
La rivalidad entre Apple y Google puede parecer ahora algo natural, pero hace unos años la relación no era así e incluso compartieron mesa de trabajo durante un tiempo, hasta que se generó una tensión que Steve Jobs catalogó de “guerra termonuclear”.
Hace 20 años el vínculo personal y empresarial entre Jobs y Eric Schmidt, entonces CEO de Google, era bastante grande, al punto que compartían secretos de sus compañías. Hasta que todo cambió para siempre. El detonante: la acusación de Jobs de que Google había “robado” el iPhone, cuenta Applesfera.
Cómo era la estrecha relación entre Apple y Google
En agosto de 2006, Apple anunció la incorporación de Eric Schmidt a su junta directiva, un gesto recibido como la consolidación de una alianza natural entre dos gigantes de la innovación.
Apple reinaba en el hardware, mientras Google expandía las fronteras de la web y los servicios digitales. “Eric está haciendo un excelente trabajo como CEO de Google, y esperamos sus contribuciones como miembro de la junta directiva de Apple. Al igual que Apple, Google está muy centrado en la innovación y creemos que los conocimientos y la experiencia de Eric serán muy valiosos”, explicó la empresa en el anuncio oficial.
En ese contexto, ambos parecían no pisarse los talones: Apple utilizaba Google como buscador por defecto en Safari y, por entonces, no habían anunciado públicamente intenciones de lanzar un teléfono móvil.
Schmidt, por su parte, encontraba fascinante la capacidad de Apple para crear productos con una conexión emocional con sus usuarios. Sentarse en la mesa de decisiones de Cupertino, con acceso a información privilegiada sobre los proyectos de la compañía, representaba un sueño hecho realidad para cualquier CEO de Silicon Valley.
Sin barreras ni secretos, Schmidt conoció a fondo los planes y las interioridades del futuro iPhone desde sus primeros días de concepto.
Qué fue lo que generó la amenaza de “guerra termonuclear” entre Apple y Google
La relación comenzó a resquebrajarse de manera irreversible poco después del lanzamiento del iPhone, en enero de 2007. En esa histórica presentación en el Moscone Center, Steve Jobs revolucionó el sector móvil.

Eric Schmidt aplaudía, desde la primera fila, como un miembro de pleno derecho en el proceso de gestación del dispositivo, ajeno aún al impacto que provocaría su propia compañía unos meses después.
El punto de inflexión llegó en octubre de 2008, cuando Google lanzó Android, su sistema operativo móvil de código abierto. Jobs y gran parte del equipo de Apple percibieron inmediatamente las similitudes entre Android y iOS: interfaz táctil basada en gestos, tienda de aplicaciones y otras prestaciones fundamentales.
Para Steve Jobs, aquello no era una simple inspiración, sino “un robo descarado” de ideas. Aquí comenzó el verdadero conflicto de intereses: Schmidt se vio obligado a ausentarse de las reuniones en las que se discutían detalles del iPhone, ya que Google avanzaba en un terreno que colisionaba directamente con la esencia de Apple.
La tensión creció hasta volverse insostenible. El 3 de agosto de 2009, Apple comunicó públicamente la salida de Eric Schmidt de su junta directiva, señalando que “a medida que Google entre en más de los negocios principales de Apple, la efectividad de Eric disminuirá significativamente debido a posibles conflictos de intereses”. Así terminaban casi tres años de confidencias, estrategias compartidas y aparente armonía en la cúspide de la industria tecnológica.

El alejamiento de Schmidt no mitigó la decepción de Steve Jobs. Tras su salida, el fundador de Apple protagonizó uno de los episodios más intensos de su carrera empresarial.
Según relatos de empleados y biógrafos, la reacción de Jobs fue de indignación absoluta. Consideró que Android había infringido la línea de la competencia leal. “Voy a destruir Android. Es un producto robado. Estoy dispuesto a iniciar una guerra termonuclear contra Google”, aseguró internamente el líder de Apple, evocando su amarga experiencia previa con Microsoft en los años 80.
No era una amenaza vacía: la compañía demandas judiciales contra fabricantes que utilizaban el sistema operativo Android, especialmente en lo relativo a patentes y a la protección de la propiedad intelectual de iOS.
La “guerra termonuclear” tomó forma en una cruzada legal de alcance mundial. El objetivo de Jobs era doble: frenar el avance de Android y dejar claro que ninguna empresa se atrevería a utilizar, sin autorización, las ideas y diseños surgidos en Apple.
A la par, Jobs rechazó cualquier propuesta de reconciliación directa de Schmidt, quien intentó limar asperezas a través de acuerdos extrajudiciales. La respuesta, siempre la misma: Google debía abandonar el uso de las ideas que Jobs consideraba propias de Apple.
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