
Hace 33 años, el 6 de febrero de 1992, Petrona C. de Gandulfo fallecía en su casa de Olivos, instante en que dejó un legado imborrable en la gastronomía argentina. Para muchos, fue la primera gran influencer de la cocina, décadas antes de que las redes sociales existieran. Sus libros, sus programas de radio y televisión, sus clases y su inagotable pasión por enseñar marcaron generaciones.
Nacida en La Banda, Santiago del Estero, en 1898, la vida de Petrona Carrizo estuvo marcada desde la infancia por la necesidad de salir adelante. A los seis años, perdió a su padre y se trasladó con su madre a la capital provincial, donde administraron una pensión. Allí, entre huéspedes y tareas diarias, aprendió los primeros secretos de la cocina.
Pero no fue la gastronomía lo que la llevó a Buenos Aires en 1916, sino el amor. Se trasladó con Oscar Gandulfo, un empleado de Correos con quien se casaría en 1923 y de quien tomaría el apellido que la haría famosa. Hasta ese momento, su mundo giraba en torno a la costura y el tejido. Sin embargo, el destino la esperaba con una oportunidad inesperada.

En 1928, la Compañía Primitiva de Gas buscaba 20 mujeres para capacitarlas en la academia francesa Le Cordon Bleu. El objetivo era promover el uso del gas en la cocina, un lujo en un país donde todavía predominaban la leña y el carbón. Petrona se presentó y fue seleccionada. Lo que comenzó como un empleo pronto se convirtió en su vocación: su carisma natural, su seguridad y su manera simple de explicar conquistaron al público.
En poco tiempo, llenaba salones con sus demostraciones, especialmente en el bazar Dos Mundos, donde cientos de mujeres se agolpaban para escucharla. Su talento la llevó a Radio Argentina en 1933 y, un año después, decidió plasmar su conocimiento en un libro que haría historia.
En 1934, publicó el Libro de Doña Petrona, financiado por ella misma y vendido en su domicilio. En dos meses superó las 5000 copias. Con más de 105 ediciones hasta la fecha, el libro se convirtió en el tercero más vendido de la historia argentina, solo superado por la Biblia y el Martín Fierro.

No era solo un recetario: era una enciclopedia culinaria con más de 1000 recetas, técnicas detalladas y consejos prácticos. Su nieta recordaría en charla con Teleshow: “Ella sabía perfectamente lo que hacía, lo había armado en su cabeza y a dónde quería apuntar. No sé si imaginó que incluso en la actualidad la gente seguiría recordándola con tanto cariño...”
Si bien en radio construyó una audiencia fiel, fue en la televisión donde alcanzó la inmortalidad mediática. En 1952, se convirtió en la primera cocinera de la televisión argentina con el programa Jueves Hogareños, emitido desde el Palais de Glace para la pantalla de Canal 7. Más tarde, con su inseparable Juanita Bordoy, consolidó su presencia en la pantalla con Buenas tardes, mucho gusto, un clásico de Canal 13 que estuvo al aire hasta 1982.

Cada aparición suya era un acontecimiento. Vestida con su delantal impecable y su tono de maestra estricta, explicaba cada receta con meticulosidad. No improvisaba: cada plato estaba calculado al milímetro. Si pedía “un huevo y medio”, era porque lo había probado así.
Pero más allá de las cámaras, seguía respondiendo a su público. Había dejado su número en la guía telefónica y lo anunciaba en la televisión. Recibía cientos de llamados diarios. Una de sus seguidoras recuerda haberla llamado en plena crisis con un merengue suizo que no se formaba. Doña Petrona le respondió con paciencia: “seguí batiendo, seguí que va a salir bien”. Y así fue.
En su casa de la calle Billinghurst, tenía su “laboratorio”, como llamaba a su oficina. Allí, con la ayuda de su secretaria, respondía cartas, perfeccionaba recetas y escribía nuevas ediciones de su libro.
Pero en su vida privada, la cocina no era espectáculo, sino ritual familiar. Su nieta Marcela recordaría con nostalgia los locros y empanadas santiagueñas, platos en los que participaban todos. Su esposo Atilio Massut, con quien se casó en 1946, se encargaba de calentar el horno de barro en el patio.

“Era un hombre elegante, alto y canoso, con 20 años menos que mi abuela. La persona más amorosa y compañera que pudo haber tenido”, rememoró Marcela.
Entre los recuerdos culinarios, destaca un plato especial: copas frías de mariscos y palmitos, servidas en copas de distintos colores con bases teñidas. Un toque de creatividad que hacía que cada comida fuera una experiencia.
A finales de los ’80, Doña Petrona se alejó de la televisión, pero nunca dejó de enseñar. Dio clases en su laboratorio hasta sus últimos días. En 1992, falleció por un ataque al corazón en su hogar de Olivos, acompañada por Juanita Bordoy, su asistente y amiga durante casi 50 años.

Su muerte dejó un vacío irreemplazable en la gastronomía argentina. Blanca Cotta, otra de las grandes maestras de la cocina, la despidió con una frase que resume su legado: “Todas las que caminamos por el mundo de la cocina le debemos a Doña Petrona el haber sido la pionera. Yo la amé, la amo y la amaré siempre, porque la conocí personalmente y era una mujer sumamente generosa”.
Hoy, a 33 años de su partida, su nombre sigue presente en cada cocina argentina. Sus recetas se buscan, su libro se reedita y sus programas aún son recordados con cariño.
Fue más que una cocinera. Fue la mujer que enseñó a cocinar a la Argentina.
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