
A sus 41 años, Manuel Belgrano ya era un hombre acostumbrado a los esfuerzos y a las tareas imposibles. Venía de encabezar la campaña militar al Paraguay y ahora el gobierno le daba la misión de reorganizar el ejército, levantar la moral de la tropa y hacer frente a un ejército español de 3 mil hombres que se había adueñado de Potosí y Chuquisaca y que amenazaba la frontera norte. El desastre de Huaqui, del 20 de junio de 1811, había provocado la pérdida del Alto Perú y el panorama no era para nada halagüeño.
Con conocimientos militares adquiridos a los golpes en los campos de batalla, el ejército que encontró luego de que Juan Martín de Pueyrredón le pasase el mando en la Posta de Yatasto el 26 de marzo de 1812, era un conglomerado de casi un millar de hombres, de los cuales una tercera parte estaba heridos, mal vestidos y peor armados. Solo contaban con 580 fusiles, 215 bayonetas, 21 carabinas y 34 pistolas.
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Debía además lidiar con sus problemas de salud: sufría de reuma, tenía una fístula en un ojo y padecía problemas digestivos, que en las vísperas de la batalla de Salta, le haría vomitar sangre. Se indigestaba con facilidad y en el norte tuvo la mala suerte de contraer paludismo.
En noviembre del año anterior ofreció desprenderse de la mitad de su sueldo, “siéndome sensible no poder hacer demostración mayor, pues mis facultades son ningunas y mi subsistencia pende de aquél, pero en todo evento sabré también reducirme a la ración del soldado, si es necesario, para salvar la justa causa que con tanto honor sostiene Vuestra Excelencia”.
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Organizó la infantería en dos batallones, el 6°, el Cazadores del Perú y el cuerpo de Pardos y Morenos; unió a los Dragones y a los Húsares de la Patria y armó la Caballería Provisional del Río de la Plata. Además, al mando de Eustoquio Díaz Vélez, su segundo comandante de 29 años, formó el Escuadrón de caballería Patriotas Decididos compuesto por unos 200 voluntarios jujeños, en edades que iban de los 16 a los 35 años. Completaban ese ejército unos 60 jinetes de la Partida de Observación a cargo de Martín Miguel de Güemes. Creó una compañía de Guías, un hospital y un tribunal militar. La artillería era muy limitada y suplió la falta de bayonetas con lanzas.
Sus pedidos de armas y equipamiento que insistentemente hacía a la lejana Buenos Aires caían, uno a uno, en saco roto. “¿Se puede hacer la guerra sin gente, sin armas, sin municiones, sin pólvora siquiera?”, se preguntó en una de las cartas a Bernardino Rivadavia, secretario del Primer Triunvirato.
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Como respuesta, obtuvo la orden de replegarse hacia el sur y que se hiciese fuerte en Córdoba.
Era difícil seguirle el paso en la calle y menos hablarle porque casi corría. Era de las personas que poco o nunca descansaba. Ese abogado devenido en general, de regular estatura, pelo rubio, de tez blanca y sin barba, en junio separó a Güemes del ejército. Aparentemente convivía con una mujer casada y compartían techo con el esposo de la mujer, que estaba amenazado por el salteño. A pesar de que se arrepintió de su decisión, lo mandó a Buenos Aires. Con los años terminaron siendo amigos.
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Para levantar el ánimo de los hombres, el 25 de mayo de ese año hizo bendecir por el cura Juan Ignacio Gorriti, capellán del ejército, la bandera que había creado en las barrancas del río Paraná a comienzos de ese año. El 3 de junio Belgrano cumplió 42 años.
A él también lo seguía una mujer. Desde marzo Josefa Ezcurra, con quien mantenía un romance que había comenzado en Buenos Aires, decidió acompañarlo y se alojó en Salta. Cuando quedó embarazada viajó a una estancia en Santa Fe, donde dio a luz a un niño al que llamó Pedro Pablo y que fue criado por Juan Manuel de Rosas.
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Los realistas, al mando de José Manuel Goyeneche, habían tomado Cochabamba y desplegaron sus fuerzas hacia La Quiaca. Según le ordenó el virrey José Fernando de Abascal debía avanzar hacia Salta con 2.000 hombres, dejar 1.000 en Suipacha y con destacamentos de 500 soldados realizar incursiones en Tucumán.

Ante esta amenaza del ejército español, y su inminente incursión sobre la quebrada de Humahuaca, Belgrano dispuso evacuar las poblaciones de Salta y Jujuy, llevándolas hacia el sur, junto con el ganado, alimentos, cosechas y todo lo que pudiera ser de utilidad al enemigo. Ya lo había padecido en carne propia cuando hizo la campaña al Paraguay, cuando en su marcha solía hallar solo tierra arrasada.
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El jefe realista era el peruano Pío Tristán, con el que había sido compañero de estudios en Salamanca. Delgado, de 1,50 metros de estatura, de trato cordial, ingenioso y famoso por su avaricia, siempre mantuvieron una relación respetuosa, aunque no de amistad.

