
Fueron casi tres horas en las que unas cien personas no se movieron de sus asientos, cautivados por el relato del comodoro retirado Gerardo Guillermo Isaac, por entonces un alférez de 23 años que estaba al comando de un A-4C Skyhawk, y que en Malvinas participó de cuatro arriesgadas misiones. La última de ellas fue el 30 de mayo, cuando en una operación conjunta, atacó al portaaviones Invincible.
En la audiencia, se encontraban un exJefe del Estado Mayor Conjunto de Francia, almirantes у comandantes de ambos portaaviones franceses, el Charles de Gaulle y el Clemenceau, además de agregados militares, historiadores y académicos.
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Isaac se encontraba en la capital francesa para atender asuntos particulares, cuando recibió el ofrecimiento del embajador Ian Sielecki de dar una charla, y aceptó de inmediato. El diplomático explicó a Infobae que “era la oportunidad única de escuchar en primera persona a uno de nuestros aviadores”. Remarcó que en Francia los pilotos argentinos son muy respetados y que los aviones franceses que la Argentina usó en Malvinas son una referencia frecuente en la historia bilateral.
La charla, brindada en español con traducción simultánea, fue el pasado 28 de mayo, duró 3 horas y el Comodoro Isaac contó cómo fueron las operaciones aéreas en las que participó -entre ellas el histórico ataque al portaaviones británico HMS Invincible-, consideradas por muchos como las mayores proezas de la historia de la aviación militar.
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Con emoción, compartió con los presentes las imágenes que se le vienen a la mente cuando recuerda los momentos críticos en los que perdió a sus compañeros en plenas operaciones aéreas.

En su bienvenida, Sielecki afirmó que “hay gestas que pertenecen a la historia; y hay héroes que pertenecen al alma de un país. Usted pertenece a ambas”, en homenaje a Isaac y a todos los veteranos de Malvinas. Citó a Pierre Closterman, as de la aviación francesa durante la Segunda Guerra Mundial, quien dijo que “nunca en la historia de la aviación militar hubo pilotos que tuvieran que enfrentar condiciones tan adversas como los pilotos argentinos en Malvinas, ni siquiera los pilotos de la Royal Air Force defendiendo Londres en 1940 o los pilotos de la Luftwaffe en 1945”.
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Sielecki había sido noticia el 21 de enero último cuando interrumpió su disertación sobre las relaciones franco-argentinas en la Asamblea Nacional francesa, al remarcar un error de un mapa colgado a sus espaldas, en el que figuraban las islas Malvinas como británicas. “Acabo de notar que estoy sentado frente a un mapa que muestra a las Islas Malvinas como si fueran parte del Reino Unido. Esto supone un gran problema en distintos niveles, incluso jurídicos, porque no puedo, como representante del Estado argentino, hablar libremente ante ese mapa”, y optaron por cubrir las islas con papel adhesivo. Por su gesto, el embajador fue distinguido por veteranos de guerra con la estatuilla “Reconocimiento soldado Maciel”, que se entrega a veteranos y personalidades durante la vigilia que se realiza en San Andrés de Giles todos los 1 de abril.

En el marco de esta visita, y en presencia del Comodoro Isaac, el embajador y el equipo de la embajada bautizaron el principal salón de la sede –una casa comprada por el Estado argentino en 1926 y situada en el 6 de la calle Cimarosa- como “Salón Alas de Malvinas”.
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Sielecki explicó que el nombre es una referencia a los 649 caídos, que tomaron vuelo hacia la eternidad y, a su vez, un guiño a la proeza lograda por los pilotos argentinos con aviones que eran, principalmente, franceses. “Dentro de 100 o 200 años hablarán de usted y sus camaradas como hoy hablamos del Almirante Bouchard y los héroes de la independencia”.
El Comodoro Isaac comenzó su conferencia relatando que se encontraba destinado con su escuadrón en Mendoza cuando estalló la guerra. Describió la mezcla de emociones que le generó el inicio del conflicto y señaló que desde el primer momento supo que sería trasladado para participar en las operaciones de combate.
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Era un alférez de 23 años cuando combatió en Malvinas. Con la recuperación de las islas, fue trasladado a la Base Aérea Militar de San Julián, que se convertiría en su hogar durante toda la contienda. Allí compartió las experiencias vividas junto a sus compañeros y las difíciles condiciones técnicas en las que debieron desarrollar sus misiones en el Atlántico Sur.
Fue integrante de un escuadrón A-4C Skyhawk. La primera misión llegó el 1 de mayo, pasado el mediodía. Debían atacar a un grupo de barcos, pero en pleno vuelo el radar les indicó la presencia de una patrulla de Sea Harrier y regresaron a la base.
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El 9 de mayo le asignaron otra misión, junto al alférez Jorge Casco, el teniente Jorge Farías y el capitán Jorge García. Por la mala meteorología, Isaac y García regresaron pero Casco y Farías continuaron, desapareciendo del radar. Isaac recuerda esa larga espera desde la tarde hasta bien entrada la noche con la mirada fija en el horizonte. Por el 2010 localizaron los restos de Casco. Ambos pilotos habían chocado contra estribaciones rocosas, debido a la mala visibilidad.

