Se llama Enrique Piana y tiene 64 años. Su nombre quedó en las páginas de los diarios de los años '90 como jefe de una asociación ilícita que estafó al Estado por sumas millonarias en el caso conocido como "la mafia del oro". Estuvo preso en Estados Unidos y en la Argentina. Se convirtió en un "arrepentido" cuando la Justicia de Comodoro Py no sabía ni qué era eso. Aunque en Estados Unidos le dieron la pena mínima, en Buenos Aires lo sentenciaron dos veces. Paso más tiempo detenido del que, según su condena, le correspondía. Se quedó sin un peso, se fue del país y cambió su vida: hoy, pinta, escribe poemas místicos y se prepara en Tailandia para filmar una película de niños sobre los adultos que aman el dinero.

La vida de Piana es digna de su propia película. Y su historia vuelve a la luz con el caso de los cuadernos de la corrupción, donde una veintena de empresarios y ex funcionarios se convirtieron en imputados-colaboradores para obtener algún beneficio después de reconocer su responsabilidad en hechos relatados por un chofer.

Hay una curiosidad que los que caminan los pasillos de tribunales no pueden dejar de advertir: el representante legal de Piana es Mariano Silvestroni, hoy abogado de uno de los ex funcionarios presos que critica el uso que hizo en este caso de la ley del arrepentido. Y el defensor de uno de los empresarios que se convirtió en imputado-colaborador es Pablo Lanusse, quien fuera el fiscal que investigó aquella mafia en los 90 y a cuya hermana atacaron salvajemente tajeándole en la frente la palabra "ORO".

Cómo se arma una mafia

Dueño de una conocida empresa fabricante de monedas y medallas que históricamente proveyó condecoraciones de oro a distintos gobiernos, Piana ideó en los años 90 una estructura con la complicidad de empresarios y ex funcionarios para hacer una estafa millonaria. Exportaba oro a Estados Unidos -cuando en Argentina ese metal todavía no se extraía-, aprovechando los beneficios impositivos. En Estados Unidos lo refinaban, lo mandaban a Suiza, lo convertían en lingotes y lo devolvían al país, en un negocio que le permitía quedarse con el reintegro de impuestos.

"Decían que el oro no existía, pero existió. El negocio era otro. Armamos un grupo que fue una mafia, sin la menor duda. Éramos todos ladrones de muy alto nivel social y de buena formación y capacitación. Había americanos, un banco, políticos argentinos que recibían dinero, gente de Aduana… Era una macroorganización para lograr dinero de la manera más rápida posible y pisando cabezas sin tener límite", recuerda hoy frente a Infobae, hablando vía Skype, desde una choza en el medio de la selva tailandesa. "Éramos realmente gente muy jodida, pero por suerte un día me metieron preso y eso fue la clave de mi éxito", dice mostrando una gran sonrisa, enfundada en bigotes a lo Dalí.

En abril de 1997, su voracidad por conseguir dinero lo hizo viajar a Estados Unidos pese a que sus abogados le habían recomendado que era peligroso. Fue a ganar un juicio de un millón de dólares a una compañía aérea por unos lingotes de oro robados en un vuelo. Tras negociar esa demanda, buscó pasar unos días de descanso en una de las zonas más ricas de Miami. Pero la CIA, que ya lo estaba siguiendo, lo arrestó. La Justicia de New Jersey estaba al tanto de sus negocios y sospechaba que lavaban dinero del narcotráfico de Colombia. El fiscal que lo investigaba, Noel Hillman, quería ascender y no pensaba dejar escapar a Piana.

De inmediato, Piana fue a la cárcel. "Me llevó unos días darme cuenta de que estaba en un infierno. Pasé por siete cárceles y una especialmente dura. El día anterior al que llegué se había suicidado un interno, había constantes violaciones, se mezclaban todos con todos. La mayoría afroamericana dominaba sobre la población latina y te mataban". El argentino sobrevivió porque, por su aspecto y su apellido, pensaban que era italiano, pero sabía que no estaba a salvo.

