
En Argentina, la desocupación entre jóvenes de 18 a 24 años ronda el 19%, casi el triple que la de la población adulta. Pero el verdadero desafío no se limita a cuántas personas jóvenes trabajan, sino a cómo y en qué condiciones lo hacen.
En los debates actuales sobre mercado laboral, distintos sectores advierten que la discusión no debería centrarse solo en la cantidad de empleos, sino también en su calidad. Esto implica analizar qué tipos de puestos se promueven, sus condiciones de sostenibilidad y desarrollo, y quiénes acceden a esas oportunidades.
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Según datos de la EPH e INDEC, la informalidad laboral alcanza al 43% del empleo total. Cuando se observa específicamente a la población joven, el escenario es aún más crítico: casi siete de cada diez jóvenes ocupados trabajan en condiciones informales. Es decir, sin aportes, sin estabilidad y sin protección social.
En paralelo, el sistema educativo tampoco logra garantizar trayectorias completas: de acuerdo con relevamientos de Argentinos por la Educación (2025), el 90% de las y los estudiantes no finaliza la escuela secundaria en tiempo y forma. Esto impacta directamente en la empleabilidad futura y profundiza desigualdades de origen.
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A nivel regional, la Organización Internacional del Trabajo registró el valor más bajo de desempleo juvenil de la última década. Sin embargo, esa mejora cuantitativa no necesariamente se traduce en empleos de calidad. El problema no es solo generar puestos de trabajo, sino garantizar que sean formales, sostenibles y accesibles para quienes más lo necesitan.

Una paradoja que interpela al mercado laboral
Mientras millones de jóvenes enfrentan barreras para acceder a su primera experiencia formal, el sector privado advierte dificultades para cubrir posiciones. Según IDEA (2025), el 94% de las empresas detecta brechas en habilidades, tanto técnicas como socioemocionales.
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La paradoja es clara: hay jóvenes buscando oportunidades y empresas buscando talento, pero el puente entre ambos no siempre existe. La Fundación EMPUJAR trabaja precisamente sobre esa brecha con tres ejes concretos: formación alineada a la demanda actual del sector privado, incorporando tanto habilidades técnicas como competencias socioemocionales; articulación directa con empresas; y enfoque territorial.

Cuando el primer empleo cambia una trayectoria
La historia de Nahir Ledezma permite poner rostro a estos números. Nahir tiene 23 años, vive en Lomas de Zamora con su familia y estudia enfermería en la Universidad de Buenos Aires. En julio de 2025 egresó del programa “Tu Empleo” en la sede Lanús de Fundación EMPUJAR y, tras varios intentos previos de inserción laboral, en 2026 comenzó a trabajar en Mercado Libre. Se trata de su primer empleo formal.
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“Nada de esto hubiera sido posible sin Fundación EMPUJAR, que cumple un rol fundamental acompañando a jóvenes, brindando herramientas reales, contención y oportunidades concretas. EMPUJAR es un puente hacia la movilidad social, especialmente para quienes muchas veces creemos que ‘no nos va a tocar’”, afirma.
Para Nahir, el empleo no representa únicamente un ingreso. “Este trabajo significa dignidad, estabilidad y futuro”, explica. “En un contexto donde ser joven implica cargar con estigmas, EMPUJAR nos ofreció lo más valioso: una oportunidad concreta y humana para crecer. Nos enseñaron que nuestras ideas no son tontas, que valemos, y que el esfuerzo acompañado puede transformar realidades”.
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Su experiencia refleja algo más profundo: cuando una persona joven accede a su primer empleo formal, no solo cambia su presente. Cambia su trayectoria completa. Se fortalecen sus redes, se amplían sus horizontes y se consolida un proyecto de vida con mayor autonomía.

El desafío estructural
La discusión sobre empleo juvenil necesita correrse del eje exclusivo del desempleo y enfocarse en tres dimensiones centrales: calidad, equidad y articulación.
Calidad, porque en un país con 42% de informalidad general, el desafío es que el primer empleo sea formal y con derechos. Equidad, porque el origen socioeconómico sigue determinando quién accede a oportunidades y quién queda afuera. Y articulación, porque la brecha entre lo que el sistema educativo produce y lo que el mercado demanda no se resuelve de manera espontánea.
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En un contexto donde el 94% de las empresas reconoce brechas en habilidades y donde la mayoría de las y los estudiantes no finaliza la secundaria en tiempo esperado, construir esos puentes no es solo una acción social: es una estrategia de desarrollo para el país.
Cuando formación, empresas y territorio logran conectarse, el empleo joven deja de ser un problema estructural para convertirse en una oportunidad de desarrollo productivo y movilidad social. La experiencia de Nahir no es una excepción aislada: es la evidencia de que, cuando existen puentes reales entre juventudes y sector privado, la inclusión laboral formal es posible.
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