
Tras pasar cinco meses en el complejo penitenciario femenino Agua de las Avispas (un módulo para presas primerizas y no conflictivas, ubicado en la precordillera mendocina), el 5 de octubre de 2017 la monja japonesa Kumiko Kosaka (46) abandonó su celda. Sin embargo, no recuperó la libertad, porque Kosaka sigue detenida hasta el día de hoy, aunque con prisión domiciliaria en un convento.
Este lunes por la mañana, con la autorización judicial correspondiente para trasladarse, la religiosa pudo conectarse a la audiencia penal de forma remota desde el estudio de uno de sus abogados.
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Kosaka, nacida en la provincia japonesa de Okasaki-Shi, llegó a la Argentina en 1977. Es la única de las 9 imputadas que comenzaron a ser juzgadas este lunes por la mañana en los Tribunales mendocinos por los abusos a 36 niños y niñas sordos y sordas en el instituto religioso Antonio Próvolo, que está presa. Tiene 7 imputaciones, entre las que se destacan una como autora de abuso sexual agravado, y otras como partícipe de otros ataques sexuales, así como también por situaciones de corrupción de menores.
Completan la nomina de imputadas la monja Asunción Martínez (53), la representante legal Graciela Pascual (65), las exdirectoras Gladys Pinacca (66), Valeska Quintana (48), Cristina Leguiza (50) y Laura Gaetán (60), la psicóloga Cecilia Raffo (43) y la cocinera Noemí Paz (63) acusadas como partícipes necesarias y/o secundarias por omisión.
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El caso Próvolo inició su proceso judicial en noviembre de 2016 y rápidamente escaló a una megacausa, con más de 20 denuncias por hechos de violencia física, psicológica y sexual por parte de sacerdotes, monjas y personal administrativo del Instituto, perpetuados de manera sistemática contra niñas, niños y adolescentes sordos o hipoacúsicos que asistieron al establecimiento entre 2005 y 2016.
En un convento, pero con tobillera
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Sus días en prisión domiciliaria transcurren con mucha tranquilidad en un convento religioso (cuya ubicación no ha trascendido), sobre todo si se compara con aquellas noches en Agua de las Avispas cuando las otras internas del complejo le gritaban, en tono de violenta burla por su acento,“¡Alepiéntete demonio!”.
Kosaka lleva consigo una tobillera electrónica en todo momento, lo que permite que el seguimiento sea permanente. Hasta hace unos meses, este dispositivo estaba vinculado a un equipo E4, y tenía un receptor (comparable con un fax) que también se encontraba dentro del convento. “Cuando se alejaba a unos 20 o 30 metros, emitía una alerta de error dejando en claro que no estaba en el lugar. Pero hace un tiempo, a raíz de que tenía que ir periódicamente al médico, se cambió la tecnología por un equipo GPS con dispositivo geo referencial. Este funciona como un teléfono celular, y todo el tiempo está marcando y emitiendo alertas sobre donde se encuentra la persona. Generalmente estos equipos se usan en personas con salidas transitorias”, destacaron desde el Servicio Penitenciario de Mendoza.
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Uno de los requisitos excluyentes para que se autorice la prisión domiciliaria es que, además de garantizar un seguimiento diario y constante, esto no implique un riesgo procesal (de fuga, por ejemplo). Por ello mismo es que debe proponerse un cuidador como figura complementaria al seguimiento penitenciario. En el caso de Kosaka, es otra monja del mismo convento quien fue propuesta para acompañar a la imputada.
Desde que fue detenida –a principios de mayo del 2017, luego de que las denuncias de algunas víctimas la señalaran como autora y partícipe de abusos específicos-, Kosaka ha optado por un perfil bajo, al igual que su abogado Carlos Varela Álvarez. Solamente en una ocasión la mujer rompió el silencio por medio de una entrevista -por videoconferencia- que brindó desde el convento, y frente a unos pocos periodistas elegidos por su abogado para que formulen preguntas. Fue en junio de 2019 y, mientras que la religiosa estaba en el domicilio aportado a la Justicia para cumplir con la prisión domiciliaria, los periodistas permanecieron en el estudio de Varela Álvarez. Allí la monja se defendió de las acusaciones.
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Este es el segundo juicio sobre los aberrantes abusos a niños hipoacúsicos en el Instituto Próvolo de Mendoza. Durante el primer proceso, a finde de noviembre de 2019, el sacerdote Horacio Corbacho fue condenado a 45 años de prisión, el cura italiano Nicola Corradi (83) recibió una pena de 42 años y el exempleado Armando Gómez, a 18 años de prisión.