"Me empecé a asustar. Venía de una familia de clase media, papá ingeniero, mamá con un título de Bellas Artes. Era la oveja negra de la familia, pero no estaba preparado para eso. Me agarró un miedo terrible. No podía ver a mis hijos, ni hablar con nadie, había perdido el dinero… Un día hablo con mi abogado, un portorriqueño que había sido fiscal, y me aconsejó: 'Ningún socio tuyo de Estados Unidos te está ayudando, pero puede hablar un contador que cayó en Miami. ¿Por qué no decís la verdad?' Y dije: 'bueno, dale'".

El camino a ser arrepentido

Gran parte de esa historia la cuenta el propio Piana en un libro que escribió junto al periodista Sergio Ciancaglini llamado Confesiones de oro. "Al principio, no fue un arrepentimiento espiritual o humano. Yo quería salir de la cárcel –dice a Infobae-. Mi abogado organizó una reunión con el fiscal. Yo hubiera querido ir solo, pero el fiscal no me lo autorizó. 'Usted no puede estar solo con nosotros', me dijo". ¿Por qué quería ir solo? Porque le tenía que pagar 270 dólares la hora al defensor, recuerda hoy mordiéndose los labios.

Pero arrepentirse no era cosa de apretar un simple botón. En la cárcel aparecieron "el fiscal, un ayudante, el que me había arrestado de inteligencia aduanera, un oficial que iba armado como si fuera de la AFIP de allá, un especialista en comercio exterior y otros funcionarios". Le advirtieron que lo esperaban 20 años de cárcel y que si quería arrepentirse, tenía que revelar dónde estaba el dinero, quiénes habían participado de las maniobras, cómo funcionaba el sistema. "Tiene que decir todo", le advirtió. "Ya lo estuve pensando: si quiere la verdad, le voy a demostrar que lo que voy a decir es la verdad. Y ahí nos dimos la mano", le respondió Piana.

Pero en ese momento recibió una mala noticia: mientras sus cómplices estaban en libertad, el fiscal Hillman le anunció que por el pedido de extradición de Argentina en su contra no lo podía dejar ir. "'Estoy haciendo una carrera judicial y si usted se me escapa, es una mancha para mí. Yo lo voy a tener en la cárcel, no como un sistema de apriete sino como una cuestión legal'", le hizo saber. La defensa peleó la excarcelación y el juez le dio la libertad, a cambio de una fianza de un millón de dólares. "Pero tenía que ser dinero que no tuviera que ver con la mafia de oro, así no hubo posibilidad de hacer nada y estuve nueve meses preso", relata.

Durante esos meses, el fiscal lo visitó junto a su equipo una vez por semana. Piana mostraba papeles, libros contables que le pedía a su empresa en Buenos Aires, daba nombre de involucrados y detalles de sus cuentas en Suiza. Incluso, relataba las reuniones que la banda organizaba en el Ritz de París para coordinar sus planes. "Contándolo, me empecé a dar cuenta que realmente me había metido en una locura. Ahí me empecé a arrepentir, a sentir cierta vergüenza de todo lo que había hecho, del daño que había causado a mis seres queridos".

Cuando Infobae le preguntó cuánto dinero se había robado, Piana no podía mensurarlo. "Creo que habré robado unos 7 millones de dólares. Así como rápido entraron, rápido se fueron. Me quedé sin nada". Lo que no se llevó la justicia americana, se lo quedaron los testaferros. Pero la mafia del oro implicó mucho más. "Contando el IVA, se habrá robado entre 200 y 300 millones de dólares. No puedo medirlo porque la gente que daba coimas sobrefacturaba las obras y hay un circuito sobre cómo hacer paran evitar pagar impuesto a las ganancias cuando se factura de más".

A los nueve meses de intercambio, el fiscal americano entendió que las pruebas lo convencían. Mientras su proceso avanzaba ante el gran jurado, le dieron la prisión domiciliaria. Como no tenía plata, comía arroz y cuscús que era lo más barato. Sus cómplices en Estados Unidos se declararon culpables y no pasaron ni un día preso. Y cuando se demostró que el dinero no estaba vinculado al narcotráfico y que el único daño había sido para las arcas argentinas, el fiscal Hillman le pidió al tribunal de New Jersey que aplicara la pena mínima para Piana. Lo hizo presentado una carta en donde sostuvo: "Fue un colaborador modelo, un verdadero caballero".

