“Llegaron a tirarme por las escaleras de la escuela, a pegarme e insultarme cada vez que decía que era bailarín mientras los profesores no hacían nada para defenderme. Aquí en Tucumán aún juzgan a quienes amamos el arte”, cuenta con la voz quebrada Agustín Reyes, de 17 años, mientras su madre le sostiene una mano.
Siendo muy pequeño supo que bailar era su vocación y gracias a la ayuda de su hermano mayor se inició en la danza. En julio pasado participó de una audición virtual organizada en los Estados Unidos y fue premiado con una beca por cuatro años para estudiar en la Joffrey Ballet School, de Nueva York.
“Debería estar allí desde septiembre pasado, pero no pude viajar por la pandemia y por falta de dinero. Ahora vendo alfajores de maicena para juntar el dinero para los pasajes y poder estar donde siempre soñé, pero es difícil”, dice emocionado.

El dolor del bullying
Agustín Reyes, que cumplirá los 18 años el 6 de febrero, baila desde que tiene 4. A esa edad, la ratoncita protagonista del dibujo animado “Angelina Ballerina” marcaba los pasos que él imitaba frente a la pantalla del televisor.
Los repetía todo el tiempo, sin darse cuenta que sobre él y sus pasos se posaban todas las miradas, incluso las que no hubiera deseado. “A esa edad amaba la danza y sabía que quería ser bailarín, me había puesto firme en mi decisión aunque mi mamá no quería por temor a lo que más tarde sufrí”, cuenta Agustín, nacido y criado en San Miguel de Tucumán.
Las rutinas de aquella ratoncita de vestido rosado las repitió cada día durante cuatro años. “Pasaba horas haciéndolo, las sabía de memoria”, recuerda y agradece porque la primera oportunidad de desplegar ese talento innato le llegó a los 8 años.
“Mi hermano mayor se ocupó de averiguar dónde había academias de danzas en Tucumán y la única que me aceptó fue Adriana Soria, con quien estudio desde entonces”, destaca.

Ingresar a esa escuela lo hizo feliz: bailar era lo único que amaba. “Cuando tenía unos 9 años recién descubría de qué se trataba el mundo y estaba enamorado de la danza, lo decía abiertamente. Eso me hizo blanco de burlas y maltratos: mis propios compañeros me tiraban por las escaleras de la escuela, me pegaban, me encerraban en los armarios y decían cosas muy feas. Lo más suave era que no iba a ser nadie, que no llegaría a ningún lado bailando, que el ballet es para homosexuales... Me decían de todo ante la mirada de maestros que no me defendían”, recuerda consternado.
La secundaria no fue mejor. “Dejé de ir a la escuela por mucho tiempo. Fue una etapa muy difícil aunque sin tantos golpes, pero sí mucha exclusión. ‘No me junto con vos porque sos bailarín’, me decían y yo me ponía mal. Estuve muy deprimido, dejé de estudiar casi por un año por el bullying que sufría. Pero lo único que me hacía sentir verdaderamente bien era bailar, por eso digo que me salvó. Nunca falté a una clase de danzas y ensayaba más de cinco horas por días”.
Hoy, cuenta esa etapa desde otro lugar. Desde haber superado el dolor y con la firme convicción que bailar es su motivo en la vida. “Gracias a mi mamá y a mi familia, que tanto me contuvo, pude superar esos momentos y enfocarme en lo que amo. Hoy tengo la posibilidad de salir adelante. Supe pedir ayuda, me aferré a Dios y decidí seguir estudiando porque entendí que era necesario el titulo secundario. Y sé que cumpliré mi sueño porque todo lo que viví me enseñó a ser fuerte”.

La gran posibilidad
Agustín reconoce el esfuerzo que hizo y siente que la oportunidad que tiene no es más que el reconocimiento a los años que dedicó a formarse como bailarín.
Hace unos años, gracias a su mentora, ganó medallas, premios, becas para integrar elencos en el exterior y fue elegido para ingresar al San Francisco Ballet School aunque no pudo viajar por problemas económicos.
A esa oportunidad le siguió el ingreso a una academia de Miami, pero debido a la pandemia por la COVID-19, tampoco pudo ir. Después de esas frustraciones, creyó que no habría otra ocasión similar, pero su talento le demostró lo contrario.

“En julio del año pasado, mi maestra me contó que había una invitación para participar de una audición cerrada para estudiar en alguna de una las diez mejores escuelas de los Estados Unidos y que había becas otorgadas por la embajadora Scarlett Álvarez para los talentos de habla hispana”, relata. Hizo la prueba. Y fue preseleccionado entre veintidós bailarines varones y quedó entre los seis ganadores.
“Soy el único tucumano, no sé si argentino, elegido. Luego de dos semanas, la Joffrey Ballet School de Nueva York me otorgó una beca completa por cuatro años para el programa de ballet clásico”, cuenta. La beca le cubre al cien por ciento los estudios, pero le queda costear los U$D 800 mensuales para vivir en el campus y el pasaje que lo traslade a Nueva York, para lo que pide ayuda.
“Por ahora estoy vendiendo alfajores y pidiendo padrinos que me ayuden con lo que cada uno pueda: sea dinero o sus oraciones, todo me ayudará. Me están esperando desde septiembre y cuanto antes llegue, mejor. Una vez allí, creo que necesitaré un año para estabilizarme y poder trabajar, y así poder cubrir mis gastos. Esta es una gran oportunidad no solo para mi sino para representar a mi provincia, donde el ballet no es muy apreciado como arte”, lamenta.
Estar allí, le representaría un gran logro académico, pero sobre todo, cumplir su gran deseo de dedicarse de lleno a la danza. “Me gustaría demostrar a quienes tanto daño me hicieron por ser bailarín que es posible hacer lo que uno sueña, porque a mí este sueño me salvó en los momentos más tristes y dolorosos de mi vida”, finaliza.
*Quienes deseen colaborar con Agustín, pueden contactarlo al email agusmaxireyes12@gmail.com
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