“No quiero asistir a mi propio funeral”, había dicho Niní Marshall allá por 1980, cuando después de cinco décadas de carrera había decidido retirarse de los sets de filmación. Acababa de rodar “¡Qué linda es mi familia!" Y sentía que ya había trabajado lo suficiente. Sin embargo, en 1988 la convencieron de interpretar a Doña Caterina en una emisión televisiva de “El Mundo” de Antonio Gasalla. Hasta ese momento, se la veía muy bien. El 18 de marzo de 1996, cuando ya había cumplido sus 92 años de edad, falleció de un paro cardiorrespiratorio después de haber pasado dos meses internada por problemas respiratorios en la Clínica Bazterrica de Recoleta.
Vivió en una época en la que nada era fácil para las mujeres que querían dedicarse a la actuación. Y, mucho menos, para las humoristas. Pero, así como lo hizo en su faceta personal, en el ámbito profesional ella se animó a desafiar todos los prejuicios. No solo se ganó su espacio frente al público, sino que terminó conquistando a la prensa especializada que a modo de reconocimiento la apodó como “La dama del humor” o La Chaplin con falda.
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Nació en el barrio porteño de Caballito, el 1 de junio de 1903, como Marina Esther Traverso. Tenía apenas dos meses de vida cuando su padre falleció y ella, junto a su madre y sus hermanas, se trasladaron a una vivienda ubicada en la calle Defensa. Allí se crio hasta terminar el colegio secundario. En ese momento, su intención era estudiar Filosofía. Pero terminó casándose con Felipe Edelman y, como muchas esposas de la época, se resignó a ser una ama de casa.
Se mudó a La Pampa, dispuesta a formar una familia. Pero se sintió decepcionada al descubrir que su marido era ludópata. Para entonces, ya se había convertido en madre de Ángela Dora. Y, en esos tiempos, cualquiera hubiera esperado que se quedara al lado del hombre a como dé lugar. Pero, después de que él perdiera todos los bienes de la pareja, ella decidió abandonarlo. Así que se fue con su hija a Rosario, donde vivía una de sus hermanas, dispuesta a salir adelante por sus propios medios.
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Su primer trabajo fue como redactora de avisos publicitarios en una casa de electrodomésticos. Allí fue donde Niní -tal como la llamaban cariñosamente- demostró no solo su capacidad para escribir, sino también su inigualable sentido del humor. Y no tardó en obtener un puesto en la revista Sintonía, donde tenía una columna semanal que firmaba con el seudónimo de Mitzi. Hasta que, poco después, en 1934, desembarcó en la radio donde interpretó a la cantante internacional Yvonne D’Arcy, uno de sus tantos personajes.
Por entonces, nadie apostaba que una mujer pudiera dedicarse al arte de hacer reír. No obstante, ella estaba segura de que ese sería su destino. En 1936, se casó con Marcelo Salcedo, un contador paraguayo en quien se inspiró para adoptar su pseudónimo artístico, tomando la primera sílaba de su nombre y la primera de su apellido: Marsal. Aunque luego decidió agregarle una “h” para diferenciarlo de la cantante Irene Marsal. Y terminó decidiéndose por Marshall luego de que un periodista se equivocara en la escritura y le sumara una “l” de más.
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El camino a la consagración fue bastante claro. En 1937, llegó a radio El Mundo, donde empezó a interpretar a uno de sus personajes más recordados, Cándida, al que había creado en honor a una empleada doméstica española que había trabajado en su casa cuando ella era una niña. Poco después, mientras trabajaba con Juan Carlos Thorry, surgió la recordada Catita que la hizo famosa y que se caracterizaba por su exagerado uso del lunfardo.
Finalmente, en 1938, Niní debutó en la pantalla grande con la película “Mujeres que trabajan”. Y ya nada le podía hacer prever que su crecimiento podía cortarse. Sin embargo, con la llegada de la dictadura militar de 1943 que instauró el Consejo Superior de las Transmisiones Radiotelefónicas, su trabajo empezó a ser visto con una lupa. Aunque ella empezó a modificar algunas expresiones, en especial de su Catita, para que sus guiones pudieran pasar la prueba de la censura previa, no logró que las autoridades de Radio Splendid le renovaran su contrato.
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Al principio, Niní pudo seguir con su trabajo en cine. Pero, según confesó años más tarde en Mis Memorias, su libro autobiográfico, durante el gobierno de Juan Domingo Perón quedó en una lista negra de artistas. ¿El motivo? Algunos sugerían que había sido por rechazar a Juan Duarte, el hermano de Eva, que estaba interesado en ella. De hecho, según su relato, en una oportunidad había pedido una entrevista con el por entonces presidente de la Nación para saber los motivos de su proscripción y fue ni más ni menos que el cuñado de éste quién la atendió.
“Salió el secretario y en voz alta gritó: ‘Señora, dice el señor Duarte que se acuerde cuando en una fiesta de pitucos, vestida de prostituta, imitó a su hermana Eva’”, relató Marshall sobre ese momento. Y contó que no le quedó más remedio que exiliarse en México por “orden de la Señora”. Pero su éxito siguió, tanto allí como en España. Aunque esa situación terminó por dinamitar su segundo matrimonio. Y una vez más se quedó sola, con su hija.
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En 1953, comenzó una relación con el productor y periodista Carmelo Santiago, quien se convirtió en su representante. Tras el golpe militar de 1955, regresó a la Argentina dispuesta a retomar su carrera. Y lo logró, aunque no sin altibajos. Tuvo momentos difíciles a nivel profesional. Y, en 1968, terminó con su pareja al enterarse de que el hombre con el que convivía y compartía su trabajo tenía una amante. Así que, una vez más, siguió adelante en soledad.
Durante sus casi 50 años de carrera profesional, Marshall intervino en 38 películas, trabajó en más de 10 programas de televisión y protagonizó unas 14 obras de teatro, además de sus trabajos en radio. Así se ganó el respeto de varias generaciones y terminó convirtiéndose en una humorista icónica. “Algunos creen que es intrascendente hacer reír, poniendo a este género en un segundo plano con respecto al drama. Yo hablaría mejor de la trascendente manera de provocar gracia, porque ello es muy difícil. Sacar a una persona de una depresión o un estado de tristeza es muy arduo. De allí la trascendencia del humor”, decía Niní.
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