De la crueldad al dolor incurable: los duelos de Norma por su hijo fusilado en un crimen de odio

Néstor Valdez fue asesinado por delincuentes. A la impunidad que otorgan los jueces a los victimarios, se suma el desinterés social por un detalle que, al parecer, quita valor al hecho: la víctima era policía. Esta es la historia de un estigma social que justifica un homicidio perpetrado con saña y alevosía

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El testimonio de Norma Campos, madre Néstor Valdez

Norma Campos es una madre que tiene que duelear a su hijo. Al proceso normal que implica esa pérdida se le suma un hecho violento: su hijo fue fusilado por delincuentes. Sucedió en La Matanza, el 16 de enero de 2010.

En la madrugada de ese día, un grupo de delincuentes aprovechó el regreso de la familia de Néstor para entrar con violencia en la casa. Estaban robando todo lo de valor cuando, al abrir un placard, cayó la gorra del uniforme del joven, que tenía 31 años y hacía 13 que revistaba en la Federal. “Acá hay un poli, acá hay un poli”, y fueron directamente a fusilarlo. Él intentó defenderse, se trabó en lucha con ellos, una pelea desigual y desesperada que terminó con el asesinato a sangre fría de Néstor.

Pero además de lidiar con la impunidad que otorgan los jueces a los victimarios, se le debe sumar a este drama el desinterés social por un detalle que, al parecer, quita valor al hecho: el hijo de Norma era policía. Esta es la historia de un estigma social que justifica un homicidio -un crimen de odio- embarrado por la burocracia y la desidia estatal.

Este primer testimonio para dar voz a los que no la tienen desnuda obscenamente el dolor por la pérdida de un ser querido a manos de un asesino y nos captura, como todo lo obsceno, sin poder dejar de escuchar, mirar o sentir.

Perdura la resignación: “Lo/a mataron, sólo me queda el cementerio” en ese dolor (in)curable de las víctimas sobrevivientes de un homicidio o femicidio que el delito provoca.

Norma Campos: "Ni el duelo nos dejan hacer"
Norma Campos: "Ni el duelo nos dejan hacer"

Para que no quede la impunidad en el bagaje del inconsciente colectivo intentamos, con esta campaña, que perdure y se propague lo que no puede ser naturalizado con resignación: el dolor de lo irreparable.

En este espacio compuesto de ocho testimonios de víctimas sobrevivientes de homicidio y femicidio, desde lo emocional dejarán a la intemperie lo que en el cementerio recién empieza: el derrotero de un dolor que sólo se aliviará y nunca tendrá respuesta.

Habla Norma Campos, madre de Néstor Valdez, rematado de un tiro en la nuca cuando yacía en el piso -con dos balazos en el vientre- vencido por delincuentes que decidieron ejecutarlo al darse cuenta de que era Policía Federal; carrera que abrazaba por vocación desde hacía 13 años. Hoy tendría 41.

Un crimen de odio, aún no resuelto transcurrida una década.

Ella cuenta cómo tuvieron que luchar, aportar pruebas, para que la justicia detuviera a la banda que asesinó a su hijo. “Ya van a ser 10 años que llevo peleando”... “Es muy injusto, ni siquiera el duelo nos dejan hacer”.

Norma, una madre en estado de dolor permanente, nunca inclinada al Derecho Penal, ni al conocimiento de lo psicológico. Sin embargo hoy su vocabulario cotidiano incluye un nuevo repertorio: “después de 10 años, la justicia es injusticia”, “homicidio en ocasión de robo dice la causa”, “carátula”, “ni el duelo nos dejan hacer”, “lo fusilaron por ser policía”, “llegaremos a la Corte Suprema de la Provincia”, “el fiscal dice…”, “liberaron a uno fuera de término”, “la justicia es injusticia”, etcétera.

“Después de 10 años, la justicia es injusticia”, dice Norma Campos, madre de Néstor Valdez, policía asesinado a sangre fría por delincuentes
“Después de 10 años, la justicia es injusticia”, dice Norma Campos, madre de Néstor Valdez, policía asesinado a sangre fría por delincuentes

Norma sabe del nuevo repertorio de palabras que hoy está en su vida; lo que no sabe es que al principio de su relato dice “mi hijo es policía…” dejando a la vista su propia vivencia de lo pendiente: “ni el duelo nos dejan hacer”. Para ella su hijo está vivo y el duelo aún espera.

Con transparencia incandescente, el presente en que lo nombra, es el duelo imposible, la herida abierta, el dolor (in)curable que necesita el enlace de una Justicia Justa para que esta elaboración sea posible.

Cuando pueda, cuando la Justicia lo permita, Norma podrá decir “mi hijo era Policía Federal”; tal vez empiece en ese momento su verdadero duelo.

Porque el duelo que no se procesa y el dolor que se cronifica enferman, no sólo de dolor del alma, sino que también puede enfermar el cuerpo.

La Justicia debe saber que por cada fallo aberrante, habrá un inocente sufriendo que también es un posible condenado a muerte.

El día de hoy, el testimonio de Norma deja la privacidad de una entrevista, para que la sociedad entera conozca sus duelos. Los duelos de una madre con el corazón partido.

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