Hacía más de 25 años que no pisaban Bariloche. La última vez lo habían hecho con el resto de sus compañeros del Colegio Marista San José, de Mendoza, pero esta vez optaron por hacerlo con el grupo de amigos de toda la vida. Fue como volver a revivir ese viaje de fin de curso pero sin imaginar que en uno de los paseos se convertirían en protagonistas de un gesto que cobró notoriedad pública y les valió el reconocimiento de la comunidad.
Santiago Erice, Juan Pedro Filice, Carlos Fourcade, Patricio Hernández, Emiliano Quiroga, Juan Pablo Saá, Gonzalo Santo Tomás y Matías Tello arribaron a Bariloche el miércoles 24 de marzo, un día antes del feriado nacional por el Día de la Memoria.
Para conmemorar los 46 años del último golpe cívico militar, organizaciones de derechos humanos y sindicatos barilochenses habían convocado a una marcha hasta el Centro Cívico para repintar los pañuelos dibujados en el piso que recuerdan a las víctimas de la represión.
A la clásica movilización, con consignas de repudio al genocidio y pedidos de justicia y “cárcel común” para los represores, también se sumó un grupo de militantes que al final de la jornada decidió vandalizar la estatua de Julio A. Roca que se encuentra en el lugar.
Ese jueves, el grupo de amigos había realizado una excursión por los cerros y no había tenido la oportunidad de pasar por el centro; pero al hacerlo el viernes se encontraron con esa postal que los dejó en shock.
“Estábamos yendo a almorzar y para llegar al restaurante teníamos que atravesar el Centro Cívico, que aún no habíamos visitado. Nos dio bronca, desilusión y lástima ver al monumento así, y más teniendo en cuenta que Bariloche es una de las ciudades turísticas más importantes de la Argentina”, contó Gonzalo Santo Tomás a Infobae, al advertir que la figura de Roca estaba tapada con una bolsa negra, la cual estaba atada con una soga alrededor del cuello del prócer para que no se volara por el viento. Simulaba como que lo habían ahorcado. Y del caballo colgaba una bandera argentina con unos escritos en idioma mapuche.
“Todos coincidimos en que se puede protestar pero sin dañar ni vandalizar nada. Nos quedamos mirando y pensando en hacer algo”, relató Gonzalo.
Cuando volvían para el hotel, observaron que había un patrullero apostado en el Centro Cívico. Juan Pablo se acercó y le preguntó a uno de los policías si podíamos destapar la estatua y sacar la bandera. “No queríamos hacer nada sin autorización y mucho menos desatar el enojo de nadie. Fue un gesto que nos salió del corazón”, recordó Gonzalo.
Cuando se pusieron manos a la obra, un joven se acercó a ayudarlos. Pocos minutos después, con buena voluntad y sentido patriótico, la estatua de bronce de Roca ya había vuelto a la normalidad.
El aplauso de las personas que se encontraban en la plaza -sobre todo de los turistas- y el agradecimiento de los efectivos policiales dejó sorprendidos a los mendocinos.
“Quiero que quede claro que no fue un gesto político”, remarcó Gonzalo ya que se sorprendió cuando la mujer que le saca fotos de los visitantes con los perros San Bernardo le consultó si eran “anti K” por lo que habían hecho.
“Somos argentinos señora, no somos de ningún partido político”, le respondió Gonzalo de manera contundente; mientras los policías los felicitaban por su accionar.
“Recuerdo que cuando fuimos a Bariloche por primera vez, el Centro Cívico era un lugar al que todos concurríamos para sacarnos fotos. Era el lugar que todos queríamos visitar y verlo así nos generó mucha incomodidad”, indicó el mendocino al momento de justificar esa iniciativa colectiva.
El monumento en homenaje a Julio A. Roca fue colocado en el lugar a comienzos de 1940 no sólo para recordarlo como ex presidente sino también como artífice de la denominada Campaña al Desierto, iniciativa que le aseguró a la Argentina la soberanía sobre la Patagonia, pero que hoy es cuestionada en nombre de los derechos de comunidades aborígenes. Reduciendo la trayectoria del dos veces presidente de la Nación a la de un exterminador de indios, se promueve la eliminación de los monumentos erigidos en su honor en el país.
En Bariloche, además de sufrir pintadas y vandalizaciones de todo tipo, a la estatua de Roca se la utilizó para atar carpas, proteger mangrullos de sonido en los recitales o instalar un pino navideño. Ya son muy pocos los que posan delante de ella para una foto o una selfie ya que la cultura de la cancelación desembarcó con fuerza en la ciudad. “Es un asesino y responsable del genocidio más grande de nuestra historia”, sostienen los que proponen derribarla, haciendo gala de un reduccionismo histórico muy en boga en estos tiempos.
Más allá de la grieta desatada en torno al prócer argentino, los mendocinos remarcaron que “hay que aceptar al que piense distinto, sin llegar al extremo de la agresión”. Sienten que la educación recibida ´de los sacerdotes maristas les sirvió para afianzar esos valores y se sintieron más satisfechos aún cuando desde esa comunidad educativa se enorgullecieron por el trabajo realizado.
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