
Un joven se encontró con un anciano y le preguntó si lo recordaba. Al recibir una respuesta negativa, el joven explicó que había sido su alumno y que, inspirado por él, se había convertido en profesor. Intrigado, el anciano le preguntó qué había hecho para motivarlo.
El joven relató entonces un episodio que marcó su vida. Un día, en clase, robó el reloj de un compañero. Cuando el robo fue descubierto, el profesor –ese anciano que ahora tenía frente a sí– cerró la puerta del aula y pidió a todos que se pusieran de pie y cerraran los ojos. Luego, uno por uno, revisó sus bolsillos hasta encontrar el reloj, que devolvió sin señalar al culpable ni mencionar el incidente jamás.
“Ese día, usted salvó mi dignidad para siempre”, dijo el joven. “Me enseñó que para corregir no hace falta humillar. Me mostró que un verdadero maestro guía sin destruir. Entendí el valor de la integridad gracias a usted”.
El anciano sonrió y respondió: “Recuerdo el episodio, pero no te recordaba a ti… porque yo también cerré los ojos mientras buscaba”.
Este relato, simple y directo, encierra una de las enseñanzas más poderosas sobre el vínculo entre adultos y niños: la posibilidad de corregir sin herir, de señalar el error sin marcar de por vida.

Los adultos estamos acostumbrados a subrayar las fallas. Criamos y educamos con la lupa puesta en lo que falta, en lo que está mal, en lo que “debería ser”. Muchas veces, con la mejor intención, nos convertimos en jueces implacables, convencidos de que solo al exponer el error con crudeza lograremos que no se repita. Pero, ¿cuántas veces logramos realmente cambiar algo con esa mirada? ¿Cuántas veces, en lugar de ayudar, terminamos dejando una marca que lastima más de lo que enseña?
El maestro del cuento entendió algo esencial: la verdadera enseñanza no está en el castigo, sino en la oportunidad de redimirse. Devolvió el reloj sin exponer al culpable, le mostró que aún tenía la posibilidad de ser alguien distinto, de no quedar atrapado en la etiqueta de “ladrón”. Y en ese gesto, en ese silencio, en esa confianza implícita, transformó una vida.
Anthony de Mello cuenta una historia que parece hablar de otra cosa, pero en el fondo dice lo mismo.
Un hombre tenía un perro rottweiler que enfermó. El veterinario le indicó que debía tomar aceite de ricino, así que el dueño compró el jarabe y, al llegar a casa, se enfrentó a un desafío: cómo dárselo. Sujetó al perro con fuerza entre las piernas, intentó abrirle la boca y, mientras forcejeaban, el frasco salió volando. Frustrado, el hombre fue a buscar un trapo para limpiar el piso. Cuando regresó, se llevó una sorpresa: el perro había lamido el jarabe por su cuenta.
De Mello concluye que el problema no era la medicina, sino la forma de suministrarla. A nadie le gusta que le impongan las cosas a la fuerza. La violencia, incluso la verbal, nunca educa; solo genera resistencia.
Si esto es así con un perro, ¿cuánto más con un niño o un adolescente?
¿Qué pasa cuando intentamos “corregir” con castigos y humillaciones? ¿Cuándo dejamos de ver la esencia de quien tenemos enfrente y solo lo reducimos a sus errores? ¿Cuánto podríamos transformar si, en vez de imponer, confiáramos en la capacidad del otro para aprender por sí mismo?
* Juan Tonelli es speaker y escritor. El texto es parte del libro “Un elefante en el living, historias sobre lo que sentimos y no nos animamos a hablar”. www.youtube.com/juantonelli
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