“Todos los sábados mi abuelo me llevaba a pasear en el tranvía. Vivíamos en La Paternal y sobre Avenida San Martín tomábamos la línea 86, que terminaba en la estación Villa Devoto del Ferrocarril San Martín, y la diversión era ver pasar los trenes e ir a la placita. Después, para redondear la fiesta, me llevaba a comer pizza”. Raúl Bernater se emociona con sus recuerdos mientras regresa a aquellas tardes entre 1961 y 1963 al lado de don Mauricio Voijanske.
Desde que nació, en 1952, vivieron juntos en la casa familiar y su abuelo fue su compinche de la infancia. Como de niño era bastante travieso, esas salidas que les llevaba el día completo, lo cansaba bastante y al regresar no podía hacer más que dormir.
Fue tanta la añoranza de esos momentos que comenzó a buscar información y, gracias a las redes sociales, en 2017, supo de la Asociación Amigos del Tranvía. Ese mismo fin de semana se acercó para dar su primer paseo después de tantos años y el recuerdo del abuelo -a quien se siente aún muy unido- se hizo presente.
“Recordé cuando nos subíamos y él le pedía los boletos al guarda; y comenzaba nuestra odisea”, revive. Fueron muy pocos los viajes que hizo como pasajero. Animado por las emociones, un día se animó, se acercó al maquinista y le preguntó cómo podría colaborar con la asociación sin fines de lucro en la que todo es ad honorem. Así, con 65 años, inició sus nuevas aventuras aunque esta vez el maquinista es él y a veces lleva de paseo a su nieto Lucio.

Los años dorados
Mauricio Voijanske llegó a la Argentina muy joven y ya casado con la abuela de Raúl, de origen suizo, inició su vida en el país. Salió de su lugar natal escapando de la persecución a los judíos. Primero vivieron en Entre Ríos y luego en Buenos Aires.
“Yo crecí en la casa de mi abuelo y cuando mi mamá se casa con mi papá se quedan viviendo ahí, y claro, el abuelo vivía con nosotros, eso facilitaba que los sábados pudiera llevarme a pasear. Estábamos a media cuadra de la Avenida San Martín, por donde pasaba el tranvía 86, y a dos cuadras del puente de esa avenida, cerca a Agronomía. Ya en el puente comenzaba la aventura porque, claro, ¡tenía que subir el puente y para mí era como una montaña rusa!”, recuerda.
Y el abuelo se ocupaba de hacer que cada uno de los paseos fuesen únicos. “Él hacía todo lo posible para que el nieto estuviera feliz y lo pasara bien. Estábamos un montón de tiempo caminando, charlando y cuando llegábamos al final del recorrido de la estación de Devoto, pasábamos otro montón de tiempo allí y cuando me cansaba, me llevaba a la plaza, cuando me cansaba de la plaza, emprendíamos el regreso... Llegaba a casa y me iba directo a la cama. ¡Quedaba muerto!”.

Raúl nunca quiso ser maquinista ni había pensado en manejar un tren. “Lo que nunca se imaginó mi abuelo, ni yo tampoco, era que a los 65 años iba a tener la posibilidad de conocer esta Asociación y aprender a manejar el tranvía... ¡Ese tranvía en el que él me llevaba a pasear y hoy puedo manejarlo! Tengo mi licencia, claro, y cada vez que subo lo recuerdo. La gente me pregunta siempre si yo había trabajado antes en el tranvía, sin hacer la asociación del tiempo... Le digo que yo era chiquito en esa época”, aclara entre risas.
Agradecido, reconoce: “La gente que viaja los fines de semana, que son unas 800 personas, valora mucho los que hacemos porque todos nosotros somos voluntarios, ninguno cobra nada. Participamos de esto porque nos gusta, porque queremos transmitir la importancia de este medio de transporte”.
A modo de homenaje, y para hacer completa la experiencia, los visitantes del tranvía reciben sus boletos de viaje que son iguales a los de antaño. Además, sirve como seguro de viaje.

