
El 31 de enero pasado en la sucursal de Isidro Casanova del Banco Nación, el cajero Germán Chávez se abalanzó sobre Norberto “Luter” Salinas, el jefe de la banda. “Luter” se agachó porque se la habían caído un puñado de billetes. Chávez, jugador de eSports, bajista de una banda de heavy metal, intentaba impedir el robo.
Alberto Manuel Freijo alias “Aceite”, uno de los seis cómplices, vio la secuencia a centímetros de distancia. “Aceite”, un criminal de carrera con años de prontuario, uno de los 12 que se fugó del penal de Ezeiza en agosto de 2013 junto a otros ladrones de bancos y asesinos de policías, apuntó y apretó el gatillo, pero la bala no salió. La pistola tenía puesto el pestillo de seguridad. Incrédulo por la falla, la solucionó y disparó.
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La primera bala fue directo a la rodilla de “Luter”. La segunda fue en dirección a Chávez, que cayó en el acto, muerto de un tiro en el abdomen. Mientras, Salinas se arrastraba por el piso para huir como un pecador arrepentido.
"Aceite”, apurado vaciaba las cajas y colocaba los fajos de dinero en una bolsa de basura. Levantó a “Luter” y lo llevó hasta la puerta del banco. Lo esperaban otros dos miembros de la banda que cuidaban que nadie ingrese con ametralladoras y la clientela tirada en el piso. Los miembros de la banda con la cara cubierta con máscaras y pasamontañas, a los tropezones, cargaron en andas a “Luter” y salieron por la puerta como pudieron.
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“Aceite” y “Luter” se llevaron apenas 190 mil pesos del banco. No les alcanzaría ni siquiera para un auto usado modelo 2010.
A los dos días del hecho, un llamado anónimo alertó a los investigadores. La voz del otro lado del teléfono indicaba donde estaba escondido “Luter". El hombre había sido depositado malherido en la casa de sus tíos donde se encontraba Solange Estefanía Díaz, prima de Salinas y agente de la Policía de la Ciudad.
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Tras aquel dato, los detectives, a cargo del juez Néstor Barral del Juzgado Federal N°3 de Morón, comenzaron a seguirle el rastro. “Luter” había sido trasladado a la casa de su madre en el barrio Villegas, en La Matanza. Inmediatamente, los agentes de la DDI de la jurisdicción se dirigieron al lugar y allí estaba Salinas acostado en una cama con heridas vendadas en su cabeza y pierna. El 2 de febrero, “Luter” fue detenido, otro vez. También arrestaron a Díaz por encubrimiento de la situación, dada su labor policial.
Terminó esposado a una cama del Hospital Paroissien, en La Matanza. Pocos días atrás le dieron el alta por la herida en la rodilla. Le colocaron una prótesis y estaba todo listo para que ingrese a prisión. Pero, la situación de disturbios y motines en las cárceles a partir del coronavirus mantiene en vilo a todos los funcionarios debido a la cantidad de pedidos de excarcelaciones.
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Este fue el caso de la defensa oficial de Salinas, que aprovechando el contexto y la herida, le pidió al juez Barral que le otorgue prisión domiciliaria. En las últimas horas, la solicitud fue rechazada por Barral: el magistrado consideró que “Luter” no es parte de un grupo de riesgo por edad o estado de salud ante el ingreso del virus a los penales. Sumado a la pila de antecedentes que carga, por ejemplo, una pena única a 19 años de prisión, dictada el 2 de diciembre de 2001, señala el juez en su resolución.
A Salinas lo aguarda un calabozo en el penal de Ezeiza. Aunque no sería la primera vez.
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Salinas, de 48 años, es un viejo conocido para la Justicia. Cuenta con un frondoso currículum delictivo. Aunque en un principio los investigadores no bien lo detuvieron, no encontraban sus rastros en los registros de antecedentes. Les llamaba la atención que sólo aparezca un caso que databa de 1992. Tenían la certeza de que “Luter” guardaba una historia negra en el mundo del hampa, era un ladrón conocido.
Una vez detenido, enviaron al Servicio Penitenciario Federal (SPF) las registros para corroborar estos antecedentes. La respuesta los sorprendió. Con aquellas mismas huellas dactilares saltaba en el sistema otro nombre: “Alberto Carlos Cruz”. Los investigadores con los dos registros en la mano notaron que la foto de Cruz y Salinas eran la misma persona.
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Unificaron los antecedentes. La primer causa que aparece en el sistema de Salinas es un pedido de captura por homicidio en ocasión de robo en 1992. Luego, los rastros de Salinas se pierden. Pero los de Cruz se apilan. Un año después, en 1993, aparece el primer robo cometido por Cruz, donde terminó detenido acusado por homicidio y tenencia de arma de guerra. Desde esa fecha pasó su días entre la encierro y la libertad. Carga con pedidos de captura, causas por robo, homicidios, tenencia de arma de guerra, penas de entre 3 y 19 años de prisión: una vida dedicada al delito.

Los investigadores comenzaron a preguntarse: ¿quién era Cruz entonces?
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Según fuentes del caso, Alberto Carlos Cruz era el primo de Salinas. Cruz a principio de la década del 90 había sido encontrado ahogado en una tosca. Salinas, tras su muerte, comenzó a usar su identidad para eludir a la Justicia del primer pedido de captura que cargaba por un homicidio. Nunca se supo quién asesinó a Cruz.
Pero al parecer mientras fueron pasando los años, la urgencia del momento le fue ganando y sus planes cada vez fueron menos rebuscados y más imprudentes, como el robo al Banco Nación. Según la investigación judicial, Salinas decidió ir a robarlo la noche previa. “Luter” ideó el plan en la puerta de casa mientras charlaba con otro de los que participó. Así se trazó cómo se iba a llevar a cabo y a las 9.20 del 31 de enero pasado, el grupo dio el primer pasó que concluyó con la vida de Chávez.
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“Aceite”, el tirador, sigue prófugo, con una circular roja de Interpol sobre su cabeza.
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