
Era una chica distinta. Les confesaba a sus compañeros japoneses de escuela, a la que iba a caballo, que su sueño era ser Juana de Arco, y que si dispondría de un ejército, conquistaría China, su país natal. Atractiva, se distinguiría por usar ropa de hombre, look que acompañaba con un corte de pelo bien a lo varón. Insistía en que quería dejar de ser una mujer, quizás en una estrategia para ahuyentar a la nube de candidatos que siempre tenía a su alrededor.
Yoshiko Kawashima nació en China con el nombre de Aisin Gioro Xianyu el 24 de mayo de 1909. Era una de los 38 hijos del príncipe manchú Shanqi, emparentado con la dinastía Qing. Casado y con cuatro concubinas, Shanqui tuvo 21 hijos y 17 hijas y, sin lugar a dudas, Yoshiko fue de las más famosas.
Cuando la chica había nacido, la dinastía Qing había perdido su antiguo esplendor y poderío que había ganado luego de imponerse a la dinastía Ming. El golpe de gracia lo recibió cuando a finales de 1911 la revolución del político, militar y médico Sun Yat-sen estableció la República de China y el emperador debió irse a su casa.

Esa revolución trajo consecuencias impensadas. Yoshiko, que aún se llamaba Aisin Gioro Xianyu, era una criatura cuando fue enviada al Japón, donde vivió con Naniwa Kawashima, un amigo de su papá. Allí su padre adoptivo le cambió el nombre por el que llevaba cunado se haría famosa.
Le quedaban pocos de sus afectos. En 1921 su papá falleció y su mamá se suicidó para seguir a su marido. No había cumplido la mayoría de edad cuando fue abusada por su abuelo adoptivo y tiempo después mantuvo una relación con el hombre que le había abierto las puertas de su casa.
Esa chica poco convencional para las rígidas costumbres japonesas, daba que hablar. Su larga serie de relaciones efímeras llevaron a la familia a concertar un matrimonio para que sentase cabeza. Eligieron a Ganjuurjab, un príncipe mongol, hijo de un respetado general que integraba un movimiento independentista.
Sin embargo, su status de casada no la limitó y continuó su vida de soltera, y se divorció dos años después. Fue cuando dejó Tokio y con una mano atrás y otra adelante y viajó a Shangai, un importante centro urbano. A los 24 años, carecía de relaciones, amigos y de ingresos, y solía vérsela por locales nocturnos.
En ese tiempo fue contactada por el ejército japonés de Kwantung, territorio ubicado en el noreste de China. En 1894, los japoneses habían ido a la guerra con China, y lograron victorias tanto en tierra como en el mar, y así fue como desde 1905 ocupó la región de Manchuria, además de Corea y de las islas de Formosa y Pescadores.
Para ellos, Kawashima era perfecta. Era una princesa, había tenido una educación acorde, y por su estilo de vida frecuentaba diversos ámbitos. Sumó, además, esa capacidad de vestirse como un hombre. Fue reclutada por el servicio secreto japonés.
En esa ciudad, mantuvo una relación con el oficial de inteligencia y agregado militar Ryukichi Tanaka, de aceitados contactos en la nobleza y en el ámbito militar.

Vestía como hombre, a veces con uniforme militar, y entre sus amantes se contaban tanto a hombres como mujeres. Trabajó bajo las órdenes del general Kenji Doihara quien, desde su salida de la academia militar, residía en China. Hablaba fluido chino mandarín y conocía al detalle la cultura y las costumbres del país, lo que le valió el mote de “Lawrence de Manchuria”.
Kawashima fue de inestimable valor. Cuando se planeó reponer al ex emperador Puyi, de la dinastía Qin, y colocar en Manchuria un gobierno que pueda ser manejado por Japón, fue ella quien lo convenció de que viajase. Puyi había abdicado en enero de 1912, y en un hecho inédito, por un edicto comunicó que entregaba el poder al pueblo y terminaba con cuatro mil años de emperadores en ese país. Los japoneses proclamaron la independencia de Manchuria, a la que llamaron Manchukúo. Solamente El Salvador, en 1934, reconoció su independencia.
Además, la mujer participó de operaciones de sabotaje para generar disturbios, y que diera las excusas perfectas a los japoneses a intervenir.
También peleó como un soldado más en la Manchuria japonesa contra la resistencia china y con el correr del tiempo armó una considerable fuerza de caballería de unos miles de hombres, muchos marginales de la ley. Recibió heridas de bala en tres oportunidades.
Su fama trascendió a Japón, quien buscó sacar el máximo provecho. En ese país se publicó una novela sobre su vida, con hechos sobredimensionados y otros ficticios y cuando viajaba al Japón los medios la buscaban para entrevistarla, y hasta se asegura que grabó un disco con canciones populares mongolas.
Sin embargo, el gobierno japonés tomó conciencia que la mujer se le había ido de las manos: su carácter libre e independiente la hacía poco confiable en las misiones, cuestionaba órdenes, y su alta exposición la invalidaba para futuras acciones de espionaje.
Tampoco ayudaba el hecho de que se dedicaba a la industria del chantaje. Entonces, el general Hayao Tada, a quien se contó como uno de sus tantos amantes, la envió al Japón con arresto domiciliario.
Padecía sífilis, y era adicta al opio y a la morfina. Cuando fue liberada, decidió regresar a China, donde se las arregló para conseguir protección del ejército japonés.
Las bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki fueron el fin de Japón en la guerra. El 8 de agosto de 1945 los soviéticos ocuparon la Manchuria japonesa y la suerte de Yoshiko cambió, cuando el 11 de noviembre de 1945 fue arrestada por la Oficina de Investigación y Estadística del Consejo Militar de la República de China y encerrada en la prisión de la provincia de Hebei.

Llamándola por su nombre chino, le sustanciaron un proceso por traidora a la raza, y la justicia rechazó el pedido de la defensa de juzgarla como criminal de guerra.
Su fama le jugó en contra, porque la justicia usó como prueba la propaganda de guerra, las habladurías y el material inventado sobre su vida.
La opinión pública ya había dado su veredicto: pedían la pena de muerte para ella. El 22 de octubre de 1947 fue sentenciada a muerte y el 25 de marzo del año siguiente, recibió un disparo en la nuca en el patio de la prisión. Su cuerpo fue exhibido públicamente.
Fue un compasivo monje japonés quien recuperó el cadáver y mandó a cremarlo. Sus cenizas fueron enviadas a su familia adoptiva y depositadas en el templo Shorinji en Matsumoto, en Japón.

Enseguida, corrieron versiones de que ella, mediante sobornos, había eludido la pena capital, y que otra mujer había sido ejecutada en su lugar. Su rostro deformado y ensangrentado que la hacían irreconocible, alimentaron las sospechas, de que había pasado a la clandestinidad y que se dedicaba a la instrucción de espías.
Y un par de décadas después una artista plástica mostró pertenencias de la “Mata Hari de Oriente”, asegurando que eran de una abuela a la que ella había conocido. Misterios que aún permanecen en lo más oscuro de la historia y que invitan a ser descubiertos.
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