La comunicación, un cruce de audios de WhatsApp, es parte del expediente que investiga a La Razón de Vivir y data del 6 de septiembre de 2021, un año antes de la ola de redadas en su contra.
Quien habla es un hombre clave de la organización, ubicado cerca de la cima de la pirámide de mando. La Razón de Vivir, la supuesta comunidad terapéutica basada en Florencio Varela que empleaba a Marcelo “Teto” Medina como reclutador y herramienta de marketing, acusada de convertir en siervos a los adictos que debía asistir, de mentirles y manipularlos para quitarle su dinero, iba por más en ese entonces. En ese entonces, Néstor Zelaya, el líder máximo -hoy preso, tal como Medina- buscaba montar un geriátrico, una nueva idea para facturar más todavía. La sospecha del fiscal Ichazo, tras una investigación de la División Delitos Complejos de la Policía Bonaerense, es que el grupo incluso canalizaba el dinero en la supuesta compra de propiedades. La Razón de Vivir no tuvo ni siquiera un CUIT a su nombre.
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La causa que investiga a la organización, a cargo del fiscal Daniel Ichazo, declararon al menos diez víctimas. Se sospecha que hubo, al menos, 190 más. También se identificaron dos figuras clave para el curro, dos administradores, Rosana E. y Rubén D., encargados de cobrar los abonos mensuales de las familias bajo ordenes de la sede de Florencio Varela. El dinero luego era desviado “al acopio de la asociación ilícita”, dice la imputación del caso a la que accedió Infobae. Rosana E., beneficiaria de planes sociales, es vecina de Quilmes, tiene 50 años. Hasta 2021, según sus registros, trabajó para una firma tercerizadora de limpieza de edificios.
El hombre en el WhatsApp tenía algo parecido a una conciencia. Allí, entre mensajes, habló de la idea del geriátrico, en un monólogo acelerado, donde la palabra clave es evidente. “Es otro curro más, porque eso es curro, como yo sé, yo estuve ahí, y lo veía currar. Curro, amigo, todo curro, no sale nada bueno de ese muchacho, todo curro en red y toda la plata va a la red de él, así se maneja”, aseveró. Ese “muchacho” que mencionó es Zelaya, el líder total.
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Los adictos que debían ser tratados luego vivían en ranchos, en condiciones infrahumanas, castigados en corrales similares a chiqueros porcinos. Se les cobraba de acuerdo a su caray su perfil. Testimonios indican que hubo pagos desde 30 mil hasta 60 mil pesos mensuales por cabeza. Los pacientes rebeldes que desafiaban a la autoridad del grupo podían ser sometidos a cualquier tipo de truco.
Tatiana Lanza y Mariano Torchia, una oficial de la Policía Bonaerense, el otro, ex PFA, exonerado años atrás, hacían las veces de sargentos. Según las imputaciones en su contra, solían mentirle a los adictos, varios de ellos con causas penales en su contra, haciéndose pasar por funcionarios judiciales. Si se sometían a la organización, les decían, serían beneficiados en Tribunales.
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Uno en particular, que vive con VIH, tenía conocimiento de albañilería. Zelaya, según el testimonio de ese paciente, le ordenó a construir cuatro habitaciones con revoque y aberturas, un quincho en la sede de Bialet Massé en la provincia de Córdoba, sin pagarle un peso A la familia le enviaban fotos de WhatsApp de su hijo con fratacho y cemento, en jornadas agotadoras, para mostrarles que trabajaba, que no se drogaba más, un sometimiento literal por videollamada. Sin embargo, al paciente no le permitían contactar a su familia. Lo explotaban en una literal videollamada. Su familia abonaba a La Razón de Vivir cerca de 30 mil pesos por mes.

Hay un testimonio de un paciente en particular que relata la codicia del grupo. Corresponde a un joven santafesino que llegó a La Razón de Vivir a través de su perfil de Instagram principal, donde Medina era una presencia constante, con un programa semanal en Facebook live. Allí, el ex VideoMatch era anunciado como “parte del equipo interdisciplinario de nuestra institución y encargado de las Reuniones de Grupo motivacionales y proyecto de vida de nuestros chicos”.
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El aparato de imagen pública seguía. Había stories de famosos fácilmente reconocibles, futbolistas, estrellas de cine, que felicitaban a la organización por su trayectoria. Una figura, de las mayores de la Argentina, envió un cálido saludo por el sexto aniversario del grupo. Todo lo que se mostraba era felicidad, asados con achuras, grupos unidos, incluso una supuesta reunión con funcionarios de gobierno, todo para un grupo sin registro en la SEDRONAR, sin siquiera un CUIT en la AFIP. Se posteaban diplomas, anunciados como logros. “Rehabilitado”, les firmaba el director Zelaya, el mismo que fue intervenido por la Justicia con su línea telefónica en caliente mientras decía: “El Teto Medina trabaja para mí”.
Entonces, el santafesino ingresó por 45 mil pesos mensuales. El hombre que hablaba del “curro” en el audio relatado a comienzos de esta nota fue su enlace. Su cuota luego subió a 60 mil.
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Al santafesino lo obligaron a cortar leña, a limpiar baños, cocinas. Trabajaba de 7 a 20 horas, sin parar, excepto para comer fideos, arroz o polenta. Las piezas donde dormían eran compartidas por hasta 15 personas, algunas en el piso, otras en cuchetas. Se quiso ir varias veces, dijo, no pudo. “Me retenían el DNI y las tarjetas de crédito”, afirmó ante la Justicia. “Era imposible. Nos corrían y nos golpeaban”, siguió. Allí, relató la escala de valores, contó que había diferentes montos a pagar de acuerdo al interno. El paciente también describió otro punto particular en la vida de los hogares de La Razón de Vivir: lo llamó, un “kiosko”.
Allí, los internos depositaban su dinero, entregándoselo a Zelaya, o a varios de los coordinadores. “Créditos” fue el término. Cómo funcionaba ese kiosko es todavía un misterio.
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“El Teto” llegaba una vez por semana al establecimiento para dar una charla.
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