El ruido en la guardia del Hospital Paroisien de La Matanza es ensordecedor. Mientras los familiares de los pacientes con COVID-19 se quejan por la falta de atención, un camión cisterna con oxígeno en estado líquido descarga el fluido en un tanque estático, que luego se repartirá ya gasificado por las cañerías de las habitaciones hasta llegar a los pacientes intubados.
“Voy de hospital en hospital”, dice Juan el chofer de la empresa Indura. “Vengo del Balestrini, antes estuve en el Sanatorio de la UOM en Capital y ahora voy de vuelta a recargar a la planta de Garín y salgo de nuevo de viaje para Córdoba. Tengo que llevar oxígeno a 7 sanatorios, clínicas y hospitales en la Capital. Somos quince choferes y estamos de un lado para el otro”, cuenta el hombre que demuestra mucha pasión por su trabajo.
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El Paroissien en la Ruta 3, es el hospital Interzonal de Agudos más importante de La Matanza, pero está en condiciones precarias, con déficit estructurales que requieren remedio urgente. Por las mañanas entregan sólo 30 números para hacer el hisopado y después del mediodía otros 30 más. La gente que no llega a tiempo, debe deambular por la plaza ubicada frente al Materno Infantil de Laferrere y hacer colas eternas para ver si tiene la suerte de lograr un turno y hacerse el test.

Yamila Escalante tiene su mamá internada y está desesperada. “Acá no hay atención de las enfermeras, a ella le falta el aire y dice que llama, llama y llama y nadie le presta atención. Los familiares estamos a la deriva” dice angustiada mientras cuenta que a la madre la trajeron con un remís y ni a ella ni a sus cinco hermanos los hicieron aislar.
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“Venimos con un déficit importante de recursos humanos, hay falta de personal médico para áreas críticas, faltan enfermeras y en pandemia todo esto se agudizó más”, explica la médica del hospital, Valeria Bonetto. “Hace 3 semanas que tenemos la terapia intensiva ocupada en un cien por cien. En la guardia se abrieron camas críticas en un sector que no estaba terminado, se puso todo el equipamiento pero no hay enfermeras ni médicos para poder atender estas camas. Además cuesta muchísimo la derivación porque no hay camas en ningún lado. Antes enviábamos los pacientes a la Clínica Antártida y ahora no hay lugar, encima no hay ambulancias para llevar los enfermos a otro lado”, agrega la doctora desolada.
El Hospital Paroissien está lleno de contrastes. Mientras los médicos piden mayor cantidad de personal para atender como se debe a los pacientes en tiempos de pandemia, la guardia y el sector donde se sacan turnos está repleta de personas con la puerta y las ventanas cerradas sin una gota de aire. Adentro del bar, una señora atiende detrás del mostrador sin barbijo y las mesas están ocupadas, como si el decreto presidencial que prohíbe a los clientes consumir en el interior de los locales, no alcanzara a los hospitales.
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En uno de los ingresos del pasillo que comunica el ala central con la guardia se ve una mujer con covid detrás de las rejas como si estuviera en la cárcel. “Me siento como una presa”, dice Ángela vestida con un camisolín celeste y cofia blanca, mientras saluda a través de los barrotes con emoción, a su niño de 4 años y a su marido. La señora está embarazada de 36 semanas y sólo le dieron autorización para saludarlos 5 minutos. Tiene otros 3 hijos en su casa del Barrio 17 de marzo de Isidro Casanova y no ve las horas de reunir a toda la familia. Su marido, Hugo Oviedo, está preocupado porque se quedó sin trabajo luego que cerrara el restaurant “La Central” de Villa Madero.
Infobae recorrió seis hospitales del conurbano, dialogó con los médicos, enfermeros y pacientes y en todos la situación es prácticamente similar.
