
En la madrugada de hoy, un equipo de Gendarmería Nacional se apostó en la plaza de la calle 92 del barrio Castañares la capital de Salta, bajo las ordenes del fiscal federal Eduardo Villalba y la UFESE, el ala de la Procuración dedicada a resolver secuestros extorsivos bajo el fiscal Santiago Marquevich. Es algo muy poco común en Salta, una provincia que, estadísticamente, casi no los tuvo y casi no los tiene. Pero ahí estaban. Lo que había era, básicamente, un secuestro extorsivo. La víctima, insólitamente, estaba libre, lo habían soltado horas antes, pero los secuestradores le robaron el teléfono y pidieron igual, bastante poco, unos 12 mil pesos que le exigieron a la madre de la víctima.
La plata fue entregada, en un falso pago, lo suficiente para que una imputación federal resista: dos jóvenes que esperaban el cobro quedaron detenidos. Un tercero huyó. Se esperan más allanamientos por el caso en el transcurso de esta tarde.
Queda el trasfondo, fuera del guión de cualquier secuestro extorsivo usual, una mezcla de violencia dealer y comedia de enredos en medio de la cuarentena por la pandemia.
J., la víctima, se había reunido con otros cinco amigos, todos de 19, 20 años: conocieron mediante un grupo de Telegram a dos chicas y a un joven del barrio Castañares, en la periferia de la ciudad. Organizaron una compra clandestina, J. sería el vínculo para conseguir un kilo de marihuana. Así, contactaron a un traficante el miércoles 15, que organizó el encuentro. Se verían cerca del centro de la ciudad, a pocos metros del Registro Civil.
Así, hicieron el cambio: plata por hierba. Cuando llegaron a una casa particular, abrieron la cinta: era pasto viejo, seco y apisonado. Los habían engañado. J. tenía la culpa. Poco después intentaron vengarse: lo secuestraron.

Lo subieron a un auto y le dijeron de “ir a pasear". Pocos minutos después, entre la tensión evidente, las dos chicas y el joven comenzaron a amenazarlo, tomaron su teléfono, llamaron vía WhatsApp a su madre, le exigieron plata mientras J. lloraba. Lo subieron al baúl. En un momento, J. sintió el sonido del martillo de un arma.
Al final, los secuestradores no eran tan duros: lo soltaron a metros de una sandwichería, se asustaron al ver un patrullero pasar. En la sandwichería, poco después de ser liberado en plena noche, J. pidió ayuda y contactó a su madre.
Sin embargo, se quedaron con su teléfono. Lo usaron para llamar otra vez a la madre de su víctima e intentar llevarse algo de dinero. Para los investigadores de la causa, el elemento narco es obvio más allá de los enredos: el grupo del barrio Castañares había participado en la colecta no para consumo personal, sino para una reventa.
Luego de las detenciones, la madre de J. fue amenazada.
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