
Qué ironía. Me siento más encerrado acá afuera que cuando quedé atrapado a setecientos metros bajo tierra.
Tomar conciencia del derrumbe de la mina fue un golpe brutal. Tardé horas en dimensionar la situación, y cuando lo hice entendí que era muy probable que esos túneles se convirtiesen en nuestra tumba. Después de una semana de ingeniarnos para racionar los pocos víveres que teníamos, empezó a carcomernos la peor duda. ¿Seguirían buscándonos ahí afuera o ya nos habrían dado por muertos?
Durante los días que estuvimos incomunicados no nos sostuvo la esperanza, sino la fe. La esperanza es creer que las cosas finalmente van a salir bien. La fe, en cambio, es saber que hay alguien a cargo, que conduce las cosas que pasan en esta Tierra aunque no le encontremos sentido.
La primera señal del exterior llegó cuando llevábamos dos semanas atrapados y nuestras fuerzas físicas y emocionales empezaban a flaquear. Entonces todo cambió. Volvimos a creer, a estar vivos, a ver la luz al final del túnel.
Finalmente entré en esa cápsula que me llevó hasta la superficie. Pasé veintidós minutos subiendo, en los que sentí todo tipo de emociones. Pánico de que se produjese otro terremoto que me dejara atrapado a mitad de camino o me aplastara instantáneamente. Ansiedad ante la idea de que el cable de acero se cortara y la cápsula cayera hasta el fondo de la mina, lo cual era como caer desde un edificio más alto que el Empire State. Como dice ese refrán del fútbol: cuanto más cerca del arco, más lejos del gol.
No logré serenarme ni siquiera haciendo ejercicios de respiración, y tuve un ataque de pánico. Pero la cápsula, al igual que la vida, siguió su curso. No le importaba lo que yo sintiera, por suerte.
Cuando llegué a la superficie y abracé a mi mujer y a mis hijos, todo parecía haber llegado a su fin. Sin embargo el tiempo me mostraría que lo peor recién estaba empezando.
La presión de los medios y de los funcionarios nos enloqueció. Setenta días antes habíamos entrado a la mina San José como simples mineros, casi hermanos, y ahora parecíamos los Rolling Stones. De pronto éramos conocidos en todo el mundo. Héroes. Referentes. ¿De dónde había salido semejante confusión?
Dimos charlas y contamos nuestra proeza en muchísimos países pero en el fondo, no sabíamos dónde estábamos parados. Para peor, los recelos también habían salido a la superficie junto con nosotros.
Aquello que hubiera sido impensable a setecientos metros de profundidad, cuando solo nos preocupaba sobrevivir, se produjo cuando estuvimos a salvo: competir entre nosotros para ver quién era el mejor, especular con si lo que había dicho tal o cual a los medios era cierto, averiguar si al otro le pagaban más o menos por hacer una publicidad o dar una conferencia. Al volver a la superficie hubiéramos necesitado recuperar la normalidad, estar con nuestros familiares y amigos, lejos de cámaras, periodistas y políticos. Pero el show recién empezaba y debía continuar, a cualquier precio.
Yo amaba mi trabajo en la mina pero no pude seguir ejerciéndolo. Sin proponérmelo, me había convertido en una celebridad y había perdido lo que hasta ese momento le daba sentido a mi existencia: la confianza en mis compañeros.
Mi madre había muerto durante el parto, y sin saberlo me pasé la vida buscando una familia sustituta. La encontré siendo minero. La camaradería y la hermandad son todo cuando uno está bajo tierra. Ahí no hay jefes ni jerarquías. Todos somos iguales, hombres de carne y hueso que confiamos ciegamente unos en otros.
Y creo que esa es la verdadera felicidad. No se trata de la ausencia de peligros —que siempre van a estar—, sino sentirnos conectados con nosotros mismos y con las personas que queremos, en quienes confiamos.
Como minero encontré eso que no había podido tener durante la infancia. Y el derrumbe llevó al máximo esa hermandad, unión, contención y confianza mutua en un ambiente extremadamente hostil. Pero el regreso a la superficie, en vez de salvarnos, nos destruyó.
Hoy vivo con temor. Me cuesta dormir. En parte, se debe al estrés postraumático. A veces el trauma no termina cuando el peligro pasa, sino que por el contrario, ahí empieza. Estoy en alerta constante. Tengo miedo a lo que puede venir. ¿Qué pasa si nadie más quiere escuchar mis charlas? ¿De qué voy a vivir?
Y lo peor no es ese futuro incierto, sino este presente aislado de mis hermanos. Antes, cuando estaba en la mina, esas preocupaciones no existían. Vivía al día pero tenía compañeros en los que confiaba a ciegas. Estaba conectado, me sentía seguro junto a ellos aunque las condiciones fuesen muy difíciles. Ahora estoy a la intemperie, expulsado a una superficie hostil donde me siento aislado y vulnerable. Siento que perdí todo lo que tanto trabajo me había costado encontrar.
Este es mi verdadero infierno, no tener a nadie en quien confiar.
Soy huérfano por segunda vez.
Sin embargo, no soy el mismo que bajó a la mina aquel día. Tampoco soy el que salió de ella. Soy el que sobrevivió a ambos. Y aunque sigo buscando, hoy sé que no estoy perdido.
* Juan Tonelli es escritor y speaker, autor del libro “Un paraguas contra un tsunami”.www.youtube.com/juantonelli
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