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“Acá tenemos un 80 por ciento de ocupación de enfermos de COVID en la terapia intensiva y un desborde total en la guardia del hospital ya que no hay más respiradores para poner a los pacientes. En la guardia, tenemos cincuentas personas en camillas, en los pasillos, en sillas de ruedas, donde podamos ponerlos, esperando un traslado a otra terapia intensiva porque no hay más capacidad. No hay recursos humanos, faltan respiradores, falta infraestructura, falta todo lo que se necesita en este momento para enfrentar esta segunda ola que sabíamos que nos iba a pasar porque ya había sucedido en Europa”, cuenta muy preocupada Natalia Ledesma, enfermera del Hospital Gandulfo de Lomas de Zamora.
“Hay gente que no la podemos atender acá, la mandamos a una clínica, ahí tampoco la pueden atender y fallecen porque el sistema público colapsó como el privado”, agrega. A la mujer se le caen las lágrimas cuando cuenta que en ese momento están enterrando a una amiga de su madre, Rosa Lezcano de 78 años una vecina muy querida de los monobloks del Barrio Campanario de Lavallol.
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La abuela había sido internada el 15 de abril en el Gandulfo pero según confiesa la enfermera, nunca tuvo respirador. Una de las amigas de la mujer fallecida, Aida, agrega desconsolada: “El 20 la llevaron a la Clínica Colón de Rafael Calzada, donde tampoco había respirador. “Lo que pasa es que tiran a los abuelos en las clínicas del Pami para facturarles y no les dan lo que necesitan”, dice la mujer indignada. “Cuando la médica llama por teléfono le transmite al hijo de Rosa que la terapia intensiva estaba toda ocupada, que tenía una persona de 18 años con Covid positivo en un respirador y nos da a pensar que les dan la oportunidad a las personas jóvenes y a las más grandes las dejan agotarse hasta morirse” supone Aida tras venir del entierro.

“A la preocupación que venimos tendiendo estos días con los altos porcentajes de ocupación de camas y la complejidad de las derivaciones se suma ahora la escasez de oxígeno. El consumo ha aumentado un 340 por ciento en estas últimas semanas con respecto al año pasado y todos los proveedores han alertado que este ritmo es insostenible desde el punto de vista de la capacidad de producción”, añade a Infobae el titular del gremio que agrupa a los médicos bonaerenses CICOP, Pablo Maciel. “Es indispensable bajar el número de contagios, porque los recursos sanitarios se van agotando”, advierte.
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El Ministerio de Salud Bonaerense informó por su parte que la Unidad de Gestión Centralizada de Camas (UGCC) hizo en lo que va del mes 1940 derivaciones de pacientes a establecimientos sanitarios públicos y privados de otras localidades, por lo que casi cuadriplicó hasta ahora las 538 realizadas en abril del 2020 cuando empezó la pandemia.
En Quilmes y Florencio Varela la situación se asemeja a la de La Matanza y Lomas de Zamora. En el Hospital Iriarte de Quilmes por ejemplo hay 17 camas y sólo dos libres. En estos días se hicieron las derivaciones al Evita de Lanús y el Finochietto de Avellaneda.
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En Hospital Mi Pueblo de Florencio Varela hay una fila eterna para hacerse el hisopado en la esquina de Galli Maini y Montevideo. Sobre la vereda, a la altura de la puerta principal colocaron un gran tanque de agua con una canilla a pedal, un dispenser de jabón para lavarse las manos y papel. Pero como casi todo en ese lugar, no funciona. Apenas sale un chorrito de agua y el jabón brilla por su ausencia. Adentro, los empleados están preocupados: “la terapia intensiva está ocupada al cien por cien y la sala covid está con un importante número de enfermos también”, dice uno de los médicos Fernando Corsiglia.
Más moderno y grande, el Hospital El Cruce de Varela tiene las dos terapias intensivas de 16 camas y la unidad coronaria recientemente adaptada para pacientes víctimas de la pandemia casi completas. Eso sí, el bar está repleto de clientes adentro sin barbijo al igual que en el Paroissien de La Matanza.
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