
“A mí, por plata, un animal no se me va a morir” decía siempre Viviana Reina cuando un cliente de la veterinaria andaba corto de dinero para dejarle su mascota. A Leandro Martínez, su pareja desde hace 17 años, se le quiebra la voz cuando recuerda esa frase. La pintaba de cuerpo entero, dice. Quizás por eso, después de su muerte el lunes 17, la cantidad de personas agradecidas con ella por haber curado a su perro o a su gato se comenzaron a multiplicar en su perfil de Facebook. Hoy, 23 de mayo, la mujer hubiera cumplido 49 años. Y por eso el dolor se amplifica.
“Yo sabía que Vivi era una profesional exitosa y querida. Pero hoy me doy cuenta que sabía apenas el uno por ciento de lo que era. Es abrumador lo que pasó en todo sentido. Fue una onda expansiva de mucho amor lo que despertó su partida. Fue un impacto durísimo para sus colegas y sus clientes. Ella era muy contenedora, sobre todo a la hora de poner a dormir a los animales por un tema de salud. Era fuera de serie”, dice su esposo, de 51.
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Los había presentado una amiga en común. “Fue amor a primera vista. Yo soy de Lomas y ella de Remedios de Escalada. Los dos teníamos nuestros trabajos: ella veterinaria y yo dedicado a la elaboración de panificados. Nos hicimos la casa atrás de la de sus padres, en un terreno donde el papá tenía un galpón, porque fabricaba trofeos”, recuerda, y cuenta que el padre falleció hace unos años, pero que la mamá de Viviana todavía vive adelante. Pronto vinieron los hijos: Pilar Rocío, de 15; y Joaquín Manuel, “Coco”, de 9. También compartían la vida con tres perros y cinco gatos. “Eran todos rescatados de la calle. Y si había uno que ella veía mal, se lo traía, lo curaba y después lo ubicaba con alguna familia. Llegó a reclamar alguno porque vio que no lo trataban como ella quería…”
A finales del año pasado, más precisamente el 29 de diciembre, tanto Viviana como él dieron positivo de COVID-19. Transcurrieron la enfermedad sin mayores problemas. Pero lo que siguió fue impensado. Leandro está indignado por ciertas informaciones que circularon en la zona: “Dicen que se había vuelto a contagiar de COVID y murió por eso después de agonizar, pero no es así. No habría estado con clientes si fuera el caso. Era muy responsable y tenía mucho cuidado. Usaba un barbijo N95 y arriba uno quirúrgico, y anteojos. Era era una paladina a capa y espada contra los que se ponían el barbijo como bufanda. O bajo la nariz. Se enojaba, como cuando vio el velatorio de Diego, por ejemplo... Lo que pasó con Vivi fue como una llave de luz: tac. De golpe”.
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“Cuando dimos positivo fue porque se sintió con síntomas, un poco de temperatura… Fuimos juntos a hisoparnos. Nos atendimos los dos en el UPA de Camino Negro, nos contuvieron. Nos hicieron placas, nos dieron antibióticos y paracetamol, nos quedamos aislados con nuestros hijos en casa y a los 10 días tuvimos el alta. Según el médico, la placa decía que habíamos tenido una bronquitis. Le indicaron que hiciera vida normal y que aunque iba a tener altos los anticuerpos usara barbijo y tuviera cuidado. Y así fue”, continúa Leandro.

Hace un mes y medio aproximadamente, Viviana le dijo que se sentía “rara”, pero no pudo -recuerda Leandro- definir un síntoma preciso. “Se hizo tres testeos rápidos en una semana y un PCR que le dio negativo. Y también análisis de sangre, con los que le dijeron que tenía una reinfección. El infectólogo le explicó que según ese análisis estuvo en contacto con el COVID y sus defensas estaban altas porque estaba luchando contra el virus. A las 48 horas se hizo otro análisis y recibió por whatsapp que los valores se habían normalizado”.
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El 3 de mayo, Viviana se vacunó contra el COVID-19. Lo hizo en el hospital Narciso López de Lanús. Recibió la primera dosis de Sputnik V: lote 1-450 321.

