
Su vida supera a cualquiera de las ficciones que le tocó encarar. Además de ser uno de los actores más queridos del ambiente, Roly Serrano es uno de los más talentosos. Interpretó a los personajes más disímiles, ya sean en cine, en teatro o en televisión. Participó de éxitos como Nueve Reinas, Rotos de amor o El Marginal, por mencionar solo algunos de ellos. Sin embargo, ningún guionista se hubiera animado a escribir una historia con tantos condimentos como la que a este hombre, nacido el 8 de abril de 1955 en Guachipas, Salta, le tocó enfrentar en la realidad.
Llegó al mundo hace exactamente 70 años, en el seno de un matrimonio humilde, compuesto por un empleado del correo y una joven ama de casa. Por conflictos familiares, su madre que se vio obligada abandonar la provincia e, incluso, a sus hijos. Y su padre, decidió que lo mejor era que sus dos hermanas y él fueran criados por sus tíos. Se equivocó. “Eran tremendos. Nos castigaban mucho, nos usaban como criados. Ellos eran gente de mucha plata y nos trataban como si fuésemos empleados de la casa. Me levantaba temprano y tenía tareas que hacer”, recuerda el actor.
La violencia doméstica se convirtió en una constante durante toda la infancia de Roly. “A mí me pegaban mucho. Me ataban para pegarme con un látigo. Entonces, era un chico muy rebelde, muy malo, y vivía cometiendo actos de rebeldía: lastimaba a los perros y a las plantas, como venganza”, explica. Hasta que de adolescente se animó torcer su destino. Había cumplido los 13 años. Y, después de un entredicho con su prima, vio venir a su tío dispuesto a darle una paliza. Entonces decidió que ya había sido suficiente. “Cuando lo vi cruzar el patio, sentí un acto de rebeldía, rompí una botella, lo esperé con una botella en la mano, y le dije: ‘Si vos me tocas, te mato. Mirá que vos dormís la siesta y yo no’”, relata.

Desde entonces, las agresiones hacia su persona se reflejaron en otros actos. Nunca más tuvo un plato de comida en la mesa. Y debió soportar que lo encerraran cada vez que salían los fines de semana. Pero, quizá lo peor de todo, fue que le hicieran creer que su madre había muerto. Recién supo que esto era mentira cuando cumplió los 15 años y se reencontró con su papá. Desde entonces, empezó a buscar a su mamá, quien por temor al rechazo nunca había intentado acercarse a él y a quien recién pudo encontrar siendo un actor famoso.
Cuando se escapó del maltrato, tuvo que enfrentar los desafíos de vivir en la calle. Se las arreglaba haciendo changas, gracias a las habilidades en herrería y carpintería que había aprendido de su padre en el poco tiempo que compartió con él. O ayudando a las señoras con sus compras a cambio de algo para comer. Y, cada tanto, terminaba preso por enfrentarse a la policía. “Muchísimos, a los que yo los nombré mis ángeles, me ayudaron, me acompañaron, me abrieron sus puertas. Gente que me aconsejaba bien, que me quería bien”, cuenta.
Hizo el servicio militar en Córdoba, en 1976. Y, paradójicamente, allí encontró la contención que jamás había tenido en su casa. “Aprendí a respetar, a decir: ‘Esto se puede, esto no se puede’”, señala. En esa época empezó a militar en el Partido Comunista, en plena dictadura militar, al notar que había traslados de presos y detenciones clandestinas. Terminó el colegio secundario y, apenas concluyó “la colimba”, empezó a estudiar abogacía. Pero después viajó a Buenos Aires, donde tomó clases de teatro y empezó a dar sus primeros pasos en la actuación. Nunca más dejó de trabajar.

Se enamoró perdidamente y se casó con Claudia. Después de toda una vida buscando el cariño que le faltó de chico, Roly había encontrado a la mujer de su vida. “Era la compañera ideal. Cumplía todos los sueños de un hombre, bella como un sol, inteligente, con ternura… Nos entendíamos. ¿Viste cuando te entendés con el otro sin necesidad siquiera de discutir?”, recuerda. Su matrimonio fue idílico durante veinte años. Pero un día ella se enfermó de leucemia y, en 2004, falleció dejándolo sumido en la más profunda tristeza.
El hijo de quien fuera su esposa, que se convirtió en su hijo del corazón, decidió seguir viviendo con él. Y eso lo obligó a no bajar los brazos. Sin embargo, volvó su angustia en la comida, lo que lo llevó a tener que luchar contra la obesidad y con todos los riesgos derivados del sobrepeso. Pese a esta limitación, nunca dejó de crecer en su profesión. Y jamás perdió la esperanza de que la vida lo volviera a premiar con el amor.
Pero lo cierto es que, entre los problemas que sufría a raíz de su cuadro de salud, Roly padecía apneas de sueño. Y eso hizo que, en marzo de 2024, sufriera un grave accidente de auto al quedarse dormido mientras conducía desde Córdoba hacia Buenos Aires. “Fue una irresponsabilidad mía por estar excesivamente gordo. Pesaba 160 kilos y fumaba dos paquetes y medio de cigarrillos por día”, reconoció luego de pasar nueve meses internado, primero en el Instituto Médico de Alta Complejidad y luego en el Instituto Nuestra Señora de Luján, donde hizo su rehabilitación.

Roly estuvo, literalmente, al borde de la muerte. Pero no era su hora. En este lapso, adelgazó 50 kilos y dejó, por fuerza mayor, la adicción al tabaco que mantenía desde que era un niño. Así que, cuando recibió el alta en el mes de diciembre, un poco por su propia insistencia, se mostró dispuesto a darle un nuevo giro a su vida. “Creo que se trata de una supervivencia. Siempre es una detrás de otra. Y, gracias a Dios, la gente tiene esa necesidad de ir para adelante o de ayudarse. En esos momentos tan difíciles sale lo mejor de cada uno y eso es bueno”, asegura el actor, que hoy puede celebrar la llegada de sus siete décadas junto a sus seres queridos.
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