Arrepentirse en Argentina

Con su libro bajo el brazo y la carta del fiscal americano, Piana llegó deportado a la Argentina y permaneció preso a la espera del debate oral. "Yo ya había dicho la verdad. No tenía ningún sentido negar nada", señala. Su experiencia aquí, dice, no tuvo nada que ver con lo que había sucedido en Estados Unidos. "En Argentina no sabían dónde ponerme. Yo era medio kamikaze. Me mostraba como arrepentido sin obtener ningún beneficio.  Marcaba a la gente que participó de los negociados, les ofrecía más detalles, pero lo que les decía no lo tomaban, no lo querían chequear… En el juicio oral el fiscal abría mi libro, lo leía y pedía la pena máxima".

A su criterio, en aquellos años "Argentina no estaba preparada para una persona que dijera la verdad o tomara una actitud como la mía que pedía disculpas públicas. Mucha gente me descalificaba, decía que yo era un ladrón. Yo ya no era un ladrón, lo había sido, pero en este proceso había ido cambiando".

 

Aunque ya no quiere hablar de quiénes fueron los involucrados en aquel momento, las crónicas de aquella época recuerdan que dijo haberle pagado mensualmente coimas a un altísimo funcionario del Gobierno de Carlos Menem, entre otros. En diciembre de 2006, Piana fue condenado a cinco años y medio de cárcel por contrabando. "Por primera vez sentí que el tribunal había tenido empatía conmigo", recordó. Se le dio por cumplida la condena por el tiempo que había estado privado de la libertad también en Estados Unidos, a la espera de la extradición. En total, estuvo 8 años y dos meses privado de la libertad que, con la ley del dos por uno, vigente por ese entonces, se convirtieron en 14.

Se fue del país y un día de 2013 su abogado lo llamó para que volviera porque tenía que enfrentar un segundo juicio por asociación ilícita y fraude a la administración pública. Era un juicio abreviado en donde él firmó haber sido jefe de una mafia del oro. "A todos los que estaban abajo, en esa estructura, habían sido liberados y no les paso nada. Yo les dije a los jueces: ¿cómo si habían 200 personas y ahora quedé yo solo? Y el juez me dijo: 'Piana, firme y váyase'". Hizo caso y no volvió a pisar Argentina.

Su nueva vida

Se fue a España a hacer el "Camino de Santiago" en donde encontró un manuscrito que él sintió destinado para él: "dónde estabas tú cuando los niños tenían hambre", decía el papel. "Yo había logrado arruinar mi vida de una manera muy estúpida. Fui a la cárcel en dos países distintos, perdí el apellido, la familia, los amigos, las empresas… Pero soy lo que soy hoy gracias a que pase por todo esto. En mi caso, fue el camino inicial para llegar a lo que hoy soy". Desde que abandonó la Argentina circuló por Africa, Europa y Asia. Vive de la venta de sus libros, pero también trabajó haciendo camas y limpió baños en hospedajes europeos, o le cuida por un tiempo las casas a algunos de los amigos que conoció por el mundo.

 

Piana dio esta entrevista vía Skype, en una choza desde Tailandia, donde está viviendo desde hace unas semanas. Había viajado a Indonesia para filmar una película con el guión de su historia pero el último terremoto que dejó unos 400 muertos le complicó los planes y el equipo tuvo que evacuarse. Ahora se filmará en Gran Canaria.

"Me he transformado. He salido de ser un ladrón de cuello blanco y un adicto al dinero y me he recreado. Ahora utilizo mi creatividad que, antes usaba para hacer daño, para hacer cosas buenas". Inventó una serie que se llama Sentifante, sobre el sentir de los niños, con libros para adultos y para chicos y una película. El protagonista se llama Pepito, tiene 7 años y habla de "la falta de amor y los ego-dultos", un juego de palabras de los adultos egoístas.

Cuando se le pregunta por el caso de los cuadernos de la corrupción y la cantidad de empresarios presos, Piana señala que siguió las noticias por Internet. "Hay una corrupción transversal que atraviesa la Argentina. Robar dinero al Estado es un acto de violencia. Me di cuenta de que es aún más grave que el de un chico que sale de la villa con un revolver para robarse un celular. Porque el daño social es más grande y porque ese chico que robaba en la 9 de Julio se jugaba la vida si lo atrapaban, y nosotros no corríamos ningún riesgo porque éramos impunes: nos íbamos al Ritz de Paris y pedíamos vinos de 800 dólares".

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