”Isaías es (no puedo decir era) mi vida”, dice Isabel, su abuela y madre del corazón de Isaías, la que lo crió desde bébé y la que le dio el amor que le fue esquivo desde que nació. Su madre lo abandonó y su padre está preso. Hoy mismo esa situación sigue así.
Isaías tenía 18 años cuando en la tarde del 20 de octubre de 2018 en Florencio Varela, luego de una discusión con pares, insultan a su hermana e Isaías sale en su defensa pegándole una trompada a quien la insultó. De inmediato es amenazado por el sorprendido agresor diciéndole “ésta te va a caber”.
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La concreción de esa amenaza no se hizo esperar y, al anochecer, lo emboscan entre tres, dos lo reducen y otro le pega un tiro directo al corazón. Isaías pretende correr cuando lo sueltan y alcanza a dar unos pasos antes de caer al recibir otro tiro por la espalda.
De esa brutal y cobarde ejecución, de tres contra uno y además armados, queda un solo detenido a la espera de juicio oral y público en 2021. Los cómplices del cobarde crimen están sueltos.
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”Se me rompió la cabeza”, dice esta abuela y madre de crianza de Isaías.

“No sé qué pasa con la justicia, lo mataron como a un perro”, dice Isabel. Todos en el barrio saben lo que sucedió y por mano de quiénes. ¿Qué más se necesita?
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Hay 22 testigos y una fiscal que aseguran que hubo responsabilidad cómplice de los dos que le impidieron a Isaías una mínima chance de defensa -remota, ya que ante un arma nadie puede-, pero fueron dejados en libertad.
¿Por qué es necesaria la Justicia para Isabel? La pide, la reclama, porque Isaías no descansará en paz hasta que exista un castigo a sus asesinos que mitigue en parte el dolor causado por semejante crueldad, según sus creencias.
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La Justicia que todas las víctimas piden es para que descansen en paz sus muertos; para que haya algo de equidad entre la muerte no buscada y el asesino; para que la vida ajena tenga el valor absoluto de lo que es necesario respetar; para que la acción criminal tenga consecuencias; para que la impunidad no nos acostumbre a ser muertos vivos en dolor eterno y nadie piense en eso.

Este es el 8* y último testimonio de una víctima de homicidio que acepta compartir sus vivencias tras la muerte de un ser querido a manos de la crueldad de un asesino.
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Alguien decide quitar la vida a otro y propaga el dolor eterno al entorno completo familiar y social de quienes lo sobreviven.
¿Qué tienen en común un colectivero, una diseñadora, un policía, una abuela bonaerense y una chica de 16 años que vuelve de karate con su hermana? La crueldad inesperada de un homicida (o femicida) irrumpe en su vida y le da fin de manera violenta. ¿Y qué le queda a su entorno familiar, sus amigos y sus seres queridos? Las víctimas sobrevivientes, ese sujeto social olvidado en el que se transforma alguien después del homicidio de un ser querido, tienen que continuar la vida sin su hijo, su madre, su padre, su hermano, su amigo, su pareja, su abuela. Aquello que diseñaron para su vida -algunos con mucho y otros con poco- cada uno forjando sus propios universos de amor, de placer, de compañía, se desvanece de un segundo al otro transformándose en dolor. El dolor iguala y atraviesa a la sociedad toda.
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A través de la publicación -iniciada a comienzos de noviembre pasado- de una serie de videos en los que hablan las víctimas, realizados a partir de 8 entrevistas, se buscó dar voz a los que no la tienen.

En cada entrevista vimos una definición diferente de dolor y el correlato de ese dolor es una forma diferente de pedir justicia, pero cada familiar busca lo mismo: una sentencia justa que logre mitigar su dolor. Ese debería ser el rol de la justicia.
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Usina de Justicia es una asociación civil conformada por familiares de víctimas de homicidio y femicidio y ciudadanos diversos, todos comprometidos con el dolor crónico e injusto en la Argentina, que busca contener a las personas que sufren la pérdida de un familiar querido en materia jurídica y a su vez reparar la trama social si se logra una sentencia justa.
En el video a continuación, una síntesis de las ocho historias publicadas.
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