Desde chico, Daniel Carunchio se crio en el negocio familiar: una funeraria. “Mi familia tenía una empresa muy conocida, Cochería Paraná, y hacíamos 1.200 funerales al mes. Así que viví ahí adentro”. Confiesa que no lo impulsó el amor por la profesión, sino la necesidad. Al principio, dice, le daba impresión tratar con cadáveres. Tomaba todas las medidas de bioseguridad que podía. “Pero después te vas acostumbrando”, admite.
La vida, sin embargo, le había señalado otro camino: soñaba con ser militar, pero los tatuajes le cerraron esa puerta. “Cuando fui al colegio, por los tatuajes no me dejaron entrar. Entonces me quedé en la funeraria, me quedé en el negocio familiar. Después se vendió y yo puse mi propia funeraria”, relata.
Se convirtió en un embalsamador tanatólogo, también conocido como un tanatopractor: el oficio de quienes se encargan de la preparación, conservación, higienización y restauración estética de los cuerpos de las personas fallecidas. Su propósito es ofrecerles a las familias una imagen decorosa y serena de sus seres queridos en su adiós. Maquilla y también, de ser necesario, reconstruye.
Hoy, además de atender servicios, da cursos y diplomaturas en tanatopraxia y dirección funeraria. “Son pocos los que se dedican porque te tiene que gustar, te tiene que gustar ayudar. Hay feos olores, hay cuerpos que vienen sucios… Los cambios son muy notables. Es una forma de ayudar”.

En su mundo no existen los horarios fijos ni los feriados. El teléfono es su alarma. Puede sonar mientras cena, duerme o comparte un momento familiar. “Trabajo todos los días, 24 horas, 365 días. Me llaman por una preparación y hay que ir”, repite, acostumbrado a vivir en estado de alerta. Su entorno ya no se sorprende. Están acostumbrados. “Mis amigos me conocen de toda la vida. Todos saben cómo es lo mío”.
El trabajo se transformó con el paso del tiempo. “Ahora ya tengo gente que me acompaña. Tenemos un equipo formado. Pero al principio era así. Era todo el día ir y venir. No existía el celular, teníamos radio, teníamos handy. Así que sí, hace mucho tiempo”, recuerda. Hoy, aunque delega y coordina, sigue atento a cada mensaje, a cada llamado que puede llegar en cualquier momento.
La economía del rubro es particular: la mayoría de los tanatopractores son autónomos y pueden facturar entre 30 y 40 casos por mes, sumando cifras que varían según la demanda y la urgencia. “No es un salario porque la mayoría son autónomos, son monotributistas, y pueden facturar entre 3 y 4 millones de pesos por mes, depende cómo te muevas y lo que hagas”, explica. Aun así, advierte: “Son pocos los que se dedican porque realmente te tiene que gustar ayudar. Es una forma de ayudar a otros en el peor momento”.

El proceso de trabajo es meticuloso y está rodeado de protocolos. Todo empieza revisando la documentación: el certificado de defunción firmado por un médico matriculado y registrado en el registro civil donde falleció esa persona, la autorización de la familia para trabajar sobre el cadáver y la planilla tanatoestética que detalla los deseos y necesidades sobre el cuerpo. “Nos dice si la abuela tenía un lunar, si hay que afeitarlo o hay que mantenerlo. Si se esmaltaba las uñas, de qué color, o si se pintaba los labios”, explica.
El objetivo es claro, comenta Daniel: “Se recuperan sus facciones naturales para que lo puedan despedir dignamente, sin contagio de enfermedades, sin olores, sin derrame de líquidos y, sobre todo, ayudando a la elaboración del duelo de esa familia que está en un momento de negación, de dolor, de ira por la pérdida de su ser querido”.
A lo largo de los años, el oficio le dejó una enseñanza vital. “Que hay que disfrutar todos los días, que hay que vivir el momento. Eso de, ‘no, mañana’, hoy. Mañana no sabés si te levantás”, reflexiona.
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