
La adicción a las redes sociales podría reproducir el patrón histórico del tabaco: una caída general en el consumo respaldada por políticas, evidencia científica y presión de pares, pero acompañada por la persistencia entre los sectores más pobres. En Financial Times, Sarah O’Connor advierte que “los productos adictivos pueden sobrevivir mucho tiempo después de dejar de ser mayoritarios. Y si son adictivos y dañinos, pueden convertirse no solo en un espejo de las desigualdades sociales, sino en un amplificador de ellas”.
Durante el siglo XX, casi la mitad de los adultos en Estados Unidos eran fumadores, según reconstruye O’Connor. La proporción terminó por caer a solo 13% en 2020, pero este descenso arrastró una trampa: la prevalencia del tabaco se quedó anclada en los grupos sociales más pobres. “Romper con los hábitos poderosamente adictivos —o no desarrollarlos en primer lugar— es más difícil si tienes menos acceso a educación, pares que te acompañen y servicios de salud”, afirma.
La autora retoma la historia del cigarrillo descrita por Allan M Brandt: en 1925, American Mercury ya señalaba su carácter “democrático”, usado por banqueros y lustrabotas por igual. Pero luego, una vez que la ciencia relacionó el tabaco con el cáncer, la reacción fue desigual. Los graduados universitarios fueron los primeros en abandonar el hábito, desde 1954. Dos décadas después, se evidenció el sesgo social del descenso, hecho palpable para muchos en los ámbitos donde fumar ya despertaba rechazo.
El patrón se replicó en el Reino Unido: las zonas más desfavorecidas triplican la tasa de fumadores respecto a las más ricas —22,6 % contra 6,6 %—. Para el Ministerio de Salud británico, fumar es “la principal causa de desigualdad sanitaria”, ya que explica la mitad de la diferencia en esperanza de vida entre barrios ricos y pobres.
La restricción a redes sociales avanza más rápido en los sectores acomodados
La pregunta central de O’Connor es si la adicción a las redes sociales seguirá los mismos pasos. “Ya percibo que el impulso por una ‘infancia sin teléfonos inteligentes’ y los límites de pantalla es liderado principalmente por padres de clase media”, sostuvo. Son quienes primero asimilan la investigación emergente —todavía en debate— sobre los daños a la salud mental de los jóvenes.
En las palabras de la autora, “existe cierta evidencia de que los jóvenes de entornos menos acomodados son más propensos a sufrir experiencias negativas en redes sociales”. Financial Times subraya que mientras la atención pública y política se enfoca en el fenómeno, la brecha social en el acceso y el manejo de estos hábitos se profundiza.
Mientras tanto, los avances de la regulación gubernamental se enfrentan a demoras en el cumplimiento de objetivos sanitarios. En el Reino Unido, la meta de bajar la tasa de fumadores por debajo del 5% para 2030 se considera imposible sin nuevas medidas, y los barrios más pobres no alcanzarían esa marca antes de 2044.
Para la autora, los hábitos vinculados a productos adictivos persisten más allá de la mayoría cultural. Esto puede volverlos “un espejo y un amplificador” de la desigualdad social, según la frase que destaca Financial Times.
Diferencias y desafíos entre el tabaco y las redes sociales
O’Connor distingue, no obstante, elementos únicos en el consumo digital. A diferencia del cigarrillo, las redes sociales plantean patrones intergeneracionales distintos. Una de las causas más importantes del tabaquismo era la imitación de los padres, pero con las plataformas, “todavía no veo mucha evidencia de que los padres abandonen sus propios hábitos de redes, incluso cuando ponen límites a los hijos”, explicó.
El carácter personalizable de los algoritmos sería otra diferencia: mientras el tabaco representa un daño generalizado, el impacto digital depende de los recorridos individuales. “Un adulto enganchado a videos de gatos probablemente solo está desperdiciando tiempo y atención”, evaluó la autora, acerca de los riesgos diferenciales.
La publicación advierte que podrían surgir nuevas tecnologías adictivas que reemplacen a las redes sociales, como los chatbots de inteligencia artificial, y reabran la discusión sobre salud pública, hábitos y desigualdad.
En su conclusión, O’Connor remarca que los productos adictivos —sea tabaco, redes sociales o sus sucesores— sobreviven mucho tiempo fuera de la norma principal, con capacidad de agravar las diferencias sociales: “Si son adictivos y dañinos, pueden convertirse no solo en un espejo de las desigualdades sociales, sino en un amplificador de ellas”.
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