El 25 de mayo junto al capitán García y los tenientes Daniel Paredi y Ricardo Lucero atacaron a la flota en el norte del Estrecho de San Carlos. Isaac recuerda haberse zambullido entre los buques. Su avión era el ubicado en el extremo izquierdo de la escuadrilla.
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Cuando eligió el blanco, no se desprendieron las tres bombas de 250 kilos cada una que había liberado. Vio cuando se eyectaba el teniente Lucero. Estuvo a punto de ahogarse y fue rescatado por los ingleses, que lo curaron ya que se había eyectado a mucha velocidad. El capitán García pudo salir del ataque, reportó fallas y nunca más respondió. Muchos años después encontraron sus restos en una balsa.
Tres días después se frustró otra misión: el objetivo elegido resultó ser un buque hospital.
El 30 fue una jornada inolvidable. En el radar apareció el blanco buscado: un portaaviones. Se distinguían puntos que iban y venían a un mismo lugar, a 110 millas al este de Puerto Argentino.
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El jefe del escuadrón reunió a los oficiales más antiguos y pidió dos voluntarios. Se presentaron los primeros tenientes Ernesto Ureta y José Daniel Vázquez. Era una misión realmente riesgosa en momentos en que la unidad había perdido muchos pilotos y aeronaves.
De San Julián volaron a Río Grande, donde se reunieron con el capitán de corbeta Alejandro Francisco y el teniente de navío Luis Collavino, pilotos de Super Etendard, de la Aviación Naval. Llevarían el último misil Exocet. Cada A-4C llevaba tres bombas de 250 kilos y 200 proyectiles.
El miedo daba vuelta, recordó Isaac. Esa sensación de que en cualquier momento puede tocarle a uno. Cada uno manejaba sus temores como podía, explicó, pero no los manifestaba.
Despegaron después del mediodía. Se reabastecieron en vuelo varias veces con dos KC 130, que volaron junto a ellos por 200 kilómetros. Más cerca del objetivo, formaron en línea. Isaac relató que iba a la derecha junto a Ureta. Volaban pegados al agua, con silencio de radio. Cada uno sabía lo que debía hacer.
A 80 kilómetros del blanco comenzaron a subir para hacer una barrida de radar e inmediatamente bajaron. Estaba nublado y por momentos llovía. A 40 kilómetros de distancia dispararon el misil, los Super Etendard se separaron y el resto de la escuadrilla siguió la estela del proyectil.
La silueta asimétrica del portaaviones fue inconfundible para Isaac. Al llegar vieron dos columnas de humo que salían de sus costados. A siete kilómetros del blanco, sintió una explosión a su izquierda. Vio como un A-4C impactaba contra el agua. A 1500 metros otra explosión, mucho más violenta. Otro A-4C con fuego en su interior se infló desproporcionadamente y también cayó al mar.
Junto a Ureta atacaron al Invincible. Isaac arrojó sus bombas sobre la popa del buque y salió por la derecha. Comenzó con las maniobras evasivas. Atinó a mirar hacia atrás y vio humo negro que salía del barco.
Por radio preguntó si alguno más había salido. No obtuvo respuesta. A su frente distinguió un punto. Pensó en un avión enemigo pero era Ureta, al que distinguió cuando vio que levantaba su brazo color naranja. Solo él y Ureta usaban esa vestimenta de ese color. Ahí supo que habían derribado a Vázquez y a Castillo.
Como cierre de su exposición, el Comodoro destacó las proezas realizadas por la Fuerza Aérea Argentina durante el conflicto, poniendo en valor el coraje, la profesionalidad y el espíritu de sacrificio de sus pilotos frente a circunstancias extremadamente adversas. Asimismo, reflexionó sobre el profundo impacto que la Guerra de Malvinas tuvo en quienes participaron de ella y recordó con emoción a los compañeros que perdieron la vida en combate.
Con sus colegas franceses, el embajador suele bromear cuando destaca, que en la intensa cercanía entre los dos países, hay dos cuestiones que los dividen: el combate de la Vuelta de Obligado y la final del mundial de fútbol de Qatar, donde no se discutió la soberanía pero que se la vivió como una epopeya nacional.
Sielecki atesora en su oficina una maqueta de un Mirage III y todos los años tiene el hábito de visitar la casa donde falleció el general José de San Martín, y visita el pueblo de Bormés, donde nació Hipólito Bouchard, donde las autoridades locales celebran los 9 de julio en honor a su hijo ilustre que por años peleó para nuestro país, primero como granadero y luego como corsario, en esos tiempos donde defendió la misma bandera por la que se peleó en Malvinas.
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