En este nuevo juicio se unifican tres causas y son nueve las personas imputadas en delitos que van desde el abuso sexual agravado y corrupción de menores a la participación por omisión.
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El dolor de las víctimas
E.V. es sordo, tiene 20 años y su madre lo llevó al Próvolo mendocino por primera vez cuando apenas tenía 10 meses. Lo hizo para trabajar en la estimulación temprana. Como muchos de los padres que llevaron a sus hijos al instituto, los de E.V. lo hicieron con la tranquilidad que –al menos discursivamente- transmitían las autoridades del lugar cuando iban a visitar a las familias para ofrecerles la propuesta que brindaba el instituto: educación integral, talleres de oficios y contención.
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”Yo lo llevé pensando que iban a prepararlo para ser alguien en la vida, porque era muy atractiva la propuesta. Pero fueron 17 años de terror, de angustia. Y fue duro enterarse de la noche a la mañana lo que estaba viviendo allí adentro. No solamente que no aprendió nada, sino que le arruinaron la vida”, resume a Infobae Natalia, la mamá del joven.
Aunque E.V. hubiese preferido participar de una vigilia similar a la que organizaron los sobrevivientes de los abusos y sus familias para el inicio del primer juicio (en agosto de 2019), las restricciones por la pandemia de coronavirus llevaron a que el comienzo de este segundo juicio no contara con actividades de este tipo. De hecho, ni siquiera estuvo todo el tribunal presente en la Sala 4 del Fuero Penal Colegiado mendocino y las 9 imputadas (con Kosaka incluida) participaron de la audiencia de forma remota.
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Este joven de 20 años hizo la denuncia que valió la única imputación por abuso sexual grave que tiene la monja Kosaka. Identificada en el expediente como la causa P-78.790/18, E.V. acusó a la monja japonesa de haberlo masturbado mientras se encontraba en el instituto.
”El domingo por la noche estuve con él en casa, me vino a ver. Y me contó que iba a seguir el inicio del juicio por la televisión y lo que saliera en los noticieros. Mi hijo estaba medio raro ayer, son momentos de angustia y cansancio. Y uno quiere terminar con todo esto”, acota la mujer, quien no ha bajado los brazos desde que supo el horror que su hijo había vivido dentro del instituto.
Ahora que comenzó el juicio, esta madre siente que es momento de seguir dando pelea, más allá de que algunos problemas de su salud asoman como un obstáculo. ”Parece que no termina más esta pesadilla y llega un momento en que lo único que quiere uno es que termine. Mi hijo anda un poco rebelde ahora, no hace mucho caso... esto es muy difícil y estamos tratando de ayudarlo y de salir”, revela con angustia.
Una vez que el segundo juicio llegue a su fin, Natalia y su hijo tienen en claro su destino: España. “Todo esto cansa, queremos cerrar esta dramática etapa para que él empiece una nueva vida. Esto no se olvida nunca más, pero nos queremos ir a España con mi hermana. Apenas termine todo esto voy a sacar los pasaportes y empezar nueva vida. Dios va a querer que sea así, que él empiece de nuevo y pueda tener una vida mejor”, piensa Natalia, en voz alta.

Ariel es el papá de D.L., la denunciante clave de la causa. Fue su primera denuncia, a fines de noviembre de 2016, la que permitió destapar los horrores del Próvolo mendocino. En sus declaraciones, la joven –quien hoy logró rehacer su vida con su pareja y su pequeña hija- denunció haber visto como la monja Kosaka le ponía pañales a otra alumna mientras estaba en el baño para ocultar las lesiones que le había producido el cura Corbacho al violarla.
D.L. es la misma joven que acusó a la monja japonesa de haberla enviado al interior de la habitación de este sacerdote (en los albergues del Próvolo) para entregarle pan que acaban de hornear en el taller. Y en esa ocasión, Corbacho también la agredió sexualmente.
”Vivimos con muchas expectativas este segundo juicio. Estamos tranquilos, porque es nuestro momento y lo que estamos esperando desde el primer día. Poder llevar a estas encubridoras al banquillo es un logro muy grande, resultado de la lucha que hemos mantenido en el tiempo. Por algo hemos podido encarcelar a los pedófilos, y sabemos que detrás de ellos hay cómplices. Kosaka entregaba los niños a los curas, y ocultaba las violaciones con pañales”, resume Ariel.
”Anoche, en la previa del inicio del juicio, estuvimos todos juntos en casa. Nos sentimos tranquilos y aliviados de que empiece el proceso, es lo que esperábamos. Este es el primer paso, Vamos por la verdad: ellos violaron a los niños y a mi hija. Y las encubridoras tienen que pagar”, concluye.
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