
De sus 56 años, casi 40 los había pasado en la calle, con la cámara al hombro y en busca de historias para mostrar la realidad de la manera que mejor sabía, sin perseguir el lucimiento personal ni el cartel, en un ambiente donde la mayoría se abría paso queriendo figurar. Miguel Fernández fue, en cambio, un maestro de su oficio que jamás pidió cucardas por sus méritos. Sus compañeros sabían que no era necesario decirle nada: reconocía antes que nadie la noticia.
En los pasillos de América –su casa desde los tiempos de Teledos–, y entre los cronistas de la llamada “patria movilera” con los que compartía las largas horas de guardia de las que acumulaba innumerables anécdotas, queda la certeza de que se fue con un orgullo: el de haberle legado su carrera a su hijo Diego, que hoy es camarógrafo de exteriores en el canal de Fitz Roy. Adorado sin distinción de jerarquías, Miguel, a quien todos definen como “un tipazo”, “simpático”, “cariñoso”, “pícaro”, “querible” y “un apasionado de su trabajo”, murió este miércoles 2 de junio por la noche en el sanatorio donde estaba internado por coronavirus.

Había trabajado hasta hace veinte días en la calle, igual que durante toda la pandemia, para seguir llevando información a los televidentes. Con él se contagió también su último compañero de móviles Fabián Rubino, que hoy está destrozado, como todos sus colegas. “Fabián también la pasó mal y por suerte pudo salir adelante –contó Antonio Laje, el primero en dar la noticia–. Fue muy rápido el proceso. Es tan triste esto que se está viviendo que es increíble cómo hay gente que lo sigue negando”, dijo conmovido al aire durante su programa.
También Guillermo Andino se emocionó al recordarlo: “Una persona que quiero mucho se nos fue. Laburé con él casi 20 años en el noticiero. Un abrazo enorme a toda la familia de Miguel que está sufriendo mucho”. Además de Diego, Fernández era padre de Florencia, su otro gran orgullo. Cuentan que se había hecho una casa nueva para agrandar la cocina: uno de sus mayores placeres era la mesa compartida con sus hijos.
Su primer trabajo fue a los 18 años en el viejo Canal 9, donde hizo todos los pasos de la vieja escuela: fue tiracables y motoquero en la época en que había que llevar y traer cassettes para transmitir. “Hasta que, en 1989 –cuenta su amigo y ex colega de América Cristian Arrigoni–, debutó como ayudante de cámara nada menos que en el alzamiento de La Tablada. Ese fue su primer día de laburo y Daniel Hadad era el cronista, y fue su primer compañero”.
Muy conmovido por la noticia, Hadad afirmó: “Trabajé con Miguel a fines de la década del 80; era un gran camarógrafo y –por sobre todas las cosas– una gran persona... Lo vamos a extrañar mucho”.

Fernández también era famoso por su versatilidad. “Cubrió mundiales como el del 94 y el del 98, y estuvo mucho detrás de Maradona, a quien siguió por Europa y Brasil en la época del Mundial de Francia que no jugó. Pasó mucho tiempo con Diego, en Río de Janeiro, en el Carnaval, y tenía miles de cuentos. Su arte era crear también donde la noticia no aparecía a simple vista, porque no solo era cámara: era un productor”, recuerda Arrigoni.
El periodista Diego García Sáez conoció a Fernández hace 23 años y dice que aprendió de él todos los secretos de la calle. “Miguel arrancó en Nuevediario y llegó a laburar con José de Ser, era del tiempo en el que había que armar la nota como fuera –cuenta emocionado–. Cuando arranqué en América fue el que me dijo hasta cómo tenía que ponerme el micrófono para hablar. Un buen cámara es también un psicólogo, y nosotros teníamos un código: si el entrevistado no quería dar la nota, yo me iba a dar una vuelta, y él se quedaba ablandándolo”.

García Sáez recuerda otro momento entre tantas coberturas compartidas que pinta la esencia de su amigo. En la violenta crisis de diciembre de 2001, les tocó hacer juntos la previa. “Íbamos de relevo y pensábamos que no pasaba nada. Pero a eso de las 8 explotó todo, la policía empezó a reprimir, y a mí me hirieron. Él instintivamente me saca de la situación, me lleva hasta una ambulancia, calma a mi esposa por teléfono… ¡y en ningún momento deja de filmar!”.
Dicen que tenía magia. “Podía contar con el ojo lo que estaba pasando. Lograba hacer la pregunta justa porque escuchaba. Estaba atento a todo, y encontraba la manera de contarlo con respeto y sensibilidad. Y tenía claro como nadie aquello de que una imagen vale más que mil palabras”, dice también García Sáez.

Toda la vida entró al móvil a las 6 de la mañana y varios lo definen como “un loco de la velocidad”. Era el primero en llegar y se bajaba del auto con la cámara ya prendida. “Lo importante era el entrevistado y lo que pasaba. Es que en su cabeza siempre había solo una misión: volver con una buena historia”.

Muchos, como el cronista Leo Godoy, dicen que aprendieron de Miguel “la ley de la calle”. “En las guardias los cronistas y los camarógrafos somos familia –explica–, pasamos ocho horas juntos con frío, calor, piedras, corridas... Él era un maestro que tenía internalizado que para trabajar en la calle lo primero era ser buena persona. Te sentaba y te decía: ‘Hay que respetar ciertos códigos, hay cosas que están bien, y otras que no. Cosas como que nadie se corta solo; que esperamos el momento en que todos estamos listos para arrancar la nota en conjunto; que la primicia se da, pero después se comparte; que hay que estar atento a lo que necesitan los compañeros y a que haya oportunidad para que todos pregunten’. Si me tengo que quedar con algo de Migue, diría que fue un compañero solidario que enseñaba a respetar las buenas prácticas del oficio. Y eso es algo que se va perdiendo con el cambio en los modos de trabajo”. Algo de esa vieja escuela también se extrañará en las calles con la ausencia de Miguel Fernández.
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