Por amor al tranvía
El primer tranvía salió a las calles en 1863, tirado por caballos; en 1897 circuló el primero eléctrico y en 1963 dejó de utilizarse como medio de transporte público en Buenos Aires. Su época de auge fue entre 1920 y 1940. Por sus características, hoy sería considerado como un medio ecológico porque no emite gases de efecto invernadero y el Gobierno porteño analiza proyectos para reincorporarlo a la Ciudad como opción de transporte moderno. El tranvía es ecológico y se alimenta de la red eléctrica del subte porteño y a través del tendido que cuelga a más de cuatro metros
Desde hace siete años, Raúl Bernater llega a la esquina de Emilio Mitre y José Bonifacio para comenzar un nuevo recorrido por algunas calles del barrio porteño de Caballito. Es miembro de la comisión directiva de la Asociación Amigos del Tranvía y motorman, pero sobre todas las cosas, un apasionado por este transporte que transitó durante 100 años por la ciudad de Buenos Aires.
Aquella tarde que se acercó por primera vez a la Asociación, supo que primero podría ser guarda, que sería algo así como el primer escalafón, luego motorman (lo que implica un largo curso de prácticas y teoría) y relator, que es el que le cuenta al público la parte histórica.
Así comenzó hasta llegar a ser maquinista y cada fin de semana se convierte en uno de los que está a cargo del recorrido y recibe a las 30 personas que llegan desde distintas partes del mundo y también a los vecinos de la Ciudad. “De los viajes participan familias completas: los abuelos quieren que sus hijos y sus nietos conozcan de qué manera viajaban cuando eran jóvenes”, asegura el socio vitalicio de Argentino Juniors.
Esta Asociación fue fundada en 1976 por un grupo de entusiastas “que quería retomar el legado del tranvía que durante 100 años había circulado en la Ciudad de Buenos Aires, con la idea de recuperar el patrimonio tranviario argentino”, explica.
Cuatro años más tarde, la primera unidad, recién salida del Taller Polvorín, donde dormían todas las noches las históricas formaciones de la Línea A del subte, volvió a las calles. En ese lugar, las máquinas reciben mantenimiento y además reciben restauración una veintena de coches. Ocho de ellos son los que, alternadamente y con el visto bueno del equipo de mecánicos, salen a hacer un paseo turístico.
“Conservamos en las condiciones originales todas las unidades, teniendo en cuenta que muchas de ellas tienen cien o más años de antigüedad”, agrega Raúl y explica que uno de los tranvías que conduce por las calles de Caballito llegó desde Oporto, Portugal, y tiene 96 años. Por fuera es amarillo claro y, desde sus ventanillas, celebra el cumpleaños 203 del barrio que lo acoge. Adelante y atrás están las cabinas en las que van el motorman y el guarda, encargado de avisar si hay algún impedimento para circular.
En las dos puntas tiene campanas por las que se comunican los operarios y unas puertas corredizas los separan de los pasajeros. Por dentro, la madera oscura y barnizada abraza los asientos de cuero marrón. Un poco más arriba, unas cartulinas dan más detalles de la unidad: arribó a la Argentina en 1982 y que un año más tarde, remodelación mediante, la Asociación la puso en funcionamiento. “En otros lugares del mundo, los tranvías históricos están recluidos en parques y nosotros seguimos circulando en la calle”, cuenta orgulloso.
El recorrido dura unos 20 minutos, es gratuito e inicia en la esquina de Bonifacio y Emilio Mitre, continúa hasta Avenida Rivadavia, regresa por Hortiguera y Avenida Directorio. Este paseo, cuenta, se puede hacer todos los domingos entre las 10 a 13 horas: el resto de la tarde, el horario depende de la estación del año: en verano, funciona sábados, domingos y feriados, de 17 a 20 horas.
“Todo esto lo hacemos por amor al tranvía, nada más”, finaliza.
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