
De adolescente descubrí como un tesoro el guardarropas de soltera de mi madre en casa de mi abuela. Para cuando la conocí había cambiado los vestiditos de Pucci, los Oxford y las minifaldas por hombreras y trajecitos sastre de ejecutiva independiente, aunque al final del día le tocara ocuparse también de cocinar, cuidarnos, planchar el traje y resolver todas las tareas del hogar. Me entregué a saquear sin culpa aquel placard y su otra vida, cuyo legado adapté con ayuda de mi abuela modista: con impunidad quinceañera exigí un par de centímetros menos para todas las minis. “¿Te parece tan corta?”, trataba de convencerme ella en vano, con la esperanza secreta de que su nieta hubiese heredado acaso alguna noción de elegancia. Aunque fuera tan mínima como esas polleritas.
La historia se ha repetido en todo el mundo por al menos tres generaciones. No quedan casi mujeres contemporáneas en Occidente que no hayan usado alguna vez una minifalda. En esa prenda básica y breve que hoy cumple 57 años cabe la historia de la liberación femenina. Se impuso como un símbolo de las jóvenes de la posguerra que querían diferenciarse de sus madres y de los convencionalismos burgueses, para salir a trabajar y divertirse a la par de los varones, y captó el espíritu de la libertad de movimiento y acción que habían logrado gracias a otra invención diminuta: la píldora anticonceptiva.
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Por supuesto, fue objeto de encendidas reacciones. Cuando en 1955 la diseñadora británica Mary Quant abrió su boutique Bazaar en King’s Road, Chelsea, el centro de la escena del “Swinging London”, los hombres atacaban la vidriera a paraguazos: les parecía que sus maniquíes con minis y medias de colores eran una incitación a la obscenidad. Quant pasó a la historia como la madre de la minifalda, aunque nunca se atribuyó su creación. “Fueron las chicas de King’s Road las que inventaron la mini. Yo hacía ropa fácil, joven, simple, para que pudiéramos movernos y saltar, y la hacía del largo que querían mis clientas. Usaba mis faldas y shorts muy cortos, y mis clientas me pedían: “Más corto, más corto”, contaría años después la primera mujer que se atrevió a usar una minifalda en el Palacio de Buckingham, al ser condecorada con la Orden del Imperio Británico por su contribución a la moda, en 1966.
Para entonces, ya había llevado a la icónica pieza a la pasarela en la colección primavera-verano que presentó el 10 de julio de 1964, en una versión de 35 cm –de escandalosos 15 cm por encima de lo que se aceptaba hasta el momento–. Unos meses más tarde, Andrè Courregès haría lo propio en un desfile parisino. A él también se lo considera uno de los genios creativos detrás del fenómeno que revolucionó la moda de los años sesenta.
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Pero si Quant se inspiraba en el espíritu democrático del Swinging London que se respiraba en las calles y en esas chicas que “necesitaban correr con libertad para alcanzar el colectivo”, el punto de partida de Courregès eran las pasarelas y los salones de las casas de alta costura que conocía de memoria como ex asistente de Balenciaga. Sus minifaldas eran un desafío a una mirada de la moda que no había logrado adaptarse a los cambios sociales de la época. Hasta la revolucionaria Coco Chanel parecía ofrecer una propuesta vieja: el símbolo sexual del momento, Brigitte Bardot, había rechazado la propuesta de la diseñadora de transformarla en una mujer elegante. “La couture es para abuelitas”, le dijo.
Chanel, por supuesto, asistió horrorizada al éxito de las minis de corte recto combinadas con botas altas sin taco con las que las modelos tuvieron que aprender a desfilar de nuevo. “Son simplemente horribles”, decía, convencida de que infantilizaban a las mujeres y les quitaban la sofisticación simple que habían ganado con su estilo.
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Tal vez la minifalda se impuso en el tiempo como una bandera de los desafíos que representaba, incluso hasta nuestros días, cuando gracias al body positive es usada con orgullo por personas con todo tipo de cuerpos que ya no responden a ideales heteronormativos. Una imagen muy distinta de la Bardot, pero, sobre todo, de la musa de Mary Quant: una compañera de danza que llegaba a clase con un uniforme de pollerita tableada y panties negras con soquetes blancos sobre unas piernas larguísimas, y que más tarde encontraría una representación perfecta en la modelo Twiggy, cuya flacura andrógina se convirtió en la imagen de los años sesenta. En 35 centímetros, la minifalda también encerraba las paradojas de la liberación que condenaron a aquellas mujeres que comenzaban a sentirse libres a las cadenas de sus propios cuerpos: ahora podían trabajar, divertirse y disfrutar del sexo a la par de los varones, pero en el camino tenían que perder las curvas y nunca la sonrisa.
La misma Mary Quant que sacó el nombre de su prenda estrella de su auto favorito, el MiniCooper, describió en 2019, para la retrospectiva sobre su legado en el Victoria & Albert Museum de Londres a sus clientas: “Son femeninas, pero su feminidad radica en su actitud más que en su apariencia. Les gusta llamar la atención, pero con inteligencia. Están llenas de vida, son positivas, tienen opiniones fuertes”. A los 91, es indudable que más allá de esas paradojas, es su legado de irreverencia el que persiste.
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