
Azul Barberá (34) vive en Luján de Cuyo, Mendoza, es ama de casa y madre de dos hijos, Benicio (6) y Santino, de 5 meses. Sus padres Adriana Rocca (62) y Daniel Barberá (63), vivían con sus otros dos hijos, Rocío (32) y Luciano (23), y su nieto, Valentino (11). Hacía 36 años que estaban casados y eran inseparables.
A principios de abril, el COVID-19 ingresó a la casa familiar y quienes primero experimentaron los síntomas fueron Rocío, solo con pérdida de olfato y gusto, y Adriana, pero de un modo severo: una complicación pulmonar.
Azul le contó a Infobae que su madre tuvo que ser hospitalizada durante dos noches en la sala común de la Clínica de Cuyo, pero su cuadro se complicó porque empezó a saturar mal y la ingresaron a terapia intensiva para intubarla de urgencia.

El padre de Azul, quien también era positivo de COVID, se quedó con su mujer en todo momento ya que en la clínica les pidieron que una persona de la familia se quedara como acompañante, porque los profesionales de la salud no daban abasto.
“Estaba de enfermero así que, cuando el 23 de abril a mi mamá la intubaron, lo mandaron a su casa. Pero esa misma noche, mi padre tuvo una complicación y al otro día terminó internado en sala común. Esta vez, fue mi hermano quien tuvo que hacer de enfermero, porque también era COVID positivo. Lamentablemente, también mi papá terminó en terapia intensiva compartiendo sala con mi mamá, que ya estaba en coma. A él, le colocaron una bigotera de alto flujo”, le dijo Azul a Infobae.

El 10 de mayo, el cuerpo de Adriana dijo “basta”, ya que su saturación de oxígeno en sangre apenas estaba en 20 y falleció por una falla multiorgánica, debido a la destrucción que le causó el virus en su organismo.
“Quiero resaltar que los médicos nos dijeron que era una pena que mis padres no estuvieran vacunados. Al menos con una dosis… Se anotaron a fines de marzo, apenas se abrió la inscripción para los de su edad, pero el turno de demoró tres semanas y, cuando llegó ya era tarde, porque ya estaban internados. Mis padres querían vacunarse para tener esa herramienta para poder combatir al virus, pero lamentablemente no llegaron a recibir ni siquiera una dosis”, afirmó.
“Siento indignación que se hayan ido sin haber sido vacunados. Quiero encontrar justicia para lo que les pasó, porque acá la historia siempre la cuentan los políticos y este es un país sin memoria. Entonces, no quiero que se olvide la negligencia, la falta de empatía y de humanidad para con los ciudadanos que siempre cumplieron con todo y que ni siquiera pudieron acceder a la vacuna... Les hubiera dado la posibilidad de que hoy mis padres estén con vida. Si los hubieran vacunado, hoy estarían vivos”, indicó.
“Es una tragedia que se podría haber evitado si, al menos una vez, hubieran hecho las cosas como corresponde y no haber politizado a la pandemia. Siento mucha rabia por el desamparo del Estado. Mis padres no pudieron acceder a nada”, lamentó.

La última vez que Azul vio a su padre fue por videollamada, antes de que lo llevaran a intubar a terapia intensiva. Lamentablemente, Daniel tuvo la misma evolución que su mujer y falleció el 2 de junio. Murieron con 24 días de diferencia.
Azul recordó cuándo fue la última vez que vio a sus padres con vida, juntos y riendo felices: fue el 1 de abril, en el pequeño festejo del último cumpleaños de su madre. Se quedó hablando con ellos hasta la madrugada, cuando nadie imaginaba la pesadilla que se avecinaba.
“Desde que la internaron a mi mamá, nunca más pude hablarle, así que esa fue la última vez que la vi. Le tenía mucho miedo al COVID y estaba esperando ansiosa que le llegara el turno para la vacuna. Jamás me hubiera imaginado este desenlace, porque no eran personas enfermas”, expresó Azul.

El turno llegó demasiado tarde, cuando sus padres ya estaban internados y sin chances de sobrevivir. Ahora, Azul está preocupada por su sobrino Valentino (13), quien padece de parálisis cerebral y también está a la espera que llegue el momento de inocularse.
“La vacuna es la única opción para salir de esta pesadilla. El cuerpo no hace una inmunidad propia y te podés morir, por eso, hay que usar la vacuna y enfrentar al bicho con un escudo. A los médicos les dolió muchísimo la muerte de mis padres porque no habían recibido la vacuna. Todo el tiempo nos repetían que era una pena que no hubieran recibido al menos una dosis de la vacuna, dejando en claro que la historia hubiera sido otra”, afirmó.

“El día que murió mi mamá, las enfermeras terminaron llorando por ver el sufrimiento de mi papá. Vivimos una tragedia: nos arruinaron la vida. Nos dejaron sin nada, a mis hermanos y a mí. Si hubieran tenido la vacuna, a los mejor quedaban con secuelas, pero estoy segura que se hubieran salvado”, dijo.
“Mis padres eran muy unidos, creo que por eso tenían que irse juntos. Cuando nos llamaron para que nos despidiéramos de mi mamá y abrimos la puerta de terapia intensiva, estaban en dos camas pero tomados de las manos. Ese día, ella falleció y mi papá empeoró. Fue automático. Él me había dicho que quería salir del hospital para estar con nosotros, pero desgraciadamente, no pudo”, finalizó Azul.
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