
En su vida hubo un antes y un después que lo cambió todo. Absolutamente todo. Dueña de un talento inigualable y de un rostro al que las cámaras, simplemente, amaban, Alicia Bruzzo había logrado convertirse en una de las grandes estrellas de la actuación nacional. Sin embargo, una intoxicación con propóleos la puso en jaque. Y pasó sus últimos quince años en este mundo luchando contra el sobrepeso y los problemas de salud, hasta que partió cuando todavía tenía mucho para hacer y para dar.
Nació en la madrugada del 29 de septiembre de 1945 en Parque Patricios, más precisamente, en el ascensor de la maternidad Sardá. Ella contaba divertida que la había tenido que “atajar” una enfermera. Y es que a su madre le habían dicho que todavía faltaban 20 días para el parto por lo que, pese a sus dolores, la habían mandado devuelta para su casa. Pero Alicia ya estaba lista para empezar a vivir. Y no esperó.
Desde chica tuvo pasta para la actuación. Cursó sus estudios primarios en el Instituto Félix Fernando Bernasconi y fue en el pequeño teatro de ese establecimiento público donde, por primera vez, pisó un escenario para un acto escolar: dejó asombrados a todos los presentes. Al tiempo, junto con su hermano, se armó un “set de filmación” en la terraza de su casa, donde jugaba a hacer películas encarnando a Blancanieves y a Cenicienta. Luego intentó cursar la carrera de derecho soñando con “ser presidente”, pero la dejó. Y, con apenas 19 años, decidió viajar a Europa huyendo de un mal de amor.

Sola y sin dinero, Alicia se encontró en París con un grupo de beatniks que vivían en la calle y se instaló junto a ellos durante un mes. Allí comenzó a tomar clases de pintura, otra de sus grandes pasiones. Pero luego de empaparse de la cultura francesa y adoptar, entre otras cosas, la costumbre de usar capelinas, decidió que ya era hora de volver a Buenos Aires. Y, por consejo de su tío, el escenógrafo Saulo Benavente, se anotó en el Conservatorio Nacional de Arte Dramático.
La Bruzzo, como se la terminó conociendo en el medio artístico, no tardó en llegar a la televisión. El 25 de mayo de 1970, comenzó a grabar El monstruo no ha muerto, de Narciso Ibáñez Menta en un personaje protagónico. Y las autoridades de Canal 9 quedaron tan encantadas con ella, que decidieron probarla en todos los programas de la emisora. De hecho, la actriz recordaba que por esos años dormía en los bancos de los camarines del subsuelo, ya que se pasaba todo el día en el canal yendo de un estudio al otro.
Su gran salto a la popularidad se dio, sin lugar a dudas, de la mano de la telenovela El Rafa, de 1980, en la que encarnó a una viuda que enamoraba simultáneamente a Alberto de Mendoza y a su hijo en la ficción, Carlos Calvo. Un verdadero escándalo para la época que, sin embargo, la terminó de consagrar como una de las actrices más importantes del país. Pero también, como una de las más queridas y respetadas por sus colegas, que destacaban su sencillez y su don de gente.

Pobre Clara, Libertad Condicionada, Vendedoras de Lafayette y Atreverse, fueron algunos de los ciclos en los que se la pudo ver brillar en la pantalla chica. Pero también se destacó en cine, entre otras películas protagonizó Pasajeros de una pesadilla, y teatro, donde hizo, por ejemplo, Las Brujas de Salem y Yo amo a Shirley. Paralelamente, se puso en pareja con el director teatral Raúl Serrano con quien tuvo su hija Manuela, que hoy tiene 37 años. Y todo comenzó a marchar sobre rieles hasta que, en 1992, se convirtió en una de las cientos de víctimas (25 de las cuales fueron fatales) afectadas por consumir productos con propóleos contaminados. Ella había ingerido un jarabe para tratar de calmar los efectos de una gripe. Y terminó sufriendo una polioneuritis.
A partir de ese momento, la Bruzzo tuvo que librar una dura batalla contra la obesidad. No podía controlar la ansiedad y eso la llevó a pesar unos 145 kilos. Y, aunque seguía trabajando, todo se complicó para ella. Así que, en el 2000, decidió someterse a una cirugía bariátrica. Y le colocaron una banda gástrica con la que logró perder más de 45 kilos. “Me operé porque llegó un momento en el que ya no tenía miedo de no poder adelgazar, sino que me aterraba no poder parar de engordar”, había explicado en aquel momento.
Pero al tiempo tuvieron que extraérsele el dispositivo que le permitía controlar su apetito, debido a una hernia de hiato y una gastroenteritis arrastraba desde antes. Años después, en tanto, le diagnosticaron cáncer de mamá, por lo que debió someterse a un tratamiento de quimioterapia. Y luego le descubrieron un cáncer de pulmón, que fue lo que terminó con su vida el 13 de febrero de 2007, cuando tenía apenas 61 años de edad. Tiempo antes, había decidido irse a vivir a Mar del Sur, donde se había comprado una casa para pasar sus últimos días pintando. Pero, tras su descompensación, fue trasladada al Instituto Fleni de Buenos Aires, donde finalmente falleció.

“Yo no me daba cuenta ni de que era linda ni de que era sexy. Nunca me pensé de esa manera. Pero ahora, cuando me veo en viejos trabajos, me doy cuenta de que sí. Fui una bella mujer”, dijo en una nota sobre el final de sus días. Y sí: fue una bella mujer y una gran actriz. Pero, por sobre todas las cosas, una hermosa persona a la que todos los que tuvieron la dicha de conocer, recuerdan con un cariño inmenso hasta el día de hoy.
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