
Una vez me quedé dura de la espalda y me recomendaron un osteópata muy destacado. Fui a la consulta, me acomodó algunas vértebras, masajeó ciertos músculos y me recetó una inyección para desinflamar la zona en la que había trabajado. Pocas horas después me sentía como nueva. Durante años, cada vez que tenía un dolor lumbar, iba a verlo y este buen hombre me curaba milagrosamente, como Jesús. Me sentía afortunada de haberlo encontrado y de poder recurrir a él cuando tenía un problema óseo o articular.
Lo recomendé a muchísimas personas, también a una amiga que era farmacéutico.
—Y, ¿cómo te fue?
—Quedé muy bien, pero es difícil saber si es por lo que hizo o por la inyección.
La miré sorprendido.
—La inyección es para terminar de desinflamar —le expliqué inocentemente.
—La inyección es una bomba atómica —me dijo, bajándome a la realidad de un golpe—. Es un corticoide poderoso para calmar el dolor de un caballo. Incluso si lo que él hace no tuviese ningún efecto, con esa inyección salís nueva.
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Sus palabras me descolocaron. ¿Entonces mi Jesús era un impostor? ¿Al final no tenía manos milagrosas, sino que todo se reducía a que me inyectaba una droga salvadora?
Pasó un año hasta que tuve una nueva crisis en mi espalda. Lo fui a ver con dudas, pero apostando a que lo que había dicho mi amiga no fuera cierto. El osteópata hizo sus intervenciones habituales y después me dio la misma receta de siempre, la inyección “para terminar de desinflamar”.
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Esa vez no me la di, y el dolor siguió igual que antes de la consulta. Evidentemente, no era Jesús.
Días después le conté el episodio a mi secretaria, una asidua concurrente a mi osteópata a causa de sus muchos problemas cervicales. Abrió los ojos, incrédula.
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Meses más tarde tuve un episodio en el hombro, casi no podía moverlo. Pedí un nuevo turno con este falso Jesús, como quien vuelve a un amor en el que ya no cree, pero que necesita. Y deseando que nuestro último encuentro hubiera sido una excepción, no la regla.
Cuando llegué me revisó y me dijo que tenía desplazados algunos tendones. Colocó sus dedos índice y pulgar como si fueran una pinza y me apretó la mano, justo en el pequeño músculo entre la base del índice y el pulgar. Me dolió muchísimo. Él sonrió, confirmando su diagnóstico.
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Esta vez sus intervenciones fueron más dolorosas que de costumbre. Supuestamente tenía que devolver a su lugar los tendones desplazados. Cuando completó sus pases de magia volvió a apretar mi mano en el mismo lugar, solo que con mucha menos presión que antes. Puso cara de ves que ahora duele menos, dio por terminada la sesión y me despachó con la receta para la inyección antiinflamatoria.
Salí del consultorio furiosa. ¿Por qué no lo desenmascaré en ese preciso momento, diciéndole que me dolía menos porque estaba apretando con menos fuerza? Hubiera sido un final más honesto para nuestra larga historia de estafas. No me atreví, no me gusta el conflicto.
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No hizo falta saltearme la inyección para saber que esta vez tampoco mejoraría nada. Al volver a la oficina le conté a mi asistente todo el episodio, indignado. Ella, sorprendida, solo atinó a responder: “Qué barbaridad”.
Dos años más tarde volví a quedarme dura. No podía moverme, ni siquiera ponerme los zapatos. Durante dos días resistí con todas mis fuerzas la tentación de ir a verlo, porque necesitaba que alguien pusiera fin de forma urgente a ese dolor insoportable. Sabía que era un tramposo pero deseaba resolver mi problema.
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Mis contradicciones eran lógicas. La alternativa era ir a un médico especialista, que me revisara y me diera las recetas para hacerme una radiografía y una resonancia magnética, como mínimo. Con los estudios en mano, volvería a verlo para escuchar un diagnóstico difuso, y que me indicara paciencia, kinesiología, reposo, y probablemente un antiinflamatorio parecido a la inyección mágica de mi osteópata. Si esa era mi mejor opción, no resultaba tan disparatado estar dispuesta a seguir poniéndome en manos de mi Jesús y sus milagros.
La necesidad de que alguien resolviera mis problemas de una vez por todas era el campo fértil para consentir aquel engaño. Aunque no siempre el problema es que los demás nos mienten. A veces elegimos no ver, creer a ciegas. Porque es más fácil no saber que hacernos cargo de lo que sabemos.
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¿Podemos culpar únicamente al engañador si percibimos que nos está mintiendo? ¿O será que con frecuencia el mentiroso tiene tanta responsabilidad como su víctima?
Pensé en todos los vínculos que tienen la misma dinámica, con alguien que termina muy decepcionado, incapaz de ver su propia responsabilidad en la desilusión, creyendo que tuvo mala suerte o que fue una víctima pasiva.
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¿Qué necesidades tan hondas nos llevan a aceptar algo que percibimos que es falso? ¿Cuál es el alivio que nos impulsa a creer ciertas mentiras?
Mi asistente, por ejemplo, sigue atendiéndose con este osteópata.
—A mí me funciona —me dice.
—¿Probaste dejar de darte la inyección?
—No, yo cumplo el tratamiento al pie de la letra –me contesta.
Todos tenemos derecho a no querer saber. Pero entonces, ¿somos tan víctimas como queremos creer?
* Juan Tonelli es escritor y speaker, autor del libro “Un paraguas contra un tsunami”.www.youtube.com/juantonelli
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