Hacía semanas que sus médicos le insistían en que delegase temporalmente la presidencia a fin de que pudieran atender más en profundidad sus afecciones, pero Juan Domingo Perón, de 78 años, decía que prefería morir con las botas puestas.
Los médicos debieron lidiar con el cerco impuesto por su intrigante secretario privado José López Rega, quien negaba la realidad con insólitos argumentos esotéricos. Hacía tiempo que Perón era un paciente cardíaco de riesgo, con coronarias obstruidas y, además, sufría trastornos urológicos.
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Fue Isabel quien dispuso que un equipo de cardiólogos estuviese siempre a su lado. Había sufrido un infarto en noviembre de 1972, cuando se produjo su regreso al país luego de 17 años de exilio. Y exactamente un año después tuvo una aguda crisis, de la que lo sacó casi de milagro el doctor Julio Lagleyze, que vivía cerca de la residencia de Gaspar Campos en Vicente López.
Irremediablemente su salud declinaba día a día y permanecía recluido en la Quinta de Olivos, hasta que la mañana del 15 de abril se levantó con el ánimo suficiente para concurrir a la Casa Rosada.
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Viajes sin sentido
No se tomaron las previsiones acordes a un paciente de su gravedad: el 17 de mayo estuvo en la ventosa cubierta del portaaviones 25 de Mayo en la inspección de la Flota de Mar en Bahía Blanca y el 6 de junio viajó al Paraguay, a instancias de López Rega, quien le había armado un encuentro con Alfredo Stroessner. En un momento, Perón pensó en llamar al dictador paraguayo para cancelar la visita, pero fue convencido de lo contrario por su esposa Isabel y por López Rega.
Allí soportó mal tiempo, con una seguidilla de actos al aire libre. Cuando regresó el 7, su semblante lo decía todo. Estaba pálido, ojeroso y demacrado.
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Los días contados
El 8 de junio fue la última vez que Perón se vio con Ricardo Balbín, el jefe del radicalismo. Desde su regreso al país, esos viejos enemigos habían construido una relación amistosa, muy lejana a ese primer peronismo en que Balbín había terminado preso. Fue en la Casa Rosada y hablaron durante una hora y media.
El presidente le confesó que tenía los días contados, que era consciente que el viaje al Paraguay había sido un error. También le aseguró que los partidos de oposición estaban trabajando mejor que su propia agrupación.
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Lo que a Balbín le llamó la atención es que Perón tomaba nota de sus comentarios, algo que no había hecho en sus encuentros anteriores. Muchos de esos conceptos le serían familiares al radical cuando lo escuchó a Perón en su último discurso, el del 12 de junio.
El 11 de junio, la CGT dio a conocer un comunicado en el que pedía “el normal aprovisionamiento del mercado y el cumplimiento de los precios máximos”. Asimismo, el canciller Vignes le acercó un memorándum británico, que estudiaba la posibilidad de establecer un condominio en Malvinas, con una administración compartida entre Gran Bretaña y Argentina y con las dos banderas flameando en las islas.
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Sin embargo, había cuestiones más urgentes que resolver, como el complicado frente económico y un clima de violencia que no daba tregua. Había sido el propio López Rega quien deslizó la posibilidad de una posible renuncia del presidente, si no se llegaban a los acuerdos que garantizasen la gobernabilidad.

El miércoles 12 de junio Perón había calentado motores cuando, en un mensaje por cadena oficial de radio y televisión, se refirió a pequeñas sectas que “se empeñan en destruir nuestro proceso”. Apuntó a los empresarios por el desabastecimiento y calificó de “oligarcas” a los diarios, que informaban sobre el problema de la escasez y el mercado negro. Remarcó que había hecho un gran sacrificio para servir al país, que ya habían pasado los días de exclamar “la vida por Perón” y que había que defender todo lo conquistado.
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Es que el Pacto Económico y Social ideado por su ministro de economía José Gelbard había comenzado a tambalear por la inflación y su idea de unidad nacional no había llegado a ningún lado.
La reacción de la CGT fue instantánea: declaró un paro general y convocó a todo el mundo a la Plaza de Mayo para esa misma tarde. Mientras corría la noticia de que el gabinete había renunciado en pleno para facilitarle las cosas al presidente, la gente colmó la plaza. Perón salió a las cinco y media de la tarde.
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En lo que sería su última aparición en el mítico balcón de la Casa Rosada, lo haría detrás de un vidrio blindado. Abrigado con un sobretodo espigado de solapas negras, soportó temperaturas inferiores a los diez grados. Estaba engripado.
Detalles del discurso
Insistió en los que pretendían desviar al gobierno del rumbo tomado, y que no se dejaría influir ni por los de la derecha ni por los de izquierda. “Sabemos que tenemos enemigos que han comenzado a mostrar sus uñas. Pero también sabemos que tenemos a nuestro lado al pueblo, y cuando éste se decide a la lucha, suele ser invencible”.
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Aludió a los especuladores y a los aprovechados y llamó a la gente de vigilar a ese tipo de personas. “El gobierno del pueblo es manso y es tolerante, pero nuestros enemigos deben saber que tampoco somos tontos”, expresó.
Que las consignas las defendería hasta el último aliento y subrayó que continuaría trabajando por el país para liberarlo, y pidió comprensión.
Dijo que quedaría grabado en su retina “ese maravilloso espectáculo”. Su frase emblemática fue: “Llevo en mis oídos la más maravillosa música que, para mí, es la palabra del pueblo argentino”. Todo había durado 13 minutos.
Luego del discurso, regresó a Olivos en helicóptero. Enseguida sintió puntadas en el pecho que fueron calmadas con vasodilatadores.
Aún así, dos días después su esposa junto a López Rega volaron a Ginebra, donde la mujer hablaría en la Organización Internacional del Trabajo y luego visitaría España, Suiza e Italia, donde iba a ser recibida por el papa Paulo VI.
El 26 de junio Isabel, luego de haber estado en el Vaticano, fue llamada para que regresase, ya que su marido estaba realmente mal. Su esposo el presidente se esta muriendo y ella debería tomar las riendas de un país desbocado por una crisis económica social y por una violencia que no daba respiro.
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