para construir una presencia diferente a cualquier otra hicieron el resto. El personaje podía aparecer entre los luchadores y, sin necesidad de una palabra, convertirse inmediatamente en el centro de todas las miradas. Para varias generaciones de argentinos, aquella silueta cubierta de vendas pasó a formar parte de la memoria de la infancia, de las tardes frente al televisor y de las historias que se contaban alrededor de Titanes en el Ring.
Pero Figueroa nunca fue solamente La Momia. Durante las giras y los espectáculos en vivo interpretó también distintos personajes a cara descubierta, demostrando que detrás de las vendas había un luchador capaz de construir diferentes identidades y sostenerlas con la misma entrega.
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En 1977, Titanes en el Ring volvió a la televisión y Karadagián decidió introducir cambios en algunos de sus personajes. La Momia, que hasta entonces había sido presentada como una figura prácticamente invencible, recibió un tratamiento diferente. El personaje comenzó a sufrir derrotas inesperadas, en una etapa en la que el propio Karadagián había dejado atrás parcialmente su condición de villano y comenzaba a presentarse como un personaje bueno.
Uno de aquellos resultados sorprendentes ocurrió frente a El Yeti, quien terminaría siendo finalista por el campeonato. La caída de La Momia podía desconcertar a los espectadores, porque atentaba contra una de las certezas que el programa había construido durante años: aquella criatura parecía estar por encima del resto.
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Ese mismo año, Figueroa asumió además otro personaje: El Dogo, ampliando todavía más su participación dentro del universo de Titanes.
Al año siguiente, en 1978, la compañía tomó un camino particular y Titanes en el Ring se desdobló. Por un lado estaba la temporada regular de televisión, donde La Momia estuvo ausente y apareció en cambio el cacique Cutral-Có, el jefe indio neuquino. Por otro, se grabó una serie de programas destinados al exterior, conocidos como Rozas Color, donde La Momia regresó con todo su esplendor.
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Fue allí donde el personaje volvió a recuperar buena parte de su dimensión mítica y protagonizó una de esas batallas que quedaron grabadas en la historia de Titanes: una final sangrienta frente al propio Karadagián. El combate terminó empatado y, de ese modo, Martín retuvo el cinturón de Campeón del Mundo. Cutral-Có también participó de aquellos programas, en una etapa en la que el universo de Titanes parecía no tener límites.
Después de algunos años sin pantalla, Titanes en el Ring volvió a la televisión en 1982 y Figueroa recibió nuevamente una responsabilidad enorme. Esta vez debía aparecer a cara descubierta como El Olímpico, presentado como “el máximo exponente del deporte universal”. Pero, al mismo tiempo, tenía que darle vida a otro personaje completamente diferente: El Androide, creación del Profesor Demetrius.
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El Androide era presentado como el gran imbatible de aquella temporada, el personaje que parecía destinado a vencer a todos los que se cruzaran en su camino. Y, en principio, La Momia ni siquiera estaba contemplada dentro de aquella historia. Sin embargo, el público comenzó a pedirla.
La respuesta fue tan contundente que hubo que recurrir nuevamente al personaje que Figueroa había convertido en leyenda.
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La producción construyó entonces una de las escenas más recordadas de aquella etapa: La Momia llegaría al puerto de Buenos Aires en barco desde Egipto. El desembarco se transformó en un acontecimiento multitudinario. La gente quería volver a ver las vendas, recuperar aquella figura que había acompañado tantas infancias y descubrir si sería capaz de enfrentarse al nuevo monstruo invencible de Titanes.
El regreso fue apenas el comienzo. Con el paso de los programas, el enfrentamiento entre La Momia y El Androide se volvió inevitable. El problema era que ambos personajes tenían algo en común que nadie podía ignorar: detrás de los dos estaba el mismo hombre: Juan Manuel Figueroa.
La solución fue tan artesanal como ingeniosa. Para las dos luchas semifinales que se realizaron en diciembre en el Luna Park, Rubén Velázquez, conocido como Atila, asumió el papel de La Momia. De esa manera, Figueroa podía enfrentarse a su propio personaje sin revelar el secreto que había detrás de aquella construcción televisiva.
