
En el corazón de Villa del Parque trabajaba incansablemente y en silencio el enemigo público número uno de las tabacaleras, ya que había sido el primero en el país en asociar el consumo del tabaco con el cáncer. Se llamaba Angel Honorio Roffo y sus estudios sobre esta enfermedad, de relevancia mundial, hicieron que incluso fuera tanto o más conocido en Europa que en su propio país.
Había nacido en Buenos Aires el 30 de diciembre de 1881. Se graduó de médico con la tesis “El cáncer, contribución a su estudio”. Mientras ejercía la docencia en la facultad, se dedicó de pleno a la investigación de esta enfermedad, que lo colocó en el principal referente en América Latina.
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Empezó sus investigaciones sobre el cáncer cuando nombrar la palabra era tabú. Junto a su esposa Helena Larroque fundaron el primer centro oncológico de América Latina y el segundo en el mundo, en tiempos en que poco se sabía y muchos eran los temores.
Ella era de Concepción del Uruguay, donde nació en 1882 y era nieta de Alberto Larroque, el mítico director del Colegio que allí funcionaba y donde se habían formado varios presidentes.
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Había completado estudios de ciencias naturales, matemáticas, historia y filosofía y luego entró a estudiar medicina. En la cátedra de anatomía patológica que dictaba el doctor Telémaco Susini conoció a quien sería su esposo. Helena era una alumna brillante, pero enfermó de fiebre tifoidea y no pudo concluir sus estudios. Se dedicó a investigar junto a su marido.

En 1919 ambos viajaron a Europa para perfeccionarse y tuvieron la oportunidad de trabajar junto a Marie Curie, con quien analizaron la incidencia de los rayos como agente terapéutico.
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A su regreso crearon el Instituto de Medicina Experimental en un predio de cuatro hectáreas cedido por la facultad de Agronomía de la UBA, entre las avenidas San Martín, Nazca y Beiró.
En 1922 comenzó a funcionar el primer pabellón, que constaba de internación para hombres y mujeres, tenía un quirófano, laboratorio, rayos X y oficinas. Costó levantarlo, no solo por cuestión presupuestaria, sino por la dura resistencia de los vecinos que se oponían a que abriese un centro donde se atendiese a pacientes de cáncer, ya que consideraban que esta enfermedad era contagiosa. Creían que todos terminarían enfermos. Llegaron a amenazar de muerte a Roffo. El y su esposa fueron casa por casa a explicar en qué consistía la enfermedad y organizaron diversos eventos culturales dentro de la institución, con la presencia de personas enfermas, para amigar a los vecinos.
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El matrimonio debió luchar contra varios preconceptos, como que el cáncer era hereditario o que se contagiaba. Hacía tiempo que muchos médicos se habían abocado a la búsqueda del microbio que lo provocaba. “Es inútil que busquen bacterias o parásitos”, insistía Roffo.
Roffo dio una luz de esperanza cuando afirmó que el cáncer se podía curar. “La verdadera lucha contra el cáncer reside en el tratamiento del enfermo durante el período de enfermedad local. Todos los esfuerzos deben tender a un tratamiento precoz. Así el enfermo puede salvarse de la muerte”, afirmaba.
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En 1921 su esposa -que investigaba los aspectos físico-químicos de las células cancerosas- fundó la Liga Argentina de Lucha Contra el Cáncer, a semejanza de una institución similar que funcionaba en Francia, con el propósito de obtener fondos para ampliar y equipar el instituto. Fue el alma mater del Instituto Cultural Roffo, creado para promover actividades científicas, culturales y deportivas. También en 1923 creó la escuela de enfermería de la institución, encargada de formar profesionales en el cuidado y atención de los enfermos de cáncer.

Ese año se inauguró el pabellón Emilio Costa y esa familia donó la capilla de Santa Francisca Romana.
Helena murió sorpresivamente el 18 de febrero de 1924 debido a un ataque cerebrovascular. Tenía 41 años. Muy cerca de la entrada del instituto se levanta su estatua. Es “la mujer de bronce del jardín”.
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En su despacho, Roffo tenía un plano de la ciudad de Buenos Aires, donde marcaba los índices de enfermos de cáncer. Decía por 1933 que el barrio porteño más afectado era el del Socorro, la zona de Juncal y Suipacha, que contaba con un ochenta por mil de defunciones. Luego seguía el de la Concepción y Monserrat. Y con los índices más bajos eran donde vivía la gente más humilde, como Nueva Pompeya, Mataderos y Vélez Sarsfield.
Según explicó entonces el médico, el abuso de comidas fuertes y consumidas en exceso; el tabaco; el alcohol y los alcaloides le abrían la puerta al cáncer.
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En sus investigaciones descubrió que suministrándole a animales productos derivados del alquitrán y del tabaco, producía cáncer en término de meses. “Estamos en condiciones de producir cáncer en animales con el humo del tabaco”, anunció en su momento. Descubrió que los conejos eran más proclives a generar la enfermedad, mientras que los cobayos y los perros eran más refractarios.
Relacionó al cáncer de lengua y laringe al tabaco, que siempre comenzaba con una pequeña lesión, luego con una placa que derivaba en ulceraciones cancerosas.
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“Hasta 1950, Roffo fue probablemente la mayor amenaza científica para la industria del tabaco”, se dijo en Estados Unidos.
En las estadísticas que llevaba, sobre unos 500 enfermos de cáncer de boca y laringe, un 8% fumaban muy poco, mientras que el 92% eran grandes consumidores. En cuanto a los tumores del aparato digestivo, los que consumían mucho alcohol eran más propensos a sufrirlos.
También asoció el cáncer a la influencia del colesterol y a una desmedida exposición a los rayos del sol.

La rutina diaria de Roffo era sencilla. Entre las 7 y las 8 de la mañana organizaba el trabajo diario de toda la gente a su cargo, y estaba pendiente hasta en los más mínimos detalles en cuestiones del funcionamiento del instituto. Luego intercalaba la investigación con la recorrida que hacía en los pabellones para ver a los enfermos.
Trabajaba junto a su hijo, quien a los 22 años se había recibido de médico con una tesis que había sido premiada. Ambos vivían en la institución y su única compañía era un perro dogo. Comían una vez al día, cerca de las tres de la tarde y a la noche consumían algo de fruta.
Roffo salía a distraerse los sábados al teatro, y no tanto al cine, que no lo lograba entusiasmar. Los domingos practicaba esgrima y equitación.

En su instituto se dictó el primer curso de posgrado de la UBA de cancerología. Falleció el 23 de julio de 1947.
Unos años antes debió alejarse de la dirección del instituto que había fundado, y no importó que fuera nominado en tres oportunidades al Premio Nobel, en 1927, 1937 y 1940. De todas formas, junto a su esposa había marcado el camino en la lucha contra una enfermedad, esa que la gente hasta temía nombrar.
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