
“Condené a mi hijo de por vida a explicar cómo se escribe su nombre”. La frase sale de la boca de Eduardo Moyano (47) entre risas, como un 'mea culpa’ cargado de orgullo. Es la confesión de un padre que, junto a su pareja Valeria (44), tomó una decisión que marcaría la identidad de su hijo para siempre: cambiar una sola letra de una denominación tradicional para crear un nombre casi único.
Pero detrás de la anécdota del nombre “Pruno”, que no es “Bruno”, se esconde una historia mucho más profunda: una que habla de un amor improbable nacido en la era digital, de reencuentros que desafiaron una pandemia y, sobre todo, de la lucha feroz por un pequeño corazón que recién empezaba a latir.
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La forma en que Eduardo y Valeria se conocieron fue escrita por el algoritmo de una red social. Corría el 2018 cuando, sin amigos en común ni una explicación lógica, sus perfiles de Facebook se cruzaron. “Hasta el día de hoy no sabemos quién agregó a quién”, recordó Eduardo en diálogo con Infobae.

Él, desde Lanús; ella, desde Ranelagh, en la otra punta de la zona sur. La chispa no la encendió un “me gusta” o un comentario casual, sino una broma. “Como vi que siempre subía fotos de su perro salchicha, vi un meme y aproveché para mandárselo. Ese fue el puntapié inicial para romper el hielo”, contó.
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La conversación fluyó y la conexión fue inmediata. Como un caballero de otros tiempos, Eduardo se acercó a Quilmes para la primera cita. Hubo un segundo encuentro y todo parecía encaminado, pero entonces el mundo se detuvo. La pandemia de 2020 los encontró separados, cada uno lidiando con sus propias realidades y el contacto, inexplicablemente, se perdió. Ella, con sus dos hijos adolescentes de una relación anterior; él, con su rutina. “Cada uno estaba en sus cosas”, resumió Eduardo.
Pero el destino digital tenía otros planes. A fines de 2021, las redes volvieron a unirlos. Esta vez, no hubo dudas ni tiempo que perder. “Ahí ya cuando volvimos, no nos separamos más”, afirmó. Valeria tomó la decisión de mudarse a Lanús y la pareja comenzó a recuperar el tiempo perdido a una velocidad vertiginosa.
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Tan rápido que, en 2022, llegó una noticia que lo cambiaría todo: Valeria estaba embarazada. “No fue ni buscado ni planeado, pero cuando llegó la noticia, yo me puse recontento. Ella también... bueno, ella más o menos”, admitió Eduardo con sinceridad, reconociendo el desafío que significaba para su pareja volver a empezar con pañales y mamaderas.
El embarazo no fue un camino de rosas. Un hematoma en el útero de Valeria la obligó a hacer reposo absoluto. Fue la primera prueba de fuego para la pareja. “Por suerte, el hematoma desapareció con el paso de los meses y el último tramo pudo hacer una vida normal”, relató Eduardo.
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La fecha de parto original no cayó nada bien: todo indicaba que Pruno nacería el 1 de enero. Pero el bebé aguantó y decidió llegar al mundo el 3 de enero de 2023.

