La primera vez que pisó la Antártida, Eduardo Olivero tenía 24 años y todavía era estudiante de Geología. Aquel viaje, dice en un artículo que él mismo escribió, significó una aventura náutica memorable. “En esa campaña, un violento temporal levantó por el aire a nuestro bote neumático: el único transporte que teníamos para movilizarnos y acceder al conjunto de islas cercano al Cabo Spring, donde íbamos a trabajar”, recuerda.
Tras el imprevisto, Olivero y los otros expedicionarios con los que viajó (Juan Spikermann, Jorge Codignotto y Roberto Llorente) apelaron a su astucia y, entre los cuatro, construyeron una precaria balsa de madera. “La bautizamos ‘Skúa’, en alusión al nombre de un ave que vivía en la zona. Gracias a eso pudimos desplazarnos más de 80 kilómetros y cubrir el área de trabajo planificada”, describió el geólogo, en un artículo que firmó para la revista Ciencia e investigación.
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Poco más de una década después, durante una campaña a la Antártida, entre enero y marzo de 1986, Eduardo Olivero encabezó una hazaña aún mayor, que puso su nombre y el de la Argentina en el prestigioso diario The New York Times. Es que, ese verano, el hombre nacido en Calchaquí (un pequeño pueblo rural del centro de la Provincia de Santa Fe) e investigador Superior del CONICET en el Centro Austral de Investigaciones Científicas (CADIC), encontró los restos del primer dinosaurio en el continente blanco.

Su hallazgo, explica Olivero a Infobae, fue un hito por dos motivos. El primero: porque hasta ese momento la Antártida era el único continente en el que no se conocían los dinosaurios. Si bien dos años antes, en 1984, una expedición estadounidense había encontrado los primeros restos de mamíferos, el tamaño de esos ejemplares habilitaba la chance de que hubieran llegado al continente blanco “por balseo” sobre algún tronco.
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El segundo: porque ayudó a demostrar que, alguna vez, la Antártida estuvo conectada físicamente al resto de las masas continentales. Solo de esa manera un Anquilosaurio (un dinosaurio herbívoro de once metros de largo por dos metros y medio de alto y cuatro toneladas de peso) podía terminar entre las rocas de la isla James Ross, cerca del extremo noreste de la actual península Antártica.
Treinta y cinco años después de su descubrimiento, Eduardo Olivero repasa su hazaña y dice sentirse orgulloso. “Más allá de la satisfacción personal, el hallazgo un dinosaurio ornitisquio acorazado, del grupo de los anquilosaurios, ubicó a la actividad geológica antártica argentina en el mapa mundial”, sostiene desde el living de su casa en Ushuaia, donde se radicó con su familia en 1992.
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VERANO DEL ‘86
Después de una década sin pisar la Antártida, Eduardo Olivero regresó al continente blanco en enero de 1986 con la idea de estudiar la estratigrafía del lugar. La estratigrafía, explica con entusiasmo, es la disciplina que se encarga del estudio de las relaciones témporo-espaciales de acontecimientos del pasado que quedan registrados en las rocas.
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“Yo había seleccionado un lugar en particular de la isla James Ross donde, en campañas anteriores, habíamos encontrado unos amonites (N. de la R.: moluscos cefalópodos prehistóricos). Sin embargo, no pudimos instalarnos exactamente en ese sitio porque estaba ocupado por un campamento británico del British Antarctic Survey”, cuenta Olivero.
Obligado a recalcular, el científico y sus colegas se asentaron a 15 kilómetros del punto de interés y, a diferencia de los ingleses que se movían en cuatriciclos, los argentinos se trasladaban hasta el sitio de interés a pie. El día del hallazgo, recuerda Olivero, era un día “diáfano” y “con un sol que daba una luminosidad muy particular”.
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“Camino al lugar, me separé del grupo y les dije: ‘Los alcanzo en un rato. Voy a caminar por acá a ver si encuentro algo’. Habré hecho 100 pasos y, entre las huellas que dejaban los cuatriciclos de los investigadores británicos, veo un pedacito de huesos saliendo de una roca. Me acerco y encuentro un fragmento de mandíbula con un diente”, cuenta.

-¿Enseguida te diste cuenta de que era un hallazgo trascendental?
-Lo primero que percibí es que no era un diente de reptil marino, como todos los que abundan ahí, que son dientes cónicos. Este era un diente aplanado con la corona dispuesta como para masticar vegetales. Típico de un dinosaurio herbívoro. Rápidamente me fui a buscar a mis compañeros y volvimos lo más rápido posible.
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-¿Qué te hizo desviar del camino habitual ese día?
-Creo que hubo un gran componente de suerte. Por algún motivo, la luz que había ese día me hizo acordar al paisaje del Parque Provincial Ischigualasto (también conocido como el Valle de la Luna), donde yo había estado, y que es un lugar clásico de dinosaurios en la Argentina. Por eso hice la conexión y pensé que podía haber algo. Hay muchas veces que uno no puede racionalizar la experiencia acumulada y llega a una conclusión sin entender muy bien los mecanismos por los cuales llegó. Es lo que se llama una especie de inspiración.
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-Los investigadores británicos que estaban por la zona, ¿se dieron cuenta de que ustedes habían encontrado “algo importante”?
-No, porque lo ocultamos. (Risas). Lo ocultamos hasta tenerlo publicado. De hecho, hay un factor anecdótico que yo cuento en algunas charlas y tiene que ver con que, en ese momento, no pudimos recuperar todos los restos del Anquilosaurio. ¿Por qué? Porque el suelo en la Antártida está congelado y el suelo congelado es como una especie de concreto. De manera que, rescatamos lo que en ese momento estaba descongelado, y el resto lo fuimos recuperando a lo largo de varios años. En el año 1989 viajamos con un grupo de paleontólogos de vertebrados del Museo de La Plata para seguir buscando restos. Y un día nos levantamos y vemos el barco inglés, el John Biscoe, y dijimos: “Vienen a buscar los restos de dinosaurios”. Entonces montamos una carpa sobre nuestra área de trabajo. Fue una manera bastante “polite” (amigable) de mantener en reserva el lugar y evitar el conflicto.
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-Hay un periodista de Ushuaia, Gabriel Ramonet, que describió el hallazgo como “el segundo gol a los ingleses”. ¿Se vivió un poco así?
-El descubrimiento de restos de dinosaurios era el último gran premio paleontológico que quedaba por rescatar en la Antártida. Y bueno, lo encontramos nosotros. Lo curioso es que el lugar exacto donde hallamos los restos estaba a muy pocos metros de la huella de los vehículos que con los que circulaban los ingleses. Es decir que pasaban todos los días por ahí, pero nunca los vieron.

-¿Cómo repercutió el tema en los medios?
-Por distintas razones, el tema del hallazgo del dinosaurio quedó un poco demorado en Argentina. Ningún diario lo recogió enseguida porque estaba fuera del interés del momento. Unos meses después, el hecho tomó trascendencia mundial cuando se publicó en el suplemento científico de The New York Times. En 2015, el Correo Argentino lanzó una serie de estampillas con motivos antárticos y una de ellas está dedicada a los científicos argentinos, primeros descubridores de dinosaurios en la Antártida. La llamaron con el nombre de “Antarctopelta Oliveroi”.
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