“Me enamoré cuando ya no pensaba volver a hacerlo”

Mi matrimonio y mi pareja posterior, habían sido, en teoría, para toda la vida. Y ahí estaba yo, separado las dos veces más allá de mis anhelos, juramentos y creencias. Si esas dos veces que habían sido “para siempre”, al final no lo fueron, ¿por qué no probar lo contrario en vez de pegarle un tiro preventivo a una relación que, supuestamente, no podía ser?

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"¿Y si mientras tanto vivimos
"¿Y si mientras tanto vivimos lo mucho que tenemos?", me dijo y me descolocó (Imagen Ilustrativa Infobae)

No entiendo cómo llegué hasta acá. Estoy en una relación que me encanta, pero no tiene futuro.

Llevaba un año separado después de estar muchos años en pareja. Mi plan era bastante previsible: darme un tiempo para entender bien qué había pasado en esa relación, recuperarme, y tener salidas sin grandes compromisos emocionales. Había apretado el botón de no enamorarme, como si fuera efectivo. Qué ingenuo.

En un restaurante al que iba a cenar con frecuencia solía atenderme una camarera que me llamaba mucho la atención. Además de ser muy linda, me resultaba atractiva por algo más que eso, como si estuviera rodeada de un halo de misterio. Por lo general solo intercambiábamos algunas palabras y sonrisas, sin pasar de ahí. Pero un día le anoté mi teléfono en un papel, y le dije que si tenía ganas, me escribiera. Nunca lo hizo.

Seguí yendo a ese restaurante, consciente de que aquella situación podía ser un poco incómoda para ambos, pero sin permitir que ese pequeño desaire definiera a dónde podía ir o dejar de ir a cenar.

Unos meses más tarde, empezó a hablarme más de lo que solíamos hacerlo antes de aquel desencuentro. Cuando me contó que estaba estudiando, se me hizo inevitable preguntarle su edad, porque me parecía que era grande para estar en la facultad. Casi me muero: tenía veinticuatro años menos que yo, la mitad de mi edad. Menos mal que no me escribió cuando le di mi celular, pensé.

Con cada cena nuestro diálogo se iba haciendo más profundo, hasta que un día pronunció las palabras críticas: "Anotá mi teléfono".

Lo anoté, y le mandé un mensaje para que me agendara, descontando que habría tirado el papelito que le había escrito con mi número meses atrás.

Durante el tiempo que llevaba separado había tenido varias “amigas con derechos”. Imaginé que nuestro vínculo podría ser algo así, alguien con quien compartir buenos momentos sin expectativas de futuro. Por otro lado, la diferencia de edad era insalvable, y además yo no estaba en condiciones de formar una nueva pareja. Esos planes que hacemos los seres humanos.

Todo circulaba por esos carriles hasta que me fui una semana a la Patagonia. Necesitaba estar solo, descansar, leer, pensar, pero después de algunos días, sentí ganas de compartir con alguien. ¿A quién invitar? Era un asunto delicado, porque una cosa es cenar y tener sexo, y otra muy distinta es dormir y despertarse con esa persona. Ni hablar de tener que hacerlo durante varios días.

Mi amigo Lolo me había contado algo que sintetizaba la situación en forma inmejorable.

—Siempre me despachás apenas terminamos de coger —le reprochó una amante—. Al menos pidamos unas empanadas, así compartimos algo más.

Lolo se comportó como un caballero y accedió.

—Y la verdad… las empanadas estuvieron de más —me confesó.

¿Con quién tenía ganas yo de compartir unas “empanadas”? Repasé mis opciones y las descarté. Con ninguna de mis amigas con derechos podría haber compartido algo más que la previa y el sexo. Aunque quizás con ella sí. Mi intuición e impulsividad me hicieron escribirle.

—Voy feliz —fue su respuesta, contundente.

Pasamos un fin de semana genial. Podría haber compartido muchas más empanadas y risottos y vinos con ella.

Al volver a Buenos Aires, me di cuenta de que nuestro vínculo había dado un salto inesperado. ¿Y esto, de dónde salió? Sin saber a dónde me llevaría semejante sinceramiento, se lo conté. Ella sentía lo mismo.

El tiempo fue pasando y nuestra relación creciendo. Para cuando llevábamos un año, era evidente que nos habíamos convertido en una pareja. El botón de no enamorarse no había funcionado. Y aunque habíamos acordado no ponerle ninguna etiqueta a lo que nos pasaba, la realidad decantaba por su propio peso.

—Somos como un yogur —le dije un día.

Ante su mueca extraña, me expliqué mejor.

—Tenemos fecha de vencimiento. Cuando estamos juntos, no siento la diferencia de edad. Pero te llevo veinticuatro años. Vos tenés todo por vivir y yo estoy en una etapa en la que quiero ver cómo puedo estar más tranquilo, tener menos responsabilidades. Y el punto crítico es que en algún momento vas a querer tener hijos, lo cual me parece excepcional, pero yo ya tengo y no quiero empezar de nuevo. Por eso, más tarde o más temprano, estamos condenados a separarnos.

—Más allá de la metáfora poco feliz —me respondió con su habitual soltura encantadora—, para mí falta mucho tiempo para querer tener hijos. ¿Y si mientras tanto vivimos lo mucho que tenemos?

Su planteo me descolocó.

Mi matrimonio y mi pareja posterior, habían sido, en teoría, para toda la vida. Y ahí estaba yo, separado las dos veces más allá de mis anhelos, juramentos y creencias. Si esas dos veces que habían sido “para siempre”, al final no lo fueron, ¿por qué no probar lo contrario en vez de pegarle un tiro preventivo a una relación que, supuestamente, no podía ser?

Pensé en mis miedos. El primero de todos, el miedo a sufrir. También, a no tener la fuerza necesaria para decir que no más adelante. O a verme envuelto en una telaraña emocional, en una situación fuera de mis planes de vida.

¿Y si vivir sin garantías fuera la única manera real de vivir? Borges decía que tenemos que vivir como si construyéramos sobre roca, sabiendo que siempre construimos sobre arena.

¿Qué pasaría si en vez de preguntarme cuánto va a durar, me preguntara cuánto me puede transformar esta experiencia?

¿Y si en vez de preocuparme tanto por el destino, me animara al viaje?

Días después encontré un poema de Rilke que me conmovió.

Sé paciente con todo lo que aún no está resuelto en tu corazón.

Trata de amar tus propias dudas.

No busques las respuestas que no se pueden dar, porque no serías capaz de soportarlas.

Lo importante es vivirlo todo.

Vive ahora las preguntas.

Tal vez así, poco a poco, sin darte cuenta, puedas algún día vivir las respuestas.

Y eso hicimos.

*

La ilusión de controlar lo que sentimos es eso: una ilusión.

Las certezas absolutas son más frágiles que lo que se construye en lo transitorio.

El temor al dolor futuro nos impide disfrutar y vivir el presente.

*Juan Tonelli es escritor y speaker, autor del libro “Un paraguas contra un tsunami”. www.youtube.com/juantonelli

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