Su nacimiento estuvo marcado por la euforia colectiva que todavía se respiraba en el país. Apenas unas semanas antes, Argentina había ganado la Copa del Mundo en Qatar. “Viste que se dice que los bebés vienen con un pan bajo el brazo... bueno, este vino con la copa debajo del brazo”, se enorgulleció Eduardo sobre esa alegría, que era doblemente inmensa.
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Cómo fue la elección del nombre
Antes de saber el sexo, la pareja ya tenía un nombre decidido si era nena: Alice, en honor a “Alice in Chains”, una de las bandas de los noventa que marcó a su generación. “Somos de la Generación X”, aclaró Eduardo.
Pero la primera ecografía fue contundente y no dejó lugar al misterio: era un varón. Fue entonces cuando surgió la idea que Eduardo ya tenía en mente. “Como Valeria y yo somos fanáticos de una banda llamada ”Stone Temple Pilots", que tienen un tema llamado así, le consulté y me dijo: ‘Sí, ¡uy, qué bueno!’. Enganchó enseguida”, aseguró. El nombre sería Pruno.
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La familia y los amigos quedaron desconcertados. “¿No se van a confundir con Bruno?”, era la pregunta recurrente. “No te voy a negar que en un momento se nos cruzó por la cabeza, pero después no le dimos importancia”, dijo con convicción.
En el Registro Civil de Lanús, la empleada que los atendió anotó “Pruno Patricio Moyano” sin inmutarse. “Me imagino que no dijo nada por respeto y porque debe escuchar muchísimos nombres insólitos”, admitió Eduardo, quien ya había ido preparado para escuchar algún comentario al respecto.
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Más allá de la inspiración musical, Eduardo descubrió que el nombre tenía significados inesperados. “En latín, Pruno está directamente relacionado con la palabra Prunus, que es el nombre del género de árboles y arbustos que incluye al ciruelo“.
Además, encontró la historia de un pueblo del sur de Italia, también llamado Pruno, que está relacionado con un evento astronómico muy particular. “El Monte Pruno, cerca del pueblo de Roscigno es un lugar clave para observar el solsticio de invierno. Allí hay una roca con agujero en el medio, conocida localmente como el “Occhialone” (el gran anteojo), desde la cual se puede contemplar la trayectoria baja del sol", precisó Eduardo. Esto ocurre entre el 21 y 22 de diciembre de cada año, muy cerca de la fecha en que nació Pruno.
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La batalla más difícil
La felicidad del nacimiento pronto se vio empañada por un diagnóstico que heló la sangre de la familia. A Pruno le detectaron una cardiopatía congénita, una falla de comunicación interventricular (CIV). Se trata de un orificio en el tabique que separa los ventrículos (cámaras inferiores) del corazón, permitiendo que la sangre oxigenada pase del lado izquierdo al derecho, lo que sobrecarga el corazón y los pulmones.
La noticia fue un golpe devastador: su hijo necesitaba una operación a corazón abierto a los cuatro meses de vida. “La alegría del nacimiento se mezcló con el diagnóstico del médico: ‘Si no lo operamos, puede pasar algo grave’. Fue un momento muy difícil”, recordó Eduardo con la voz todavía quebrada.
La espera fue una tortura. El día de la cirugía, dejaron a su bebé en el quirófano a las ocho de la mañana y no tuvieron noticias hasta las dos de la tarde. “Te dicen que hay un 99.9% de probabilidades de que salga todo bien, pero nosotros no podíamos sacarnos de la cabeza ese 0.01%”, confesó. Esas seis horas fueron las más largas de sus vidas.

Pero Pruno demostró ser un luchador. La operación fue un éxito. Salió sin necesidad de medicación permanente, y luego fue el consuelo de su madre el que lo ayudó a superar el postoperatorio. Hoy, una cicatriz en su pecho es el testimonio silencioso de su increíble fortaleza. “Por suerte quedó perfecto, puede hacer vida normal. Ahora lo estamos disfrutando. Pruno es un salvaje”, dijo Eduardo, aliviado, sobre lo activo que es hijo.
Hoy, Pruno está a punto de cumplir dos años y medio. Es un niño alegre, que se hace entender aunque todavía no se larga a hablar del todo. Responde a su nombre, pero cuando le preguntan cómo se llama, “cambia absolutamente de tema”, admitió Eduardo, un poco desconcertado.
Vive rodeado del amor de sus padres y de sus dos medio hermanos adolescentes, con quienes tiene una excelente relación. Quizás, cuando sea más grande, reniegue de tener que deletrear la “P” inicial de su nombre una y otra vez. Pero cuando Eduardo y Valeria le cuenten su historia, la de un amor que venció la distancia, la de un corazón valiente que luchó para seguir latiendo y la de un nombre que simboliza todo eso, seguramente entenderá que Pruno es mucho más que un nombre: es un emblema de vida.
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