
La inteligencia artificial comienza a convertirse en una herramienta clave para responder preguntas fundamentales de la biología. Un equipo de científicos logró crear “animales virtuales” capaces de evolucionar en un entorno digital, reproduciendo procesos similares a los que dieron origen a los ojos en la naturaleza.
El experimento, desarrollado por investigadores de la Universidad de Lund y publicado en la revista Science Advances, demuestra que la evolución puede simularse mediante algoritmos sin necesidad de instrucciones previas, abriendo nuevas posibilidades para estudiar cómo surgen las adaptaciones en los seres vivos.
El trabajo consistió en diseñar un ecosistema virtual habitado por criaturas artificiales capaces de moverse, interactuar con su entorno y reproducirse. En su estado inicial, estos organismos digitales no tenían ojos, por lo que eran totalmente ciegos.

Sin embargo, al enfrentarse a tareas básicas —como desplazarse, evitar obstáculos o encontrar alimento— comenzaron a desarrollarse gradualmente mecanismos de sensibilidad a la luz que, tras múltiples generaciones, derivaron en estructuras visuales funcionales.
Según los investigadores, el resultado más llamativo fue que estas soluciones emergieron de forma espontánea. Sin haber sido programados para “crear ojos”, los modelos evolutivos generaron configuraciones equivalentes a las observadas en la naturaleza: desde células fotorreceptoras dispersas hasta ojos tipo cámara y sistemas compuestos similares a los de los insectos.
Este fenómeno, conocido como evolución convergente, sugiere que ciertos caminos adaptativos son más probables que otros cuando los organismos enfrentan desafíos similares.

El estudio retoma así uno de los planteamientos centrales formulados por Charles Darwin en el siglo XIX. En su obra El origen de las especies, el naturalista explicó que la selección natural favorece los rasgos más ventajosos en contextos donde los recursos son limitados. La investigación sueca traslada ese mismo principio al ámbito computacional, mostrando que la lógica evolutiva puede reproducirse mediante simulaciones digitales.
Para lograrlo, el equipo liderado por el biólogo evolutivo Dan-Eric Nilsson construyó un sistema en el que cada generación de organismos virtuales introducía pequeñas variaciones aleatorias, equivalentes a mutaciones biológicas.
Aquellos individuos que reaccionaban mejor a los estímulos luminosos sobrevivían más tiempo y transmitían sus características a la siguiente generación. Con el paso de miles de ciclos, la acumulación de cambios produjo estructuras cada vez más complejas.

Los autores destacan que no existió un diseño predeterminado ni un objetivo programado de antemano. La inteligencia artificial actuó como un entorno de prueba donde las reglas básicas de supervivencia bastaron para desencadenar la aparición de órganos visuales. Este enfoque permite observar la evolución “en acción”, algo imposible de reproducir directamente en escalas de tiempo reales.
Más allá de confirmar teorías biológicas, la investigación plantea aplicaciones en otros campos. Los científicos consideran que estas simulaciones podrían utilizarse para anticipar futuros evolutivos, comprender mejor cómo responden los organismos a cambios ambientales o incluso inspirar nuevas tecnologías.
Ingenieros y desarrolladores ya analizan estos modelos para diseñar sensores, sistemas ópticos y algoritmos adaptativos que imiten la eficiencia de las soluciones naturales.
El experimento también ofrece una ventaja metodológica significativa: permite ensayar hipótesis evolutivas sin recurrir a organismos vivos ni a procesos que tomarían millones de años. Al acelerar virtualmente la selección natural, los investigadores pueden comparar escenarios, modificar condiciones ambientales y observar qué adaptaciones emergen en cada caso.

No obstante, los especialistas advierten que estas simulaciones no reemplazan la investigación biológica tradicional, sino que la complementan. El objetivo es utilizarlas como un laboratorio digital donde poner a prueba teorías sobre la evolución antes de contrastarlas con evidencia empírica.
Este estudio muestra cómo la inteligencia artificial se integra cada vez más en disciplinas alejadas de la informática. Al recrear procesos evolutivos complejos en un entorno controlado, los científicos no solo obtienen nuevas herramientas para entender el pasado de la vida en la Tierra, sino también para desarrollar tecnologías inspiradas en los mismos mecanismos que la naturaleza perfeccionó durante millones de años.
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