
Durante las últimas semanas he recorrido Nuevo León de punta a punta. He estado en ciudades industriales, comunidades rurales, ejidos y cabeceras municipales. He escuchado a trabajadores, madres de familia, empresarios, productores, comerciantes y jóvenes. Y en todos esos kilómetros encontré una misma realidad: en nuestro estado, la distancia no siempre se mide en kilómetros. A veces se mide en abandono.
Hay lugares a los que el gobierno llega con discursos, pero no con médicos. Comunidades a las que les prometieron agua en las redes sociales y todavía dependen de un pozo. Municipios donde los jóvenes tienen que irse porque el empleo, la educación y las oportunidades se concentran lejos de su casa. Familias que ven cómo se anuncian grandes obras mientras los servicios más elementales siguen sin funcionar.
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En El Salitre, Zaragoza, encontramos un dispensario sin lo necesario para atender a la gente. En Las Palomas, Mier y Noriega, las familias siguen esperando la red de agua potable que les prometieron. En Presa de Maltos, Doctor Arroyo, escuchamos a una comunidad que rara vez recibe la visita de las autoridades estatales. En Mina, Marín, Cerralvo, Anáhuac y tantos otros municipios se repite la misma pregunta: ¿cuándo nos va a tocar a nosotros?
Esa pregunta debería incomodarnos a todos. Nuevo León no puede presumir crecimiento si ese crecimiento no llega a la vida diaria de las familias. No puede hablar de prosperidad mientras una madre busca medicamentos que no encuentra, un estudiante abandona su comunidad para continuar sus estudios o un trabajador pierde horas enteras atorado en el tráfico o esperando un camión para llegar a su empleo.
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Lo que hemos encontrado no es solamente una lista de carencias. Es el resultado de gobernar sin una visión completa del estado. Durante demasiado tiempo se pensó que atender Nuevo León era atender sólo una parte de la Zona Metropolitana. Y aun dentro de ella, el tráfico, la contaminación, la falta de agua y las obras inconclusas demuestran que tampoco basta con inaugurar proyectos o acumular anuncios.
Gobernar es planear, coordinar, terminar y cumplir. Y yo sé lo difícil que es gobernar porque ya lo he hecho en condiciones complejas, con limitaciones reales y problemas que no desaparecen con una publicación en redes sociales. También sé que, con capacidad, honestidad y trabajo constante, sí se pueden obtener resultados concretos en las cosas que importan a las familias.
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Cuando enfrentamos la inseguridad, profesionalizamos a la policía. Cuando faltaban oportunidades, facilitamos la inversión sin extorsionar a quien quería producir y generar empleo. Cuando la burocracia frenaba el crecimiento, digitalizamos los trámites, porque las computadoras no piden moche. Cuando el crecimiento acelerado debilitó la convivencia, llevamos educación, cultura, deporte y trabajo comunitario a las colonias para reconstruir el tejido social.
No son recetas que puedan copiarse mecánicamente de un municipio a todo el estado. Sin embargo, sí son pruebas de algo más importante: los problemas difíciles se enfrentan con método, coordinación y capacidad. Y los resultados aparecen cuando el gobierno deja de improvisar y se concentra en cumplir.
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Ésa es la esencia de la 4T Norteña: capacidad realista.
Y la Presidenta ha marcado un rumbo al que ese realismo debe aplicarse sin titubeos fortalecer la industria nacional, atraer inversiones, generar empleos y hacer que la prosperidad alcance a quienes durante años fueron dejados atrás.
Eso exige dejar de administrar al estado como si fuera una colección de municipios aislados. Necesitamos coordinación metropolitana, planeación regional y una verdadera alianza entre gobierno, empresas, universidades, trabajadores, campo y sociedad civil. También exige cambiar la manera de recorrer y escuchar. No basta llegar, tomarse una fotografía y seguir adelante. Cada visita debe dejar un problema entendido, una solución viable y un compromiso que pueda medirse.
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La cercanía no consiste en estar un día junto a la gente. Consiste en regresar con resultados. Por eso, después de recorrer el estado, mi convicción es más firme: no hay dos Nuevo León, uno moderno y otro condenado al olvido; existe un solo Nuevo León y debe avanzar unido. El progreso de la zona industrial tiene que abrir oportunidades en el campo; la inversión metropolitana debe fortalecer las regiones; y cada peso público debe convertirse en agua, seguridad, movilidad, salud, educación y futuro.
Lo que encontramos en el camino duele, pero también obliga. Frente al abandono, presencia. Frente a la improvisación, capacidad. Frente a la promesa, cumplimiento. Y frente a un crecimiento que deja gente atrás, la Transformación.
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Nuevo León no necesita que le cuenten otra historia. Necesita un gobierno con los pies en la tierra, que conozca sus problemas, que sepa enfrentarlos y que convierta el rumbo de la Presidenta en resultados para cada familia, desde la Zona Metropolitana hasta la comunidad más apartada.
Porque nadie vive demasiado lejos en el ejido más remoto, se esfuerza en la colonia más compleja o emprende en la empresa recién instalada, cuando el gobierno entiende que su primera obligación es llegar con resultados.
*El autor es Alcalde, con licencia, del Municipio de General Escobedo y aspirante a Coordinador de la Defensa de la Transformación y la Soberanía Nacional en Nuevo León, México.
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