La semana pasada, la médica veterinaria volvió a sentirse mal, “rara”, como vuelve a definir Leandro. “Su médica le dijo ‘basta, vení a la clínica’. Se hizo tomografia de tórax, la auscultaron y la hisoparon nuevamente en una clínica de Avellaneda. El sábado pasado comenzó con dolor abdominal y diarrea. Primero pensó que algo le haía caído mal. Viviana sabía leer bien cualquier síntoma. Y a la madrugada fue al baño y vio que su deposición era con sangre. Entonces pedimos una ambulancia. A la mañana vino y le tomaron la presión y la temperatura. Estaba hipotensa e hipotérmica. Justo me llegó el resultado del hisopado: era negativo, así que la pude acompañar hasta la guardia de un sanatorio de Bernal. Por el protocolo me tuve que quedar afuera”.
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Ese domingo, las noticias que recibió Leandro a las cinco de la tarde fueron que “tenia una hemorragia interna y que la habían podido estabilizar”. Pero a la mañana siguiente, el panorama era sombrío. “Me sonó el teléfono a las 7 de la mañana, me intranquilicé. Era de la clínica y me pedían que fuera que el médico tenía que hablar conmigo. Me llevó un amigo, porque yo no podía manejar. Me dijo que el estado de Viviana era reservado, que había hecho tres o cuatro paros, que la habían logrado recuperar, que tenía colocada una sonda nasogástrica, respiración asistida… En ese momento apareció la cirujana y me explicó que intentarían una cirugía exploratoria, pero que el estado era muy delicado y tenía bajísimas posibilidades”.

Una hora más tarde, la cirujana salió: “Me explicó que habían logrado abrir el abdomen, que había hecho otro paro, que encontraron el ‘intestino muerto’, así recuerdo que dijo y que se había producido el deceso. También me preguntó si había tenido COVID, le expliqué que el año pasado y me dijo que tal vez haya sido una secuela… Pero en ese momento en mi todo pasaba por el sentimiento. Lo cierto es que Viviana ya no estaba. Así que haya sido por culpa de este bicho mal nacido, o por su costumbre de tomar ibuprofeno frente al dolor o lo que sea, ella no está mas”.
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Leandro cuenta que luego habló con su hija mayor y decidieron retirar el cuerpo de Viviana del sanatorio y cremarla. “Viendo las respuestas de la gente, pienso ahora que fue lo mejor no hacer un velatorio o un entierro. Hubieran venido muchas personas, y en esta situación, algo muy incómodo”.

Ahora, Leandro debe recomenzar sin su pareja, “rearmar el cubo mágico que teníamos con los chicos”, como dice él. En la veterinaria Randall de Banfield, donde la gente dejó flores en la puerta recordando a Viviana, está Romina Judith Luna, una de las dueñas. “Nosotros estamos desde hace 25 años, mi hermano corta el pelo, yo atiendo y ella hacía la toda la parte veterinaria”. Le escribió, y lo recuerda, que “ella era loca linda. Entraba al consultorio y no importaba lo que le pasaba. Se transformaba en Súper Docky, como lo decíamos, y era feliz. No es justo. No me parece bien que Dios la haya elegido para que lo acompañe. Yo la quiero acá. No en una estrella. No me sirve. No quiero. La voy a extrañar”.
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Hoy, cuenta Romina, irá hasta la casa de Leandro y los llevará a Pilar y Coco -si la dejan las restricciones- a Starbucks a tomar un café “porque eso planeaba hacer Vivi para su cumpleaños. Vamos a ir todos: mis hijos, mi novio, mis papás, no los vamos a dejar solos”. Porque si de “reamar el cubo” se trata, a Leandro no le van a faltar manos que corran en su ayuda.
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