
El 9 de agosto de 1914 moría el presidente de la República, Roque José Antonio del Sagrado Corazón de Jesús Sáenz Peña, en la Casa Rosada donde, a diferencia de sus predecesores, residía desde la asunción del mando cuatro años antes.
De modo más o menos general es recordado por la famosa reforma al sistema electoral que lleva su nombre, y que en rigor consistió en la sanción de tres leyes sucesivas, hito que en 1912 supuso un punto de inflexión en nuestra historia. Sin embargo, suele profundizarse poco en el contexto y los motivos por los que un hombre indudablemente identificado con el régimen conservador decidió allanar el camino para que el radicalismo liderado por Hipólito Yrigoyen accediera electoralmente al poder.
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La Unión Cívica Radical surgió tras la fallida Revolución de 1890 y bajo la conducción de Leandro Alem primero, y tras la muerte de éste, de Yrigoyen, se mantuvo inflexible en la actitud combativa frente a lo que denominaba despectivamente “Régimen”, ensayando alternativamente el abstencionismo electoral, es decir, no presentar candidatos en elecciones signadas por el fraude y la corrupción, y también la vía armada para derrocar a diversos gobiernos. Los alzamientos radicales de 1893, 1895 y 1905, sofocados por las autoridades nacionales, costaron muchas vidas y nada parecía indicar que fueran a cesar en lo inmediato.
A la señalada conflictividad en lo político debe sumarse la no menos alarmante crispación en lo social que, desde finales del siglo XIX, con la formación de los primeros sindicatos de extracción anarquista y marxista, y una inédita oleada de huelgas y atentados, tenían en vilo a buena parte de la sociedad.
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Es posible que tuviera que ser alguien del riñón de la clase gobernante de esa Argentina que había celebrado con grandes fastos el primer centenario de la Revolución de Mayo quien se animara a transparentar el viciado sistema electoral vigente desde los tiempos de Mitre, y acaso el destino le tenía reservado ese lugar a Roque Sáenz Peña.

Su historia de vida permite advertir que entre Don Roque y personajes como Bartolomé Mitre y Manuel Quintana, más que matices, existían abismos en cuanto a su concepción y forma de hacer política.
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Había nacido en 1851, un año antes de la caída de Juan Manuel de Rosas, en el seno de una familia aristocrática decididamente federal, pertenencia política que era mucho más habitual de lo que algunos suponen. Pero, a diferencia de otras familias de la clase alta, que tras la derrota de Rosas renegaron de su pasado federal, los Sáenz Peña y, por vía materna, los Lahitte, no adoptaron esa actitud y sobrellevaron la situación con altivez y decoro. Pese a ver asegurada la inserción social a la que por linaje tuvo acceso, la niñez y adolescencia de Roque Sáenz Peña debió haber sido dura en un medio que no perdonaba a quienes no hacían gala de un furibundo antirrosismo.
Era ya abogado y con buenas perspectivas profesionales cuando al estallar la Guerra del Pacífico que enfrentó a chilenos contra peruanos y bolivianos en 1879, el joven Roque viajó hasta Lima y se incorporó como voluntario en el Ejército del Perú, llegando a combatir en la famosa Batalla del Morro de Arica, la que resultó en un rotundo triunfo chileno. Según nos dice Adrián Pignatelli, en artículo en Infobae, el joven voluntario le escribió los siguiente a su padre, Luis: “Mi querido Tata, tranquilícese de mi separación momentánea; volveré a su brazos más hombre aún y sin otra idea que compensarle los malos ratos que le doy y devolver a los más la tranquilidad que les quito”. El Perú reconoció sus méritos en combate nombrándolo años más tarde General de Brigada de su ejército, grado al que debió renunciar más tarde para poder jurar el cargo de Presidente de la República.
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Esta interesante y llamativa participación de Sáenz Peña en la Guerra del Pacífico nos habla a las claras no sólo de una personalidad particular, de coraje, valentía e ideales, sino de la mirada continentalista de un hombre del puerto de Buenos Aires, justo en una época en la que los miembros de su clase social se ufanaban de la “París” de Sudamérica y, en general, miraban con indiferencia al resto de los pueblos hispanoamericanos.

Nunca sintió simpatía ni por Mitre ni por Roca, responsables en gran medida de un sistema político de círculos cerrados, en el que las candidaturas surgían de reuniones selectas celebradas en los clubes del Orden y del Progreso, andamiaje que requería, claramente, de un sistema electoral corrompido y denigrante, caracterizado por el voto voluntario y público, es decir, expresado a viva voz por el votante frente a las autoridades de la mesa electoral. Ante ese panorama es fácil comprender la razón por la cual el radicalismo habrá de levantar la bandera de la reforma electoral y concitar la adhesión de enormes sectores sociales.
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Roque Sáenz Peña fundó el llamado Partido Modernista y se postuló como candidato a Presidente para las elecciones de 1892. Sin embargo, ante el peligro de que el joven abogado se hiciera del poder, Roca y Mitre le tendieron hábilmente una trampa de magistral factura. Convencieron a su anciano padre, Luis Sáenz Peña, de que aceptara ser candidato a presidente por el Partido Autonomista Nacional, quien renunció a su cargo de ministro de la Corte y aceptó la nominación que, por supuesto, fraude mediante, lo llevó al sillón de Rivadavia. Su hijo, al enterarse por los medios de prensa de la impensada candidatura de su padre, renunció a disputarle la presidencia. Era una época con ciertos códigos.
Su momento llegará finalmente en 1910. Existe consenso entre los historiadores en que en al menos tres ocasiones mantuvo reuniones privadas con Hipólito Yrigoyen en casa de un amigo común a ambos, Manuel Paz, entre su elección y la toma del mando presidencial el 12 de octubre de ese año.
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El pacto entre ambos caballeros, sellado con un apretón de manos como era de rigor, significaba la posibilidad de evitar que la próxima revolución radical contra el régimen se convirtiera en un innecesario baño de sangre. Sáenz Peña se compromete a enviar el proyecto de ley que garantice la transparencia de los comicios, lo que a su vez podría traducirse en un ulterior triunfo del radicalismo. Una vez en la presidencia, Don Roque honrará su compromiso y logrará, no sin enfrentar grandes resistencias, la sanción de la ley del sufragio universal, secreto y obligatorio, que con sucesivas modificaciones aún se encuentra vigente.
Por su parte, Yrigoyen se obligó en representación del radicalismo, a renunciar a la vía revolucionaria y a abandonar el abstencionismo electoral una vez que el sistema comicial fuera modificado. También cumplirá cabalmente su palabra y llegará a ser presidente en 1916.
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Pocos días antes de dejar este mundo habrán llegado a Roque Sáenz Peña las noticias sobre el comienzo de la Primera Guerra Mundial. Era, en la vieja Europa como en nuestra tierra, el fin de una época.
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