
Paró en la estación de servicio a cargar nafta y le preguntó a la mujer si quería algo del kiosco. Eran las 23:15 y en la noche cerrada, Marcelo el Coto Medrano no tenía idea de que otro auto lo venía siguiendo. Se enteraría minutos después cuando con un paquete de pastillas de mentol en la mano salía del mini shop para subirse de nuevo a una Ecosport blanca. No logró hacerlo: una balacera feroz fue disparada sobre su cuerpo y cuando cayó, los sicarios lo remataron con dos tiros más. Fueron 10 en total. Todo ante los ojos de su esposa y su pequeño hijo.
A los 48 años, la leyenda de Coto, capo narco de la zona norte de Rosario y fugaz jefe de la barra brava de Newell’s, donde tuvo peso entre 2015 y 2017, terminaba como suelen terminar todos en el mundo del crimen organizado de Rosario.
Si bien la fiscalía ya pidió las cámaras del lugar y su esposa podría reconocer al menos a uno de los dos atacantes, la vida de Coto valía nada desde que decidió regresar de Entre Ríos unos meses atrás, donde se había refugiado tras recibir varios avisos de que había sicarios detrás suyo.
Es que el clan familiar que lideraba está en guerra con otros bandos por la venta de drogas en toda la zona norte de la ciudad, con base en el coqueto barrio de La Florida, además de Baigorria y el departamento San Lorenzo. Y en esa pelea hay pesos pesados: la banda de Esteban Alvarado, la de Ema Pimpi Sandoval y la de una nueva jugadora llamada Tania que habría logrado el apoyo del grupo Los Monos para desatar la guerra y quedarse con el control del área.
En este 2020 vinculado al negocio de la droga en la zona norte de la ciudad santafesina, se produjeron 5 asesinatos y cayeron detenidos algunos capos, como en 2019 el propio Alvarado quién según declaró un arrepentido en sede judicial en marzo, había mandado a matar a 40 rivales durante la pandemia para que no le saquen su negocio.
Coto se había refugiado en Victoria, Entre Ríos, esperando que pasara lo peor y creyó que ahora era el momento adecuado de volver a pisar fuerte. Sus rivales no lo entendieron así y lo acribillaron.
En los Tribunales rosarinos es la primera vez que su nombre aparece como víctima. Hasta ahora siempre era victimario. Sus antecedentes marcan una primera causa en 2006, acusado de meterle un escopetazo a un vecino en una pelea por un bunker. Por entonces, Coto también paraba en la barra de Newell’s pero en un lugar relegado porque quién lideraba era el mítico Roberto Pimpi Caminos, amo y señor del Parque Independencia.
Dos años más tarde cayó preso en una redada que incluyó el decomiso de 30 kilos de droga frente al estadio de Rosario Central. Era la época en que Coto empezaba a hacer negocios grandes en La Florida y Barrio Alberdi pero aquella caída le costó bastante: en 2010 fue condenado a seis años de prisión. Cumplió algo más de la mitad y al salir volvió por lo suyo: armó el clan familiar con su hijo y uno de sus hermanos y comenzó otra vez a recuperar terreno perdido en la zona norte.

Para eso entendió que era necesario tener presencia en la barra de Newell’s que estaba bastante atomizada tras la caída en prisión de Diego el Panadero Ochoa, quién había reemplazado a Caminos tras su asesinato. Así se alió a dos barras de la zona Oeste también acusados de gerenciar presuntamente sustancias ilegales, Leonardo el Gordo Fernández y Norberto Al Pacino Grillar, e intentaron coronar en el paravalanchas leproso. Fue un año atroz para la tribuna de Newell’s que terminó con 3 crímenes y 2 balaceras sobre la institución que determinó la salida de varios dirigentes.
Esa ostentanción de violencia lo hizo sentirse dueño de la situación y actuar impunemente en la zona norte, mientras que la Justicia le ponía derecho de admisión para ingresar a los estadios. Pero lo que había construído a sangre y fuego volvió a escurrírsele a fines de 2017, cuando fue imputado por liderar una banda de entraderas, narcotráfico y tentativa de homicidio. Zafó de todos esos cargos y se llevó una condena menor de dos años de prisión por portación, tenencia ilegítima y abuso de arma de fuego más amenazas coactivas y encubrimiento.
Al salir otra vez rearmó el grupo pero entendió que la guerra por el negocio se estaba cobrando varias vidas y que la próxima sería la suya. Así, decidió refugiarse en Entre Ríos a la espera que todo pase. En plena cuarentena creyó que ésta era la ocasión de volver a su terruño y recomenzar el negocio. Sus rivales obtuvieron el dato y lo asesinaron como se asesina en Rosario: sin piedad y rematándolo en el piso, ante los ojos de su esposa y su bebé con dos certeros disparos.
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