Los combates terminaron en dos empates sucesivos. El jurado debió intervenir y finalmente determinó que La Momia debía avanzar a la final. Así se abrió el camino para otro de los grandes enfrentamientos de la historia de Titanes: el choque entre La Momia y Martín Karadagián.

En la temporada televisiva de 1983 regresó Cutral-Có. La Momia y El Androide continuaban formando parte del plantel, aunque la producción decidió dar protagonismo a otros personajes. Paradójicamente, ese mismo año se rodó la película “Titanes en el Ring Contraataca”, cuya historia giraba alrededor de La Momia, demostrando hasta qué punto el personaje seguía ocupando un lugar central dentro del imaginario de la compañía.
Durante la segunda mitad de aquella temporada, Figueroa reemplazó a Jorge Di Cicca como Dink-C, sumando otra identidad a una trayectoria que ya parecía inagotable.
Y cuando Titanes en el Ring atravesó nuevas transformaciones, Figueroa continuó adelante. En 1988 fue convocado para formar parte del elenco de Lucha Fuerte, donde interpretó a Anuk el Esquimal y volvió a ponerse en la piel de Ro-Box, otro de los personajes que marcarían su carrera.
La televisión cambió, los programas fueron desapareciendo, las compañías se renovaron y los personajes fueron mutando. Figueroa, en cambio, siguió ligado a la lucha libre. Nunca dejó de participar en giras, eventos y presentaciones, manteniendo vivo un mundo que para muchos parecía condenado a quedar únicamente en el recuerdo.
En 1995, volvió a la televisión dentro de Lucha Total, donde interpretó a Clawman. Y dos años después ocurrió un momento especialmente significativo para la historia de La Momia.

En 1997, Paulina Karadagián decidió que había llegado el momento de mostrar en televisión el rostro de La Momia y dar testimonio de su autenticidad. La revelación se produjo en el programa Paparazzi, conducido por Jorge Rial. Durante años, el misterio había sido parte esencial del personaje. ¿Quién estaba realmente debajo de las vendas? ¿Era siempre la misma persona? ¿Qué había detrás de aquella identidad que había fascinado a millones?
Por esa época, la identidad del personaje quedó en el centro de la polémica cuando Oscar Demelli cobró notoriedad al recorrer distintos programas de televisión, donde afirmaba haber sido “La Momia Blanca” de Titanes. Su presencia constante en ciclos populares lo consolidó como una figura mediática, aunque esa versión fue refutada sistemáticamente por los verdaderos luchadores de Titanes, quienes aseguraban que Demelli nunca encarnó a La Momia Blanca, sino que se desempeñó como vestuarista.
La controversia alcanzó tal magnitud que, en varias ocasiones, los auténticos integrantes del elenco llegaron a buscarlo en estudios televisivos para confrontarlo públicamente, generando escenas de tensión y espectáculo que la televisión argentina de la época no dudó en amplificar. Demelli murió en diciembre de 2023 y hasta el final de sus días mantuvo su postura sobre la titularidad del personaje.
Volviendo a Figueroa, su aparición en la pantalla chica permitió entonces acercarse un poco más al hombre que durante décadas había permanecido oculto detrás del personaje. Después de dos programas especiales realizados para celebrar los 35 años de Titanes en el Ring, el clásico programa tuvo una nueva temporada en Canal 9. Y una vez más, las vendas volvieron a aparecer: La Momia volvió a ser interpretada por Juan Manuel Figueroa.
Se intentaron construir nuevas rivalidades, esta vez frente a personajes como La Momia Negra, El Doctor Cerebrus y Titanbot, pero el ciclo terminó prematuramente y esas historias no llegaron a desarrollarse como estaba previsto. La historia de Figueroa con La Momia, sin embargo, estaba lejos de terminar.
En los comienzos de la temporada 2001, Titanes en el Ring presentó una nueva historia alrededor del personaje. Se contó que El Faraón había vencido a La Momia en las arenas del desierto y la había abandonado a su suerte. Figueroa asumió entonces dos nuevos desafíos: interpretó una nueva versión de Mano Negra y también a El Faraón, mientras se esperaba el regreso de La Momia.
