
Era una persona cálida, afectuosa, educada, humilde y amante de la música. Y era inteligente. Cuando a los 24 años llegó junto a su hermano Martín y otros amigos de su Croacia natal, Juan Vucetich aún no imaginaba que perfeccionaría un novedosísimo sistema de identificación de personas y tampoco seguramente pasó por su cabeza que vería su descomunal obra tirada por la borda, que hicieron que sus últimos años fueran de desánimo y congoja.
Su primer trabajo fue el de supervisar el trabajo de los obreros en Obras Sanitarias. Se nacionalizó argentino y cambió su Iván por Juan.
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Por 1888 se radicó en la flamante ciudad de La Plata, vivió en una casa de la calle 60 y entró como meritorio de contaduría y mayoría en la oficina de Contaduría y luego de Estadística de la policía provincial, con un sueldo de treinta pesos mensuales. Gracias a sus conocimientos y al manejo de idiomas, rápidamente escaló en la jerarquía.

Se enfocó en organizar esa dependencia olvidada que era la sección de Identificación Antropométrica, ordenada bajo el método de Alfonso Bertillon, un francés que tomaba en cuenta las dimensiones de determinados huesos: el tamaño del cráneo, el largo del dedo medio, del pie y antebrazo izquierdos constituían su patrón de medida para identificar a las personas. Además de nuestro país, solo Estados Unidos, Canadá y Francia contaban con este tipo de oficina.
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La identificación por medio de la fotografía no estaba muy desarrollada en el país porque era un método caro, y se contaba con la colaboración de artistas que hacían dibujos de los rostros de los sospechosos.

Era hora de ponerse a la altura de los tiempos que se vivían. A mediados de la década del 80 del siglo XIX, una de cada nueve personas había sido arrestada, especialmente por desorden en la vía pública y ebriedad, aunque no era significativo el número de delitos contra la propiedad y las personas.
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Vucetich se carteaba con el primo de Charles Darwin, el inglés Francis Galton, quien había desarrollado interesantes trabajos de herencia, había sentado las bases de la eugenesia, y se había dedicado al estudio de un rico universo, compuesto por la estadística, la criminología y la inmutabilidad, la diversidad y la perennidad de las huellas dactilares.

Galton no había sido el primero en detenerse en ellas. El fisiólogo checo Jan Purkinje había tomado el guante de observaciones que venían de la antigüedad, cuando se descubrió que desde que una persona nacía y hasta cadáver, las yemas de sus dedos y las plantas de los pies no cambiaban.
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Las huellas dactilares se estudiaron en varias culturas que vieron su utilidad. En Corea, los traficantes de esclavos, para certificar una venta, les hacían estampar a éstos la huella de los cinco dedos en un papel. Los chinos las usaban para rubricar contratos.
Vucetich, a sus 33 años, logró identificar 101 rasgos, que separó en cuatro grupos: arcos, presillas internas y externas y verticiclos. A ese sistema lo llamó Icnofalangométrico y comenzó a aplicarse el 1° de septiembre de 1891. Esa palabra casi impronunciable fue modificada, de buen grado por Vucetich, por Dactiloscopia, a sugerencia del científico Francisco Latzina.
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Primero identificó a 23 procesados y luego siguió con todos los detenidos en la cárcel de La Plata. Al año siguiente fue el turno de los aspirantes a agentes de policía. A partir de su método comprobó que ochenta tenían antecedentes y había otros que se escondían bajo otra identidad.
La prueba
En 1892, Quequén se vio conmocionado con el horrible crimen de Felisa y Ponciano, dos criaturas de cuatro y seis años que habían sido degollados. Su mamá Francisca Rojas tenía una herida superficial en su cuello y se había empecinado en acusar a un hombre quien juró su inocencia aún cuando fue violentamente interrogado por la policía. Fue el comisario inspector Eduardo Alvarez quien cortó dos pedazos de una puerta que tenía manchas de sangre y se las envió a Vucetich. Este, aplicando su método, comprobó la culpabilidad de la mujer, quien finalmente confesó que prefirió matar a sus hijos antes que entregárselos a su marido, de quien estaba separada.
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Vucetich trabajaba sin parar. Tomaba muestras de los presos y cuando obtuvo algo más de 3.600 registros, la policía terminó adoptando su método en 1894.
Empleados públicos, cocheros, carreros, servicio doméstico y prostitutas, entre otros, debían registrarse en la policía y a cada uno se les tomaban las huellas.
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Para 1903 ya se disponían de 600 mil fichas y desde comienzos del siglo veinte comenzaron a aparecer en los documentos personales. Y con el servicio militar obligatorio, cada hombre que se incorporaba se le tomaba el registro correspondiente.
Se casó tres veces. La primera con Felisa Damiani, con quien tuvo a María Teresa; al enviudar contrajo enlace con Lola Etcheverry, y tuvo otra hija, Débora. Nuevamente enviudó y se casó con María Cristina Flores, con quien tuvo tres hijos: María Cristina, Celia del Carmen y Juan Máximo.
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La fama que tuvo en el país no tiene comparación con la que se había hecho en el exterior, donde alababan la exactitud de su método. Estuvo en Europa, Asia y Estados Unidos en una larga recorrida, costeada de su bolsillo, para hacer demostraciones de sus investigaciones. Hasta el fisco lo aplicó en el Congo Belga, donde sus habitantes hacían lo imposible por no pagar impuestos: cambiaban de nombre y hasta adoptaban la identidad de otro. El método de Vucetich fue útil para subir la recaudación.

Lamentablemente, el Registro General de Identificación de Personas que había fundado el 20 de julio de 1916 duró poco. Al año siguiente lo cerraron, excusándose en la falta de presupuesto. Pero lo cierto es que “la identificación es de suyo chocante, porque repugna al espíritu de libertad, pues es el espionaje a las personas llevado a su grado máximo”, según justificó el interventor bonaerense José Luis Cantilo. Y se cometió la peor barbaridad: el mismo gobierno mandó destruir el archivo de fichas dactiloscópicas.
Desanimado, se fue a la casa de su suegro Pedro Flores, en Dolores. Sus años de investigaciones, documentos, objetos y libros los donó a la Universidad Nacional de La Plata. Tenía 66 años cuando murió de cáncer y tuberculosis. “La decepción que amargó los últimos años de su vida a causa de la campaña insidiosa de la que fue víctima”, alguien escribió.
La familia rechazó el ofrecimiento de la policía de velarlo en la comisaría. Fue en la misma casa, en Pellegrini y Alem, que ahora es una escuela. Muy lejos, en su casa natal en la isla Hvar, en Croacia, se alquila para el turismo y conserva un árbol plantado por él. Allí su figura es recordada tanto como en su tierra de adopción y su memoria está tan viva como el método que lo hizo famoso.
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