Cuando se hizo cargo del Ejército del Norte, Belgrano le escribió: “Fui el pacificador de la gran provincia del Paraguay. ¿No me será posible lograr otra gran dulce satisfacción en estas provincias? Una esperanza muy lisonjera me asiste de conseguir un fin tan justo, cuando veo a tu primo y a ti, de principales jefes”. El primo al que aludía era Goyeneche.
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Pero no pudo convencerlo. Belgrano puso en marcha su plan que todo el mundo conoció el 29 de julio de 1812 con un bando que habrá hecho estremecer a más de uno. “Desde que puse un pie en vuestro suelo para hacerme cargo de vuestra defensa, en que se halla interesado el Excelentísimo Gobierno de las Provincias Unidas del Río de la Plata, os he hablado con verdad. Siguiendo con ella os manifiesto que las armas de Abascal, al mando de Goyeneche, se acercan a Suipacha. Y lo peor es que son llamados por los desnaturalizados que viven entre nosotros y que no pierden arbitrios para que nuestros sagrados derechos de libertad, propiedad y seguridad sean ultrajados y volváis a la esclavitud. Llegó, pues, la época en que manifestéis vuestro heroísmo y de que vengáis a reuniros al ejército de mi mando, si como aseguráis queréis ser libres, trayéndonos las armas de chispa, blanca y municiones que tengáis o podáis adquirir, y dando parte a la justicia de los que las tuvieron y permanecieren indiferentes a vista del riesgo que os amenaza de perder no sólo vuestros derechos, sino las propiedades que tenéis”.
A los hacendados los conminó a trasladarse junto con su ganado, caballos, ovejas y mulas; a los labradores a llevarse el producto de sus cosechas y a los comerciantes a embalar todos sus bienes. A todo quien desobedeciera esa orden sería considerado traidor a la patria y fusilado. También sería pasado por las armas si encontrase a alguien que no se hubiese plegado a esa retirada y serían pasibles de la misma pena el que se manifestara contrario a las ideas patriotas o que intentase sembrar el desaliento y el desánimo. Nadie podía quedar detrás. “Sabed que se acabaron las consideraciones de cualquier especie que sean, y que nada será bastante para que deje de cumplir cuanto dejo dispuesto”, termina el bando.
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Y se puso en marcha el éxodo, un término acuñado décadas más tarde, que le brindaba reminiscencias bíblicas. Belgrano se refería a esta operación como “retirada” o “marcha retrógrada”.

Lo que no pudo ser llevado se lo destruyó o fue pasto de las llamas, especialmente las cosechas de papa, maíz, trigo, cebada y alfalfa que no pudieron transportarse. Belgrano se ocupó de que se destruyese el establecimiento donde se fundían los cañones.
La mayoría lo siguió; hubo otros que lograron esconderse o que huyeron. Esos fueron los que recibieron con vivas al rey la llegada de las tropas españolas.
Desde los primeros días agosto, los pobladores comenzaron la marcha hacia el sur, tomando varias rutas. A las cinco de la tarde del domingo 23 de agosto de 1812 se retiró el ejército. Belgrano fue el último en abandonar la ciudad, al filo de la medianoche y alcanzaría al grueso de su fuerza a las tres de la mañana.
A unas leguas de Jujuy, cerca de Cobos, hubo varias explosiones, y temieron que fueran cañones españoles. Pero lo que había ocurrido había sido el estallido de una carreta de municiones.
Durante la marcha, alentaba al que se retrasaba y reprendía al que infundía desánimo. Nunca se lo vio descansar. Temía que los españoles se adelantasen por la Quebrada del Toro y le cortasen el paso. Decía que el enemigo sabía tanto o más que él de su propio ejército y no terminaba de confiar en sus espías.
Fueron cinco extenuantes días de marcha, por un camino cercano a la actual traza de la ruta nacional 34. Cubrieron unos 300 kilómetros hasta llegar a Tucumán.
Si bien la orden de Buenos Aires era continuar hasta Córdoba para salvar al ejército, fueron los propios tucumanos y salteños los que le suplicaron permanecer para defenderlos de la invasión española. Le prometieron colaborar con hombres y caballos.
El creador de la bandera vio una luz de esperanza cuando la retaguardia de su ejército, al mando de Díaz Vélez, derrotó a una avanzada enemiga en las orillas del río Las Piedras el 3 de septiembre, tomó prisionero a uno de sus jefes, Agustín Huici, y eso ayudó a levantar la moral de las tropas.
El 14 de septiembre le hizo saber a Rivadavia que esperaría al enemigo allí. Luego de felicitarlo por haber sido padre recientemente, agregó: “Se que el enemigo se acerca, pero me da tiempo de reponerme y, mediante Dios, lograr alguna ventaja sobre ellos. Retirarme más y perecer son lo mismo, además de poner a la Patria en mayor apuro”.
No estaba errado. Las victorias de Tucumán el 25 de septiembre de 1812 y de Salta el 20 de febrero de 1812 fueron de importancia para mantener el control del norte. En el futuro tendría los desafíos de Vilcapugio y Ayohúma, pero esa es otra historia.
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