
Dicen que, al final de su vida, cada uno cosecha lo que sembró. Y puede que sea cierto. Por eso, ese 16 de mayo de 2006, cuando Jorge Porcel falleció, entre sus colegas y allegados hubo sensaciones encontradas. El eximio capocómico murió en Miami, ciudad en la que se había radicado hacía décadas, a los 69 años de edad y después de una larga lucha contra la obesidad, la artrosis y el Parkinson. Y dejó un legado artístico que, al día de hoy, se sigue reflotando. Pero entre algunos de sus parientes y muchos de los que tuvieron la oportunidad de trabajar con él, no todos los recuerdos que dejó fueron gratos.
Nacido el 7 de septiembre de 1936 en Buenos Aires, Porcel había comenzado su carrera en 1958 haciendo imitaciones en un restaurante de Barracas. Fue allí donde lo descubrió Juan Carlos Mareco. El conductor uruguayo, conocido como Pinocho, se convirtió por azar en su padrino artístico cuando lo recomendó para que entrara en el ciclo radial La Revista Dislocada. En ese programa, Jorge tuvo la oportunidad de trabajar con Carlitos Balá, Mario Sapag, Nelly Beltrán y Raúl Rossi, entre otros grandes referentes de la época, de los que aprendió a manejarse en el éter.
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Sin embargo, su gran éxito llegaría gracias a la pantalla grande. Porcel tenía un talento especial para la comedia. Así que, después de una participación en Disloque en Mar del Plata, film de 1962, llegó su primer protagónico de la mano de El Gordo Villanueva, película de 1964 que sirvió de puntapié inicial para su larga carrera en cine, que incluyó unas cincuenta películas y terminó en 1993, con Carlito’s Way, dirigida por Brian De Palma y encabezada ni más ni menos que por Al Pacino. Pero, sin lugar a dudas, la etapa más recordada de su trayectoria tuvo que ver con la inolvidable dupla que formó junto a Alberto Olmedo en las décadas del ’70 y ’80.

Claro que, con El Negro, las cosas tampoco terminaron del todo bien. Trabajaron juntos en películas, obras de teatro y programas de televisión, junto a personalidades como Susana Giménez, Moria Casán, Javier Portales, Mario Sánchez y Adolfo García Grau, entre muchas otras. Y construyeron un verdadero imperio del humor. Sin embargo, cuenta la leyenda que un comentario de camarines los enemistó. Es que el Gordo -como se lo conocía en aquel momento- habría dicho que Alberto era un “ancla” en su carrera. Y Olmedo lo escuchó. El ego y los celos profesionales minaron la relación. No obstante, la absurda muerte del creador de No toca botón, ocurrida el 5 de marzo de 1988 al caer del piso 11 del edificio Maral 39 de Mar del Plata, marcó para siempre a Porcel.
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Cabe señalar que Olmedo no fue la única persona con la que Jorge había tenido problemas en su lugar de trabajo. Es verdad que en aquellos años, la sociedad era muy distinta. Y había muchas actitudes machistas que estaban naturalizadas, sobre todo, en el rubro artístico. Sin embargo, tras la muerte del capocómico, varias mujeres se animaron a contar públicamente los destratos que habían recibido de su parte y las insinuaciones de índole sexuales de las que habían sido víctimas. Algunas de ellas fueron Georgina Barbarrosa, Amalia Yuyito González, Camila Perissé y Sandra Villarruel.
Hubo, sin embargo, dos colegas que se enamoraron perdidamente de él en la década del ‘80: Carmen Barbieri y Luisa Albinoni. Dicen incluso que, en algún momento, estas dos relaciones se habrían superpuesto. No obstante eso, ambas mujeres tuvieron palabras elogiosas para con Porcel. Destacaban su inteligencia y lo mucho que lo admiraban, aunque ninguna de ellas pudo planear una familia con él. Es que Jorge ya estaba casado. Y la realidad es que, en su matrimonio, tampoco había sido demasiado prolijo.
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Después de más de diez años de noviazgo, Porcel contrajo enlace con Olga Gómez el 20 de mayo de 1963. La mujer permaneció a su lado, en las buenas y en las malas, hasta el final de sus días. Pero el Gordo nunca le fue fiel. Y, producto de su relación extramatrimonial con Norma de Mauricio, en 1974 llegó al mundo Jorgito Jr. El capocómico lo reconoció. Sin embargo, al poco tiempo adoptó a una niña, María Sol, junto a su legítima esposa. Y, poco a poco, fue distanciándose de su descendiente biológico.
Lo cierto es que, cuando empezó a notar que su pico de popularidad iba decayendo lentamente, Porcel decidió radicarse en los Estados Unidos. Corría el año 1991 y, aunque tenía propuestas de trabajo en la Argentina, decidió instalarse en Miami, donde la cadena Telemundo le había ofrecido hacer el show nocturno llamado A la cama con Porcel. Tenía ganas de empezar una nueva vida. Y la realidad es que el público de habla hispana de toda América estaba ávido de consumir sus productos. Pero ese sobrepeso que durante años le sirvió para interpretar a sus personajes y para hacer reír, ya había pasado a ser un verdadero problema para su salud. Entonces, todo cambió.
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En algún momento, Jorge había llegado a pesar 240 kilos. Y, llegado ese punto de su vida, la diabetes y la artrosis le impidieron seguir adelante con muchos de sus proyectos. Entonces se aferró a la fe. Y, desde 1995, se convirtió al cristianismo evangélico. Pero fue más allá. Terminó consagrándose como pastor. De hecho, llegó a mostrarse avergonzado de su propio pasado. El creador de Las Gatitas y Ratones de Porcel, que sexualizaba a las mujeres al aire y las acosaba en camarines según el relato de sus compañeras de programa, había empezado a predicar la palabra de Dios. Y no quería que nadie le recordara nada de lo que, para él, ya había quedado enterrado en el pasado, como su paso por Polémica en el bar, La peluquería de Don Mateo o La Tota y la Porota, inolvidable sketch que hacía junto a Jorge Luz.

Era triste verlo. Una afección en su columna lo había postrado en una silla de ruedas. Y él había perdido la sonrisa. En el 2005, vendió el restaurante A la pasta con Porcel, que por aquellos tiempos se había convertido en su fuente de ingresos. Y se dedicó, exclusivamente, a escribir libros religiosos. Pero parecía abatido. Y, cuando pensaba que ya nada más podía pasarle, contrajo el mal de Parkinson, enfermedad con la que estuvo lidiando hasta el final de sus días.
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Murió en el Mercy Hospital de Miami, después de haber superado varias intervenciones quirúrgicas. Sus restos fueron trasladados a Buenos Aires, donde luego de una ceremonia de despedida a cargo de un pastor evangélico, fueron inhumados en el Panteón de actores del Cementerio de la Chacarita frente a unas 80 personas, entre las que se encontraban su esposa, su hija y un puñado de famosos, como Tito Mendoza y Rolo Puente. Y desde entonces, mientras algunos prefieren recordarlo por su talento, otros no pueden olvidar al hombre detrás del artista. Ese que terminó cosechando, ni más ni menos, que aquello que sembró.
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