Cuando finalmente el personaje volvió, El Faraón pasó a ser interpretado por Omar Di Salvo. Todo parecía preparado para un enfrentamiento entre aquellos dos colosos. Pero una vez más, la televisión se encargó de interrumpir la historia. El programa fue cancelado antes de que el combate pudiera concretarse.

Tal vez haya algo profundamente simbólico en esa sucesión de historias inconclusas. Porque la lucha libre argentina estuvo muchas veces marcada por programas que terminaron, compañías que desaparecieron, personajes que fueron reemplazados y proyectos que quedaron suspendidos. Pero algunos luchadores consiguieron sobrevivir a todo eso. Figueroa fue uno de ellos.
En 2009, volvió a ponerse en la piel de Ro-Box para Guerreros del Ring, por Canal 26. Era una nueva oportunidad para regresar a la pantalla, aunque su historia ya estaba definitivamente asociada a aquella criatura cubierta de vendas que había interpretado durante décadas.
Con el paso de los años, La Momia dejó de ser simplemente un personaje de Titanes en el Ring. Se convirtió en parte de la cultura popular argentina. Y aunque fueron muchos quienes intentaron interpretarla, imitarla o recuperar su misterio, la tradición de La Momia quedó indisolublemente ligada a Juan Manuel Figueroa.
Él había conseguido algo que no todos los luchadores alcanzan: que el personaje y el intérprete terminaran siendo prácticamente inseparables.
Figueroa siguió apareciendo en acontecimientos especiales. En 2012 participó de los festejos por los 50 años de Titanes en el Ring y también estuvo presente en distintas presentaciones vinculadas con el libro “El Gran Martín”, de Daniel Roncoli. Participó además de “Las Dos Momias”, donde volvió a enfrentarse con La Momia Negra, interpretada por Rubén Peucelle.
En 2016, volvió a subir al ring para defender a La Masa del ataque de sus enemigos durante el evento “Tributo a los Grandes Luchadores Argentinos”. Y en 2017 tuvo un reconocimiento especialmente emotivo: Kachi Pompeya y Cuadrilátero Catch organizaron en una plaza de Buenos Aires un tributo dedicado a él.

Ya no se trataba solamente de recordar a La Momia. Se trataba de homenajear al hombre que había puesto el cuerpo durante décadas. Al luchador que había comenzado empujando una carroza. Al joven que un día se subió a un ring para “jugar a la lucha” junto a sus amigos y terminó siendo descubierto por Martín Karadagián. Al deportista que recibió una oportunidad casi accidental y consiguió convertirla en una vida entera.
Al hombre que interpretó a El Olímpico, El Androide, El Dogo, Anuk el Esquimal, Ro-Box, Clawman, Mano Negra, El Faraón y tantos otros personajes, pero que encontró su identidad definitiva detrás de las vendas.
La última actuación de Juan Manuel Figueroa como La Momia ocurrió en 2019, en un evento promovido por Kato el Ninja Blanco. Una vez más, volvió a transformarse en aquella figura que había acompañado a generaciones enteras.
Siete años después, el 25 de agosto de 2026, llegó la noticia de su muerte.
Y con ella se apagó una parte de aquella televisión que parecía hecha de otros materiales: de cartón, de luces, de ring, de personajes imposibles, de villanos y héroes, de relatos apasionados y de chicos que miraban la pantalla tratando de descubrir qué había detrás de las vendas.
Juan Manuel Figueroa fue mucho más que el hombre que interpretó a La Momia. Fue uno de los grandes custodios de una tradición que atravesó generaciones y sobrevivió a los cambios de la televisión, a la desaparición de programas y al paso del tiempo. Fue La Momia para millones de espectadores, pero también fue Juan Manuel Figueroa, el luchador que dedicó más de medio siglo a sostener viva una pasión.
La leyenda seguirá ahí. En las imágenes de archivo, en los relatos de quienes lo vieron luchar, en las fotografías, en las viejas transmisiones y, sobre todo, en el recuerdo de quienes alguna vez escucharon la música de Titanes en el Ring y esperaron con una mezcla de miedo y fascinación que apareciera aquella figura cubierta de vendas.
Porque detrás de La Momia siempre hubo un hombre. Y ese hombre fue Juan Manuel Figueroa.
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